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Gina Montaner

España, un país con un paisaje de mascarillas

Una niña usando una mascarilla para prevenir la transmisión del coronavirus es llevada por su madre a la escuela, el viernes 4 de septiembre de 2020 en Pamplona, España.
Una niña usando una mascarilla para prevenir la transmisión del coronavirus es llevada por su madre a la escuela, el viernes 4 de septiembre de 2020 en Pamplona, España. AP

Desde que el coronavirus comenzó su tournée mundial los vaivenes del efecto de la pandemia fluctúan por país.

Al principio, cuando la alarma estalló en marzo, España fue uno de los más afectados y la población pasó por un confinamiento estricto que duró tres meses. La angustia era mayúscula, con una riada de muertos que en especial se ensañó con las residencias de ancianos.

Sus ciudades, la mayoría con alta densidad de población y una gran actividad en las calles, se prestaban a la propagación de un virus que cogió a todos por sorpresa y desprevenidos.

Del encierro casi total se pasaron a las fases de desescalada y así llegó el inicio del verano, que tradicionalmente es el pistoletazo de salida para comenzar el tan ansiado asueto que los europeos observan contra viento y marea. Tanto es así, que ni la pandemia los ha frenado de visitar las playas, los pueblos y las montañas. Es más, precisamente a causa del tiempo prolongado que las familias permanecieron confinadas en sus pisos, aumentaron las ganas por el esparcimiento y por cambiar de aires.

Lógicamente, a la vuelta del veraneo, con un trasiego considerable de habitantes moviéndose de un lado a otro, la incidencia de la COVID-19 se ha disparado, aunque al menos por ahora, sin la virulencia que causó el colapso de hospitales en esa primavera de muertos sin honras fúnebres.

En la capital se vive el retorno de los que abandonaron el asfalto para tumbarse al sol o emprender excursiones por la geografía española. Y en la “rentrée” antes del otoño los madrileños avanzan con cautela, teniendo presente el trauma que esperan haber dejado atrás, pero con la certeza de que deben convivir con el virus a la vez que toman las precauciones ya conocidas por todos. Nadie quiere revivir la tragedia que los marcó, pero han aprendido a dar los pasos necesarios para recuperar algo del pasado en medio del terremoto global que ha representado la epidemia.

En estos momentos las cifras no son halagüeñas en la Comunidad de Madrid, pero los centros hospitalarios consideran que la situación está bajo control y no se contempla reinstaurar el confinamiento.

A pesar del desconcierto que genera una clase política en continua pugna y un gobierno central cuyo estado natural es el del titubeo, las familias preparan la vuelta al colegio de los chicos con las mismas dudas que surgen en todo el mundo, pero también con la esperanza de que las clases presenciales poco a poco sustituyan un aprendizaje virtual lleno de lagunas. Al final, los padres tendrán que sopesar los peligros que puede conllevar para familiares más vulnerables, por lo cual las autoridades contemplan regulaciones de protección laboral para aquellos padres que deban quedarse en casa cuidando de un hijo que dé positivo.

Lo cierto es que en las calles de Madrid lo raro es encontrar a alguien caminando sin mascarilla. Salvo alguna excepción, adultos, niños y jóvenes se protegen el rostro. Hasta los más pequeños, que ya han comenzado a asistir a las guarderías, han sido entrenados para llevar mascarillas en centros infantiles donde los padres se despiden de ellos en el exterior.

En las primeras semanas de septiembre todavía el sol calienta y el júbilo del verano está presente. En las terrazas y los bulevares la gente apura los días antes de que asome el anticipo del invierno, que es el aviso del peligro del virus en lugares cerrados.

Las heridas de lo que se perdió en los meses más terribles todavía están a flor de piel. El reto más difícil es mantener el equilibrio entre la vitalidad y la prudencia. Los abrazos quedan pendientes para tiempos mejores.

Twitter: @ginamontaner. ©FIRMAS PRESS

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