Fue la matriarca que abandonó un país, su familia y carrera para que pudiéramos ser libres | Opinión
Sin ella, me siento desamparada, incompleta, disminuida por la pérdida.
Mami, mi mamita, mi primer amor, la que siempre me apoyó, se fue.
Murió bajo el cuidado de Catholic Hospice el 12 de diciembre de una enfermedad cardíaca, la principal causa de muerte entre las mujeres estadounidenses. Tenía 91 años. También luchó contra el Alzheimer y la demencia durante años.
Sin poder abrazarla durante nueve interminables meses debido a las restricciones del coronavirus, pude pasar su último día en esta tierra junto a su cama con mi hermano, Jorge Santiago, y nuestras familias, todos con equipo de protección.
Estaba allí cuando murió a la 1:15 a.m. Un final muy suave, como la llovizna que caía afuera, parecía algo de otro mundo.
Fue la matriarca de la familia, nacida Olga Fabiola Ruiz González. Abandonó a su país, su querida familia y la carrera docente que amaba para que mi hermano y yo pudiéramos ser personas libres.
Abandonó una segunda carrera en contabilidad cuando se convirtió en abuela para cuidar a sus cinco nietos y recogerlos en la escuela, y muy a menudo durante mis largas jornadas como periodista, bañar y alimentar a mis tres hijas también.
Las abuelas de antaño, una generación que nos deja, fueron las heroínas silenciosas de nuestra comunidad, centinelas de la herencia que mantuvieron vivos el idioma y la cultura.
Mami armaba hermosos álbumes con canciones de cuna en español que escribió de memoria; también de historia, geografía y símbolos patrios cubanos. Adornaba su escritura con recortes de periódicos y revistas mucho antes de que hubiera tiendas de artesanía en todos los vecindarios. En anotaciones, explicaba lo que significaba todo y como se relacionaban a su vida.
Son un tesoro, ahora mas que nunca, la mejor de las herencias.
Exilio en Miami
En los primeros años de exilio, fui testigo de lo que estaba hecha mi madre, una profesora respetada en Cuba que se vio obligada a renunciar por su negativa a enseñar el dogma comunista a sus alumnos.
Odiaba coser, pero aceptó un trabajo en una fábrica de costura y traía a casa trabajo adicional para ganar cinco centavos por cuello, puños y dobladillo que terminaba.
Recuerdo que me iba a dormir escuchando el zumbido de la máquina de coser en la noche.
Le encantaba cocinar, pero solo para su familia. Sin embargo, como si no tuviera suficiente con coser y criar a dos hijos en un nuevo país, mantenía bien alimentados a cubanos exiliados solteros con cenas de cantina entre semana que entregaba mi padre.
Sus platos cubanos estaban tan perfectamente sazonados que durante años odié ir a restaurantes cubanos en Miami. Nada se compara con la cocina de Mami, especialmente su ropa vieja, carne deshebrada en salsa de tomate.
Aprendí a cocinar mirándola, y cuando ella y mi padre, que trabajaba en una fábrica de pintura de ventanas, trabajaban horas extras hasta altas horas de la noche para comprar una casa, comencé a preparar yo las cenas.
”Este es el fricasé de pollo más delicioso que he probado”, me felicitó mi padre una noche.
Al día siguiente, mi madre me dijo, “No vas a cocinar más. Tu trabajo es estudiar y obtener una educación para que puedas tener una carrera“.
Ella no permitía que nada descarrilara su sueño de verme convertida en una profesional, ni siquiera la idea inicial de mi padre de abrir un restaurante cubano en Miami mientras esperábamos la caída de Fidel Castro.
Y así fue que Mami pasó toda una vida cocinando para mí, incluso después de casarme y tener hijos, hasta que desarrolló la enfermedad de Alzheimer cuando tenía 80 y pico de años y las tareas de la cocina se volvieron demasiado peligrosas.
Solo entonces me convertí en cocinera, para ella.
Narradora original
La narradora original de la familia fue ella, poeta de corazón y lectora voraz. Casi todos los trabajos que tuvo en Miami estaban por debajo de su inteligencia, pero nunca se quejó.
Una vez, estábamos comprando en los grandes almacenes Zayre’s en Miami cuando un joven corrió hacia nosotros gritando de alegría: “¡maestra, maestra!”.
Cuando finalmente dejó de abrazarla, me dijo que mi madre era la mejor maestra de Matanzas. Me dijo que él andaba por caminos equivocados, abandonado por otros profesores que no veían nada que valiera la pena salvar, hasta que llegó mi madre.
”Soy un hombre de bien gracias a ella”, dijo.
Solo lamenté que no obtuviera la certificación para enseñar en Estados Unidos, desanimada por las historias que le contaron sobre estudiantes que no respetan a los maestros aquí y padres que demandan a los educadores.
Pero cuatro de sus cinco nietos son maestros.
Todos dicen que también se inspiraron en ella y esos certificados de logros que exhibía con orgullo en una pared por estudios en inglés, teneduría de libros y contabilidad junto con su diploma universitario de maestra de la Escuela Normal de Matanzas y su certificado de naturalización de Estados Unidos.
Todo lo que ella era, quien ella era, me mantuvo concentrada durante los años desafiantes en la universidad, durante los períodos difíciles en el Miami Herald, y sospecho que me guiará por el resto de mis días.
“Su nombre se quedará por siempre en el recuerdo de los hijos de los que pasaron por sus aulas, porque sé que de esa generación de grandes maestros se habló por siempre en Matanzas”, me escribió mi primo Amelio García, también maestro. “Con ella, van muchos recuerdos preciosos de mi infancia. Olga Ruiz, la cubana, la matancera, la insuperable maestra, hoy está junto a todos los que ya la estaban esperando”.
Para nosotros, quedan bellos recuerdos.
Era divertida incluso cuando disciplinaba.
Como la vez que mi sobrino Sean dijo una mala palabra, y según mis hijas, ella lo tomó por la parte superior de su cabello decolorado y literalmente le lavó la boca con jabón.
O, cuando mis dos hijas menores, Marissa y Erica, pelearon amargamente y ella las ató con soga espalda con espalda en sillas como castigo, pidiéndoles que reflexionaran sobre lo que habían hecho y diciéndoles lo afortunadas que eran de tener la una a la otra cuando ella estaba lejos de su amada hermana, María.
Pero obtuvimos las mejores risas de sus malentendidos culturales.
Una vez le dio a mi hija mayor Tanya, una tarjeta dirigida a “mi bisnieta” en ingles, great-granddaughter, y no podía entender por qué nos reíamos a carcajadas.
”¡Ella es great (genial)!” insistía.
A mi sobrina Nicole, le leyó en su inglés chapurreado un artículo completo sobre su ídolo adolescente, Justin Bieber.
Y una Navidad, Mami envolvió los regalos en papel de Hanukkah porque le encantaban el color azul y los bonitos candelabros.
“Estaba cansada de ver todo rojo y verde”, nos dijo.
La extrañaremos más de lo que las simples palabras pueden expresar.
A ella le debo todo lo que soy.
Era mi aliada y la única crítica a la que realmente temía.
En mis sueños, se reencuentra con mi padre, A. Teodoro Santiago, su único amor, quien la precedió en muerte en 2012.
Si existe un paraíso, tiene una playa que se llama Varadero, y allí, sobre la arena más blanca y las aguas más claras, una joven pareja retoza en una luna de miel para siempre.
Descansa en paz, Mami.