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Fabiola Santiago

El senador Bob Menéndez puede ser a la vez corrupto y tener razón sobre la falta de derechos en Cuba | Opinión

El senador Bob Menéndez, demócrata por Nueva Jersey, entra en una reunión a puerta cerrada de la bancada demócrata del Senado para dirigirse a sus colegas por primera vez desde que fue encausado por cargos federales de soborno en el Capitolio, en Washington, el 28 de septiembre.
El senador Bob Menéndez, demócrata por Nueva Jersey, entra en una reunión a puerta cerrada de la bancada demócrata del Senado para dirigirse a sus colegas por primera vez desde que fue encausado por cargos federales de soborno en el Capitolio, en Washington, el 28 de septiembre. AP

Cada vez son más los demócratas que piden, como debe ser, la renuncia de uno de los suyos. El más reciente ha sido el senador Bob Menéndez, quien acaba de declararse inocente de graves cargos de soborno. Y ha hecho un pésimo trabajo explicando la evidencia en su contra relacionándola con el trauma de Cuba.

Estoy de acuerdo: Menéndez, quien preside la poderosa Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, debería renunciar.

No solo por la gravedad de los cargos que enfrenta, sino por la excusa poco convincente que ofrece para ganarse simpatías. Si se le declara culpable, espero que cumpla su sentencia en una celda especial hecha solo para políticos que intentan eludir delitos penales usando, en beneficio propio, la legítima historia del sufrimiento cubano bajo una dictadura de 64 años.

Hablando desde la segunda capital metafórica del exilio cubano histórico, Union City, el senador de Nueva Jersey trató de explicar los casi $500,000 en efectivo que autoridades federales encontraron en la caja fuerte de su casa como algo que los cubanoamericanos hacemos como resultado de lo que pasamos en Cuba bajo el régimen de Fidel Castro.

“Durante 30 años, he retirado miles de dólares en efectivo de mi cuenta de ahorros personal, que he guardado para emergencias y debido a la historia de mi familia enfrentando confiscaciones en Cuba”, dijo Menéndez, de 69 años, en una conferencia de prensa después de su encausamiento por cargos de corrupción por parte de la Fiscalía Federal del Distrito Sur de Nueva York.

“Ahora bien, esto puede parecer anticuado”, añadió, “pero se trataba de dinero retirado de mi cuenta de ahorros personal sobre la base de los ingresos que he obtenido legalmente durante esos 30 años”.

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¿A quién cree engañar el cubanoamericano Menéndez, nacido en Nueva York, con su apelación a la identidad étnica?

Para empezar, ya fue acusado de corrupción anteriormente.

Gracias a la anulación del juicio, superó un encauzamiento en el 2015 en donde se le acusaba de haber aceptado regalos de un oftalmólogo de la Florida a cambio de usar su cargo en el Senado para beneficiar los intereses financieros y personales del hombre.

Los cargos que enfrenta ahora —que supuestamente filtró información sensible al gobierno egipcio con fines lucrativos y trató de influir en causas penales contra empresarios que le pagaron por ello— son peores. ¿Y espera que creamos que se encontró evidencia de una cantidad de dinero en efectivo inusualmente grande porque lo escondió pensando que el comunismo podría venir a Estados Unidos a confiscar lo que legítimamente nos pertenece?

Por favor.

Foto de un saco y unos $500,000 en efectivo encontrados metidos en ropa y sobres durante un registro realizado en 2022 por agentes federales y recogidos en el encausamiento contra el senador Bob Menéndez, demócrata de Nueva Jersey.
Foto de un saco y unos $500,000 en efectivo encontrados metidos en ropa y sobres durante un registro realizado en 2022 por agentes federales y recogidos en el encausamiento contra el senador Bob Menéndez, demócrata de Nueva Jersey. U.S. Southern District of New York

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Cuba es una causa legítima, no una excusa

Yo, cubanoamericana, no me trago esa débil excusa para esconder medio millón en efectivo; y además, lingotes de oro de 1 kilo por valor de $100,000 y $70,000 en la caja fuerte de su esposa, Nadine, también acusada.

Hizo un trabajo pésimo y poco convincente al defenderse con esa táctica, causando enojo, decepción y tristeza en las personas que lo apoyaban a él y a la causa de una Cuba democrática.

