La vicepresidencia, el premio de consolación para las mujeres
En las primarias del 10 de marzo Joe Biden nuevamente le ganó por goleada a su rival Bernie Sanders. En esta ocasión se impuso ampliamente en Mississippi, Missouri y hasta en Michigan.
Después de su resurrección triunfal en el ‘supermartes’ del pasado 3 de marzo, la ola a favor de quien fuera vicepresidente en la administración Obama ha tomado velocidad contra una “revolución” social que parece desinflarse por momentos.
Pero no deja de ser interesante, o al menos invita a reflexionar, que el moderado Biden ha vencido al socialista democrático Sanders en el estado donde en las primarias de hace cuatro años el senador por Vermont derrotó a su entonces contrincante Hillary Clinton. Y lo hizo con el mismo discurso populista que ha proclamado a lo largo de la campaña de 2020, porque si de algo puede presumir Sanders es de machacar su texto ideológico (presión fiscal al 1% que comprende los más ricos, una política proteccionista, educación gratuita para todos, cobertura médica universal) sin apenas cambiar una coma.
O sea, cuando en 2016 Donald Trump tomó por asalto el Partido Republicano para hacerlo a su imagen y semejanza, la clase trabajadora y principalmente blanca en la zona industrial del medio oeste repudió a Clinton y favoreció a un candidato escorado a la izquierda que defendía la “justicia social”.
De aquella experiencia, en la que ya se anticipaba que este segmento de la población no votaría por ella en las elecciones presidenciales para darle su voto a un populista de derechas que prometía acabar con la clase política tradicional, Sanders salió convencido de que era un terreno fértil para él.
Ahora, en 2020, lo que es evidente es que se repite un común denominador: Biden, Sanders y Trump son hombres. Los dos últimos encarnan variantes del populismo y el primero es tan centrista como lo era Clinton.
Otro aspecto que iguala a este trío: ninguno está mejor preparado que la ex primera dama y ex secretaria de Estado. Incluso en lo relacionado al problema de la sanidad pública en un país donde la medicina es casi incosteable, ya en 1993 Clinton había diseñado una cobertura médica universal antes de que surgiera Obamacare a la que se opusieron con ferocidad conservadores, libertarios y la propia industria farmacéutica.
Hace cuatro años Clinton se enfrentó a dos populistas, uno de izquierdas y uno de derechas y ninguno de los dos particularmente empático, que la acusaron cada uno por su lado de “corrupta” y de ser parte del “establishment”. En aquel momento la que podría haber sido la primera mujer en ocupar la Casa Blanca quedó atrás en la elección presidencial a pesar de haber ganado el voto popular.
Cuatro años después han quedado en el camino Amy Klobuchar y Kamala Harris, situadas en el centro y mucho más jóvenes que Biden; lo mismo ha sucedido con Elizabeth Warren, una versión muy mejorada y procapitalista de Sanders. Sencillamente ninguna de ellas, todas con currículums sobresalientes y probadas trayectorias, ha podido superar a los dos candidatos que en el umbral de la ochentena se disputan la nominación para enfrentarse al septuagenario presidente Trump. Lo que prevalece es que sólo otro hombre podría poner freno a la reelección del empresario neoyorquino.
En la carrera a la Casa Blanca el premio de consolación por parte de los dos demócratas que han llegado a la recta final —aunque todo apunta a que Sanders pierde el tren de la nominación—, es prometer la vicepresidencia a una mujer.
Digamos que por ahora es la única forma de aproximarse a la jefatura de Estado sin pasar por el tamiz sexista que pervive en el electorado. Las eternas damas de honor en un concurso en el que los hombres se llevan sistemáticamente la corona.
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