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Fabiola Santiago

Reprimidos pero no silenciados, los cubanos consiguen nuevas maneras de protestar | Opinión

Esta foto captura el momento en que Rolando Remedios es detenido durante una manifestación contra el gobierno del presidente cubano Miguel Díaz-Canel en La Habana, el 11 de julio de 2021. (Photo by YAMIL LAGE/AFP via Getty Images)
Esta foto captura el momento en que Rolando Remedios es detenido durante una manifestación contra el gobierno del presidente cubano Miguel Díaz-Canel en La Habana, el 11 de julio de 2021. (Photo by YAMIL LAGE/AFP via Getty Images) AFP via Getty Images

Reprimidos, y en su mayoría desconectados, pero no silenciados, los cubanos de la isla están hallando formas de hacer oír su voz.

Si tan solo el mundo exterior escuchara y actuara con firmeza para apoyarlos, protegiéndolos así de nuevos abusos.

Cientos de manifestantes cubanos, incluyendo destacados disidentes y personas visibles en algunas de las fotografías y videos más emblemáticos de las protestas, siguen encarcelados y enfrentan largas penas de prisión.

Pero otros han sido puestos en libertad bajo arresto domiciliario, y cuentan sus historias con tanta franqueza y valentía como protestaron.

Arrastrado a la cárcel desnudo

Al día siguiente de que estallaran las masivas protestas históricas en Cuba, de un extremo a otro de la isla, la policía llamó a la puerta de Abel Lescay a las 6 de la mañana. El joven poeta y músico, que vive en la pequeña localidad de Bejucal al sur de La Habana, había participado en las protestas del 11 de julio.

El poeta y músico cubano Abel González Lescay fue arrestado y llevado a prisión desnudo desde su casa en el pueblo de Bejucal, Cuba, por participar en las protestas del 11 de julio.
El poeta y músico cubano Abel González Lescay fue arrestado y llevado a prisión desnudo desde su casa en el pueblo de Bejucal, Cuba, por participar en las protestas del 11 de julio. Foto de Facebook

Salió de su casa cuando escuchó una algarabía, encontró a unas 400 personas reunidas cerca de allí y se unió a ellas coreando “un bulto de consignas”, dijo a la revista Rialta, con sede en México, en una larga entrevista publicada en su página de Facebook.

Lescay, nacido en 1998, dice que estaba asombrado y con lágrimas en los ojos por “lo linda que era la gente que estaba ahí. Era algo muy emocionante.” Trajo su darbuka árabe y tocó. Un video de ese día en Bejucal confirma la gran multitud, el fervor de la gente clamando “¡Libertad!” frente a una estatua de Nuestra Señora de la Caridad, patrona de Cuba.

La multitud se duplicó, marchando pacíficamente hacia el despacho de la Policía Nacional Revolucionaria, donde cantaron el Himno Nacional. Ningún policía interrumpió a los manifestantes “hasta que [el líder cubano Miguel] Díaz-Canel dio la orden de combate esa”, dice Lescay.

Admite que él y sus amigos le gritaron una obscenidad a la policía y cuando enviaron a trabajadores estatales para contrarrestar a los manifestantes y estos organizaron una conga para desviar la disidencia, “me puse a bailar con la conga y a decirle a los músicos que no tocaban bien.”

Provocador quizás, pero no un criminal, a menos que la burla sea un crimen. Sin embargo, a la mañana siguiente, la policía irrumpió en su casa, y llego hasta el dormitorio de Lescay antes de que pudiera vestirse. Él comenzó a cuestionar su derecho legal a estar allí.

“Hasta que me muestren la orden de arresto, no me iré a ningún lado”, les dijo.

La respuesta de la policía: Arrastrarlo a la cárcel desnudo, en un coche de policía con otro detenido.

Lo mantuvieron desnudo durante el viaje de 12 millas hasta un centro de detención de la Seguridad del Estado en otra ciudad y durante horas después. Los agentes de policía se rieron de él. Uno lo golpeó en el trasero desnudo con un garrote, y cuando no dejaba de gritarles, alguien le arrojó “un mantel sucio” para que se cubriera.

Fue necesaria una enfermera para que le dieran un uniforme de prisión después de que se sintió enfermo, desarrolló fiebre y dio positivo por COVID-19. Y se le negó una sábana para cubrirse mientras yacía enfermo hasta que finalmente llegó un médico días después.