El trabajo de toda una vida que ha hecho exponiendo la verdadera fachada del régimen cubano y dando visibilidad a los presos políticos, especialmente en el Senado de Estados Unidos, ha sido importante. Tanto es así que la maquinaria de la propaganda internacional de la izquierda no tardó en usar las acusaciones de corrupción contra Menéndez para tachar su postura sobre los abusos de los derechos humanos en Cuba como la obra de un charlatán.

La represión gubernamental en Cuba es real, pero la historia del dinero de Menéndez cae por el peso de su propia historia.

Su padre Mario era carpintero y su madre Evangelina costurera. Se fueron de Cuba en 1953, cuando el país estaba gobernado por otro dictador, Fulgencio Batista, el favorito de la mafia estadounidense.

El hijo al que llamaron Robert nació meses después, el 1º de enero de 1954, en Nueva York.

Quizá la familia que dejaron en Cuba sufriera en años posteriores las confiscaciones masivas de casas y negocios por parte de Castro y la creación de un estado autoritario. Pero su hijo creció en la comodidad de Union City, a donde exiliados llegaron más tarde y, gracias al poder de la educación, se convirtió en abogado.

Entró a trabajar como asistente del alcalde de Union City, William Musto, su iniciación en la política, convirtiéndose poco después en el candidato más joven en ganar las elecciones en la junta de educación de Union City. Demócrata centrista, votó mayoritariamente con los republicanos en política exterior y era una figura respetada en Miami.

Tuvo el ascenso político habitual en Estados Unidos, desde un cargo local hasta el Senado, y el bipartidismo parecía definirlo.

Le habría venido mejor usar una analogía histórica estadounidense como la Gran Depresión como excusa para el dinero en efectivo encontrado en la redada federal de su casa. ¡Los bancos podrían caer en picada! ¡Desplome en Wall Street!

Pero, en lugar de eso, eligió la justificación a la que recurren los hipócritas que usan la causa de una Cuba libre como excusa para su mal comportamiento en Estados Unidos.

Sin duda, el tipo de trauma que algunos de nosotros vivimos mientras estábamos en Cuba —y luego, dejando atrás todo y a todos los que queríamos— puede manifestarse en nuestras vidas de formas profundamente arraigadas.

Recuerdo el viaje ilegal al campo para comprar comida y nuestro auto detenido en un puesto de control de noche, sabiendo que mi madre escondía nuestro alijo del mercado negro bajo la blusa, fingiendo estar embarazada. Estoy segura de que esto añade otra capa de estrés subconsciente en un control de tráfico o en la fila de la TSA, pero esa experiencia no me impide conducir o viajar.

Recuerdo cuando milicianos fatigados irrumpieron en nuestra casa y nos obligaron a abandonarla con solo una pequeña maleta con una muda de ropa para cada uno. Y que me dijeron que eligiera solo una muñeca de un sofá con muchas de ellas alineadas, una cruel elección para una asustada niña de 10 años. Luego, cerraron la puerta detrás de nosotros con cinta.

Pero, aunque bendigo mi casa cada vez que vuelvo de viaje, no acaparo muñecas, ni guardo dinero en montones, ni pienso que el gobierno vaya a quedárselo. Solo saco dinero en efectivo cuando nos amenaza un huracán, como regalo de Navidad o para pagar al jardinero. Y ni siquiera eso ahora, ya que prácticamente todo el personal de mantenimiento acepta Zelle. Me gusta el rastro que deja el papel.

No, ocultar bienes no es terapia para el trauma.

Ni Menéndez ni sus padres vivieron ninguno de esos traumas, aunque sus electores, a los que se debe más, sí.

Por el bien de Menéndez y su esposa, espero que sus registros bancarios demuestren que los fiscales están equivocados.

Pero, lo que es más importante, espero que los estadounidenses no vean su postura contra los abusos de los derechos humanos en Cuba a través de la lente de su encauzamiento.

El senador Bob Menéndez puede, al mismo tiempo, ser corrupto y tener razón sobre la brutalidad de Cuba.

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Fabiola Santiago
Opinion Contributor,
Miami Herald
Award-winning columnist Fabiola Santiago has been writing about all things Miami since 1980, when the Mariel boatlift became her first front-page story. A Cuban refugee child of the Freedom Flights, she’s also the author of essays, short fiction, and the novel “Reclaiming Paris.” Apoye mi trabajo con una subscripción digital
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