Fabiola Santiago

FABIOLA SANTIAGO: La pintura de Donald Trump desnudo

Fabiola Santiago

Retrato de Trump desnudo
Retrato de Trump desnudo

Hay artimañas políticas. Y hay arte que contiene poder político. Hay quienes creen en la filosofía, tan útil en la vida como en campañas políticas, que si te rebajas al nivel de tu contrincante, no eres mejor que él o ella. Y existe además la filosofía de combatir el mal con todas tus fuerzas no importa lo que pase.

Esto y más me viene a la mente cuando veo la última sensación viral de la campaña presidencial: la pintura del candidato republicano Donald Trump desnudo creada por la artista de la calle nacida en Australia y basada en Los Ángeles Illma Gore.

Si a alguien le ofende la desnudez, que no mire. Una vez que uno ve la perturbadora imagen de la pintura de Gore, titulada Que Estados Unidos sea grande otra vez, ya no podrá deshacer el daño a su psiquis. Y en caso de que no se capte el mensaje contenido en la bravata pose de fanfarrón del candidato, la mirada de sus ojos entornados y su puchero, una breve declaración de la artista explica su decisión sobre la pequeña anatomía: “Porque no importa lo que lleve en los pantalones, uno puede ser un gran hue--n”.

Cómo han descendido las campañas desde el retrato en 2008 del candidato Barack Obama realizado por Shepard Fairey — la palabra Hope (Esperanza) escrita en esténcil en rojo, beige y azul — y que la institución Smithsonian adquirió para su Galería Nacional de Retratos. En estos tiempos la única pregunta que falta es: ¿Qué grado de bajeza son capaces de alcanzar las campañas presidenciales? No hay límites. Asómese al sitio web de insultos llamado “Vote por Trump”, creado después de que el senador Ted Cruz ganó en Iowa,http://bit.ly/1QZ7ehA, y Trump le puso de apodo “p---y.”

Se le puede lanzar a Trump y sus seguidores toda la inmundicia. Se puede decir que fue Trump quien comenzó su campaña con comentarios difamadores sobre los mexicanos y quien extendió su ira hacia las mujeres, los islámicos, etc. mientras su popularidad aumentaba con cada insulto. Puede decirse que Cruz se lo merece por su propia conducta ofensiva en el Senado y sus mentiras.

Los miles de seguidores de Gore, la pintora, sí le lanzan todo a Trump, y elogian su pintura como una obra de arte que capta a Trump, como dijo Michele Perry de Texas, “en el más profundo sentido de lo que él es: un misógino, un racista, un bravucón, un hombre que quiere ser tu Dios y tú lo sigues apoyando”.

Ella pregunta: “¿Piensa alguien que él tiene una reputación que merece protección?”

No, pero tal vez la presidencia sí lo tiene.

Otro fanático de la pintura de Gore en los medios sociales se lamenta de que él se ha percatado de los mensajes y comentarios de la “plaga vil que es el colectivo de Trump”. ¿Y qué otra cosa se podía esperar?

Éste es el mundo que hemos creado, y no se trata sólo de Trump y su gente, por muy deplorables que sean. El candidato Bernie Sanders también incita a la devoción fanática, y el monstruo que él mismo creó con sus llamados alardosos lo obligaron a tomar medidas. La semana pasada tuvo que llamar la atención de sus seguidores a que bajaran el tono de sus críticas sexistas a Hillary Clinton y de la conducta bravucona que muchos de nosotros habíamos tenido que soportar por parte de ellos.

¿A qué nivel de bajeza podrán llegar estas campañas presidenciales?

Al nivel que las masas estén dispuestas a llevarlas, y tan bajo como los candidatos se hundan para inspirarlas.

El sitio web contra Cruz es pura artimaña política y la pintura de Gore puede ser arte. Pero ambos están teniendo el mismo efecto: arrastrar la institución de la presidencia más profundamente dentro de la cloaca.

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