Lamento inútil contra el rifle de asalto
La noticia acerca de la masacre perpetrada en Orlando por un extremista islámico me sorprendió en Madrid, lejos del epicentro de la tragedia.
Mientras se conocen más detalles del autor del tiroteo y sus fobias, centradas en su odio a los homosexuales, un acto tan bárbaro no es explicable de un modo racional ni tiene sentido intelectualizar lo que sencillamente parece obedecer a un impulso exacerbado por el dogma.
Sí tengo claro que frente a los inevitables fanáticos dispuestos a descargar su ira a sangre y plomo, estamos más a salvo si éstos no tienen a mano armas de largo alcance para hacer el mayor daño posible. Por mucho que haya gente (y en Estados Unidos abunda) que defiende el derecho a portar armas, a estas alturas esta militancia no justifica la posibilidad de que un exaltado pueda adquirir legal y rápidamente un rifle de asalto que en cuestión de minutos siega la vida de inocentes como en un campo de batalla sin trincheras donde ocultarse.
El hombre que el pasado 12 de junio asesinó a 49 personas e hirió a más de medio centenar, además de la pistola Glock que llevaba encima pudo obtener un artefacto aún más potente con la facilidad con la que se compra un electrodoméstico. Si este individuo hubiera irrumpido en la discoteca Pulse solo con el arma corta, sin duda habría hecho daño, pero nunca tanto como el que consiguió hacer cuando descargó toda su furia contra los chicos y chicas que bailaban alegres, empuñando un rifle semiautomático diseñado para fuerzas especiales y no para utilizarlo en hogares o sitios de recreo.
En Estados Unidos este modelo particular, el Sig Sauer MCX, es considerado tan mortífero como una AK-47 y cuando suceden hechos como el de Orlando aumentan sus ventas en las armerías. En ocasiones como ésta, quienes defienden a ultranza la Segunda Enmienda creen tener más munición (nunca mejor dicho) para justificar el derecho a andar armados hasta los dientes en los lugares públicos, incluidos los centros laborales y las escuelas. La creencia de que estamos más seguros si todos tenemos un arma ha pasado a formar parte de una retórica con resultados destructivos, convirtiendo al país en un verdadero Far West.
Nadie me va a convencer de semejante desatino, precisamente porque crecí en España, donde la tenencia de armas es algo inusual, salvo en el ámbito de la caza o en el mundo marginal del crimen. Es raro que en una casa particular haya armamento y su venta no prolifera en las calles y centros comerciales. En cuanto al tipo de rifle semiautomático que se empleó en Orlando, su venta está prohibida.
Por otra parte, es evidente que en Europa, Estados Unidos o cualquier parte del planeta los terroristas tienen recursos para encontrar armas y explosivos con los que perturbar la paz ciudadana. Así sucedió el 11-S en Nueva York; el atentado del 11-M en la estación de tren de Atocha; o recientemente el atentado que se realizó en el club parisino Bataclan, con resonancias similares al “acto de terrorismo y odio”, tal y como lo ha calificado el presidente Obama, que pareció inspirar al asesino de Orlando. La multinacional del terror se mueve por la Tierra con sucursales y un complejo entramado que tiene sus tentáculos en las redes sociales. Sin duda, ningún estado de derecho está a prueba de estas matanzas.
Ahora bien, lo que no contribuye a aminorar las probabilidades de que los intransigentes y los dementes de este mundo acumulen armas de guerra es adquirirlas sin mayores complicaciones. Lo que no tiene justificación alguna es que al colérico verdugo que salió de Port Saint Lucie le facilitaron la compra de un fusil de asalto con la levedad y el entusiasmo con que te venden un auto en un concesionario.
A estas alturas, tampoco el debate debe centrarse en los permisos o revisión de antecedentes –algo que de sobra es fallido– supuestamente obligatorios antes de adquirir armas como la que sembró el pánico y la muerte en el popular club gay. ¿Acaso no son suficientes las consecuencias si en uno de cada tres hogares en Estados Unidos hay un arma? ¿Es de verdad aceptable que se pueda poseer alegremente un instrumento diseñado para matanzas masivas cuyo precio es menor que un iPhone de última generación? ¿Hasta cuándo se va a defender lo indefendible en nombre, dicen, de un derecho constitucional?
El atacante que viajó de Port St. Lucie con la intención de matar impúdicamente multiplicó su sanguinario odio con los potentes cargadores de un arma que escupe 30 balas en pocos segundos. Qué cómodo se lo ponen a estos violentos sin remedio. Así se ve desde una capital donde es más fácil encontrar en la calle un billete de 50 euros que una ominosa tienda de armas.
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Twitter: @ginamontaner
Esta historia fue publicada originalmente el 19 de junio de 2016, 4:52 p. m. with the headline "Lamento inútil contra el rifle de asalto."