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Opinión Sobre Cuba

MANUEL C. DÍAZ: Réquiem por el exilio cubano

La escritora Lydia Cabrera, en 1977.
La escritora Lydia Cabrera, en 1977. The Miami Herald

El exilio histórico cubano no ha muerto todavía; pero está agonizando. Ya se preparan quienes aspiran a ser sus enterradores: tienen en su poder no solo el ataúd de madera que piensan usar, sino también las puntillas (las relaciones diplomáticas y un puñado de órdenes ejecutivas) con las que comenzarán a cerrarlo. Estamos tan en desventaja que probablemente no nos dejen velarlo ni celebrarle una misa. Ellos, los sepultureros del patio, solo están esperando por los clavos grandes que le llegarán desde Washington (el levantamiento del embargo, la devolución de la base naval de Guantánamo y las compensaciones millonarias) para al fin poder cerrar la caja para siempre.

¡Quién lo iba a imaginar! ¿Cuándo comenzó todo esto? Hay quienes creen que el inicio fue la crisis de los balseros, seguida de las famosas 20,000 visas y el abuso de la Ley de Ajuste Cubano. Yo pienso que comenzó antes; y no de una sola vez sino –incluidos los momentos antes mencionados– por etapas. ¿Fue acaso cuando nuestros viejitos se nos empezaron a morir, no de enfisema o insuficiencia cardiaca como decían sus obituarios, sino de tristeza por no haber podido regresar a Cuba? ¿O cuando comenzaron a llegar los escoltas de Fidel y los coroneles –y las coronelas– de la Dirección de Cárceles y Prisiones? ¿Sería cuando los líderes –Artime, Sargén y Mas Canosa– también se nos fueron muriendo? ¿O cuando se apagó la voz ronca y fuerte (”Cuba primero, Cuba después y Cuba siempre”) de Agustín Tamargo? ¿O cuando se apagaron, aterciopeladas y líricas, las de Martha Pérez y Zoraida Marrero?

¡Quién sabe! Los creyentes dicen que fue cuando Monseñor Agustín Román no pudo rezar más por nosotros; otros afirman que fue cuando las membresías de las organizaciones exiliadas comenzaron a disminuir: en las del presidio, cuando se nos fueron yendo, poco a poco, los más viejos entre nuestros heroicos ex presos políticos; en las de los municipalistas, cuando los miembros que morían no podían ser reemplazados por los paisanos recién llegados porque estos no sabían (con ese engendro de las 14 provincias) ni en que municipio habían nacido. En fin, dicen que fue el día en que la cantidad de cubanos inmigrantes llegó a ser mayor que la de exiliados. Tal vez sea por eso que ya en los hogares cubanos de Miami no se escucha el tradicional brindis del 31 de diciembre, aquel que con el corazón apretado en un puño y lágrimas en los ojos nuestros padres repetían: “El próximo año en una Cuba libre”.

No hay un lugar en el exilio que no haya sido penetrado por la ralea castrista: muertos nuestros primeros pintores exiliados (Cundo Bermúdez, Hugo Consuegra y Mijares), llegaron los graduados de Cubanacán a exhibir sus obras: los viernes por la noche en Coral Gables y al amanecer en la Bienal de La Habana. Idos nuestros escritores de siempre (Lydia Cabrera, Labrador Ruiz y Cabrera Infante), los antiguos comisarios de la UNEAC aprovechan para presentar sus libros, primero en la Calle Ocho y después, sin sonrojarse, en las galeras de la fortaleza de La Cabaña, muy cerca del foso de los laureles, donde tantos jóvenes cubanos fueron fusilados mientras gritaban Viva Cristo Rey.

¿Estoy exagerando? Es posible. Sin embargo, lo cierto es que, a pesar del esfuerzo de los que no se han rendido y todavía luchan por salvar el exilio, los castristas enviados por La Habana –disfrazados de académicos, periodistas y comediantes– siguen tratando de apoderarse de la ciudad. Y están a punto de conseguirlo. Lo supe el 17 de diciembre cuando, para provocar a los viejos exiliados que allí se reúnen, varios matones entrenados en La Habana (como los que estafan al Medicare) se atrevieron a enarbolar carteles con consignas revolucionarias en el icónico Versailles. ¿Todavía creen que exagero? Marquen esta fecha. El exilio histórico cubano, tal como le conocimos, está llegando a su fin.

No me extrañaría que ya tengan preparada una orquesta sinfónica y un coro de pioneritos para interpretar el Réquiem de Mozart –en re menor, como fue escrito– el día que anuncien su muerte. Es probable que el acto litúrgico sea celebrado en la Plaza de la Catedral, en La Habana. Quizás hasta oficie el Cardenal. Ya lo saben. Están todos

advertidos.

manuelcdiaz@comcast.net

Esta historia fue publicada originalmente el 20 de octubre de 2015, 3:40 p. m. with the headline "MANUEL C. DÍAZ: Réquiem por el exilio cubano."

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