La revolución plateada
La última vez que me teñí el pelo fue el pasado 13 de marzo con motivo de la boda de mi hija. Aquella tarde se celebró una reducida ceremonia en víspera del anuncio del estado de emergencia. Sin saberlo en ese momento, su casamiento fue uno de los últimos que tuvo lugar antes de la cuarentena.
Cuando comenzó el encierro no pensé que no regresaría a la peluquería. Todo parecía como un mal sueño transitorio del que nos despertaríamos. Pero transcurrían las semanas y con el paso de los días no solo se había transformado la vida diaria. Mi escasa cabellera también sufría una gradual metamorfosis: el teñido caoba daba paso a las canas que desde hace años se habían apoderado de mi cuero cabelludo.
No me sucedió como Gregorio Samsa, el célebre personaje de Franz Kafka que un buen día amanece convertido en escarabajo. Mi mutación fue más lenta y sobró tiempo para la adaptación.
El enclaustramiento permite una mayor introspección y los detalles en los que uno no había reparado cobran un primer plano. De pronto te fijas en las grietas de las paredes y en las propias, pues el cuerpo también es el edificio donde habitamos.
Así fue cómo poco a poco los tonos grises se abrieron paso y la correspondencia entre la edad y la cana, que es consecuencia de la falta de pigmentación, llegó a sincronizarse. Había sido un trámite que hasta ahora había evitado con visitas cada vez más asiduas a la peluquería y que cada vez me resultaban más engorrosas. Antes del estallido de la pandemia una y mil veces había contemplado la idea de aceptar la inevitabilidad del pelo gris, pero la presión social de amigos y familiares, que al unísono insistían “Te vas a echar años encima”, me había cohibido.
Nunca pensé que la soledad del encierro también tendría el efecto benéfico de la liberación, lejos de los bienintencionados pero inoportunos comentarios de conocidos que se empeñan en opinar sobre asuntos personales. De algún modo, las largas semanas de aislamiento fueron un lujo en las que hubo tiempo para asimilar el cambio y estar a gusto con una decisión que había dilatado innecesariamente. Mirarse en el espejo cada día y en su reflejo ver un retrato en desarrollo. Al fin, dejar que la naturaleza siguiera su curso.
En el confinamiento la advertencia de “Te vas a echar años encima” cobró su verdadera dimensión: el miedo colectivo instalado en tantas mujeres de que las canas son equivalentes a esa edad madura que se asemeja a una sentencia de muerte. En Hollywood Richard Gere o el ya nonagenario Clint Eastwood pueden exhibir una cabellera más blanca que la cima del Everest y ser considerados tipos interesantes. En cambio, estrellas como Meryl Streep o Susan Sarandon todavía echan mano del tinte. Salvo contadas excepciones como la divina Helen Mirren, una mujer que se deja las canas equivale a una señora marchita. Sin más.
Todavía quedan vestigios del tinte, pero el paisaje gris ya corona mi cabeza. Cuando el encierro se relajó, más de uno y una se sorprendieron y hasta exclamaron “Oye, pues no te queda mal”, sin mostrar horror (o lo disimularon bien) ante la transformación.
Después de la sacudida que para todos supuso la irrupción de una epidemia que le ha dado un vuelco a la existencia como la conocíamos, aceptar de buen grado las canas resultó ineludible y natural. No se trataba de echarse años encima. Los años ya estaban ahí y el pelo gris era otra seña de identidad en la cambiante travesía de la vida.
Hace unos días me encontré en la calle a una amiga que, tal vez alarmada por mi metamorfosis, me dijo: “En mi peluquería están tomando medidas para evitar el contagio. ¿Quieres que te haga una cita?”.
Con gran cordialidad le respondí que no se molestara y seguí mi camino. Ya era una mujer blanca en canas y con un final menos desdichado que el de Gregorio Samsa. Hay revoluciones que se hacen sin salir de casa.
Twitter: @ginamontaner. ©FIRMAS PRESS