Lescay permaneció tras las rejas durante siete días en una cárcel con otros manifestantes que también habían dado positivo para el coronavirus, antes de que lo enviaran a casa, donde ahora permanece bajo arresto domiciliario esperando juicio. Sufrió otros abusos y tácticas psicológicas. Apenas doy un vistazo superficial a su extensa declaración, ilustrativa del precio que los jóvenes pagaron, y siguen pagando, por su valor.

Y todo ello, en medio de una pandemia que asola Cuba.

¿Y ahora qué pasa con Cuba?

Su relato es un estudio sobre lo que sucedió ese día y, en cierto modo, responde a la pregunta que todos tienen en mente un mes después: ¿Qué le espera a Cuba? ¿Qué pasa ahora?

Escuchar y tratar de conocer a las personas que arriesgan su vida. Representan a Cuba y lo que importa es su voz.

Los testimonios detallados como el de Lescay están llenos de matices sobre una generación dentro de Cuba que ni la derecha cubanoamericana en Miami ni el régimen cubano comprenden bien.

Los forjadores de políticas estadounidenses deben prestar atención a lo que estos jóvenes piden.

Una idea que se repite es que ellos no están tratando de reemplazar un régimen de izquierda con un gobierno de derecha. A pesar de la retórica en Miami de políticos que esperan sacar provecho del voto cubano incitando a la intervención militar, Lescay y tantos otros a quienes he escuchado no quieren eso, como tampoco quieren los soldados estadounidenses librar una guerra en Cuba.

Haríamos bien manteniendo nuestros esfuerzos donde cuentan, contando las historias de los cubanos y haciéndolas circular por todo el mundo.

Cuando le pregunté a Lescay a través de mensajes de texto cómo ve el futuro, esto es lo que me escribió: “¿Futuro?? No no no. Eso no existe, menos en Cuba ”.

Todo lo que puede hacer, dijo, es “seguir viviendo en este terror donde ya no hay telones. Y sobre todo aplacar la incertidumbre de lo que va a pasar en el juicio. Sobre todo hasta el día del juicio no hay futuro pensable.”

Es fundamental documentar la brutal represión y sus secuelas y seguir el curso de los casos. Las organizaciones de derechos humanos están tratando de hacerlo y, a pesar del apagón de Internet, los cubanos en la isla están ayudando en este esfuerzo.

Muchos logran publicar en Twitter, Instagram y Facebook los arrestos, los desaparecidos, los despidos del trabajo, y los regresos a casa frente a guardias apostados en sus puertas. No se quedan silenciosos, incluso aunque en las calles no estallen nuevas protestas (que sepamos). Y eso no es una decepción dado que COVID está matando cubanos.

Verdad cruda contra la propaganda

Testimonios como el de Lescay, relatados en un lenguaje crudo y creíble, rompen las narrativas empaquetadas y promovidas por el gobierno cubano. Como las del canciller Bruno Rodríguez, por ejemplo, insistiendo que no hubo estallido social en Cuba. Esto es risible. Y como las declaraciones del portavoz del régimen Carlos Fernández de Cossío a la televisión estadounidense de que los detenidos se encuentran en un proceso judicial “natural”.

No se puede subestimar el alcance de lo que sucedió el 11 de julio, no cuando estallaron protestas también en la apartada Isla de Pinos. Imagínense las consecuencias para quienes están tan lejos y menos a la vista del mundo.

Los testimonios de las víctimas revelan las tácticas de un régimen que actúa más como un cartel criminal que como un gobierno y tiene poco respeto por los derechos más básicos del ser humano.

Los testimonios dejan a los funcionarios cubanos que defienden la brutalidad policial tan desnudos como Lescay en esa patrulla.

Esta historia fue publicada originalmente el 16 de agosto de 2021, 3:14 p. m..

Fabiola Santiago
Opinion Contributor,
Miami Herald
Award-winning columnist Fabiola Santiago has been writing about all things Miami since 1980, when the Mariel boatlift became her first front-page story. A Cuban refugee child of the Freedom Flights, she’s also the author of essays, short fiction, and the novel “Reclaiming Paris.” Apoye mi trabajo con una subscripción digital
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