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Fabiola Santiago

El legado de DeSantis: fracasó en vacunar y proteger a los floridanos del COVID | Opinión

Luisa Febles, derecha, esposa del policía de la Patrulla de Caminos de Florida Lazaro R. Febles, es consolada por su cuñada Bianca González y su cuñado Jorge Botero en el cementerio Woodlawn Park en el suroeste de Miami-Dade el 20 de agosto. Febles murió de complicaciones por COVID-19.
Luisa Febles, derecha, esposa del policía de la Patrulla de Caminos de Florida Lazaro R. Febles, es consolada por su cuñada Bianca González y su cuñado Jorge Botero en el cementerio Woodlawn Park en el suroeste de Miami-Dade el 20 de agosto. Febles murió de complicaciones por COVID-19. adiaz@miamiherald.com

De Miami a Jacksonville, el trágico rastro de nuevas muertes por COVID-19 es desgarrador.

Agentes de policía, padres jóvenes que dejan huérfanos a sus hijos y gentes de todas las condiciones se están muriendo, solo que esta vez se están dando cuenta, ya demasiado tarde, de que han debido vacunarse para evitar la hospitalización y la muerte.

O, comprendiendo que, si hubieran usado una máscara correctamente, una carga viral menor de la mortal variante delta podría no haberlos matado.

El curso del coronavirus no tenía por qué desarrollarse de esta manera.

Pero esta es la Florida del gobernador Ron DeSantis, y la negación de la herramienta de mitigación más elemental, el uso de una máscara, es el actual estado de derecho. Y el rechazo de las mascarillas a menudo va de la mano con la vacilación ante la vacuna, lo que es una combinación fatal.

En este estado con bajas tasas de vacunación no hemos aprendido nada de las oleadas de infección pasadas, de las hospitalizaciones y fallecimientos por COVID-19.

Pavorosas estadísticas de muerte

La Florida tiene un promedio de 227.6 muertes diarias atribuidas al COVID-19, otro terrible marcador estadístico de esta última ronda de la guerra contra el virus.

En comparación, 98 personas murieron en el colapso del condominio de Surfside que sacudió nuestro estado y fue noticia nacional e internacional. Otra comparación: 8.7 personas mueren diariamente en accidentes de tráfico en la Florida, y por ley, usamos cinturones de seguridad.

¿Cómo es posible que no haya más indignación, más conciencia?

“La Florida se convierte en el primer estado de Estados Unidos donde las muertes diarias de la ola actual han superado las olas anteriores”, tuiteó el 22 de agosto el Dr. Vincent Rajkumar, investigador de cáncer de la Clínica Mayo y profesor de medicina.

Al reproducir el tuit del médico, la alcaldesa de Miami-Dade, Daniella Levine Cava, agregó: “No tiene que ser así: vacúnese”.

Si tan solo la gente escuchara, pero la mitad de la población queda excluida de la conversación.

Como me dijo un miembro de familia no vacunado: “Honestamente, me cansé del COVID y no quiero hablar de eso más”.

Entiendo el sentimiento, pero la negación no es lo que los tiempos exigen.

Estos tiempos piden más vacunaciones y menos lamentos.

¿Por qué sucede esto en la Florida?

En Twitter Rajkumar explica en términos sencillos lo que ha sucedido en la Florida y por qué.

La variante delta fue uno de los factores que “no están bajo nuestro control directo”.

Pero, ¿qué era lo que sí estaba bajo nuestro control?

La vacunación— y solo la mitad de los Floridanos vacunados “simplemente no es suficiente”.

Hasta el 22 de agosto, 11,073,889 personas, — el 51.56% de la población de la Florida— habían recibido la vacuna completa.

Dado este escenario, “relajar los requisitos de portar la mascarilla y evitar su uso obligatorio no es una buena política”, dijo Rajkumar.

“Lo que es diferente en la Florida es que la relación de la tasa de vacunación ... con respecto a la relajación del distanciamiento y la obligación de usar mascarillas fue desproporcionadamente alta. Los líderes expresaron su desdén por las máscaras y los mandatos de usarlas”, tuiteó. “El número total de personas no vacunadas es alto. Y los hospitales se vieron abrumados”.

Esta nueva ronda de hospitalizaciones y muertes por COVID, incluso más alta que la primera, es el legado de DeSantis; es el resultado de su negación a poner la seguridad pública por encima de la política, al convertir la mitigación de una crisis de salud en un tema de libertad y patriotismo.

A DeSantis le gusta hacer alarde de su propio comportamiento imprudente no usando la máscara y, aunque el gobernador se había vacunado, lo mantuvo en secreto hasta que su portavoz, acosado por los medios, finalmente lo confirmó.

“Los políticos quieren obligarte a que te cubras la cara como una forma de cubrirse su propio trasero. Esa es la verdad”, dijo DeSantis la semana pasada. “Quieren poder decir que están asumiendo esto y lo hacen, aunque no se ha probado que sea efectivo”.

Pero eso no es lo que dicen los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, la Organización Mundial de la Salud y la Asociación Médica Estadounidense.

El gobernador ha engañado al público tantas veces que he perdido la cuenta.

Lo más trágico es que DeSantis se jactó de una victoria prematura sobre el COVID, una victoria que todos los que observamos las nuevas mutaciones en otras partes del mundo, y prestamos atención a la ciencia de la evolución del virus, sabíamos que no iba a durar a menos que todos los floridanos aptos estuvieran vacunados.

Y cuando las cosas empezaron a salir mal de nuevo, él se inventó un chivo expiatorio: los inmigrantes en la frontera y el presidente Biden, un falso tema de discusión republicano que circuló en Fox News.

Pero la comunidad médica, los científicos y los periodistas saben que el emperador de la Florida no lleva ropa.

Elegido por un margen de 0.4% y cultivando la base de la ultraderecha con sus políticas, DeSantis apostó al COVID-19 en la Florida para obtener ganancias políticas, y perdió.

Reprobó las lecciones elementales de ciencia.

En un lenguaje sencillo: sus políticas de COVID están matando a los floridanos.

Esta historia fue publicada originalmente el 30 de agosto de 2021, 3:06 p. m..

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Fabiola Santiago
Opinion Contributor,
Miami Herald
Award-winning columnist Fabiola Santiago has been writing about all things Miami since 1980, when the Mariel boatlift became her first front-page story. A Cuban refugee child of the Freedom Flights, she’s also the author of essays, short fiction, and the novel “Reclaiming Paris.” Apoye mi trabajo con una subscripción digital
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