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Opinión Sobre Cuba

MANUEL C. DÍAZ: Castro y las pegatinas para los ‘americanos’

Fidel Castro en los primeros años de la Revolución.
Fidel Castro en los primeros años de la Revolución. el Nuevo Herald

Cuando a finales de 1959 la prensa norteamericana acusó a Fidel Castro de ser un títere de la Unión Soviética, mi amigo René se indignó. En aquel entonces estábamos convencidos de que Fidel no era comunista y que la revolución era más verde que las palmas reales. Pero, ¿cómo hacérselo saber al pueblo de Estados Unidos? Fue entonces que a René se le ocurrió una idea genial. Al menos, así le pareció a él. “Le haremos saber al mundo nuestra verdad a través de pegatinas”, me dijo. Yo nunca había escuchado esa palabra: pegatinas. No sé de donde la sacó; pudo haber dicho calcomanías y yo hubiese entendido. O stickers, que para eso los dos hablábamos inglés. Pero, no; dijo pegatinas. Y como la palabra era pegajosa la incorporé enseguida, casi sin darme cuenta, a mi vocabulario. “¿Cómo va el asunto de las pegatinas?”, le preguntaba cada vez que nos veíamos.

El plan de René era el siguiente: colocar pegatinas en el equipaje de los turistas que llegaban al hotel Havana Hilton, donde ambos trabajábamos; él como maletero y yo como ascensorista. En aquella época era usual que los hoteles pegaran calcomanías en las maletas de sus huéspedes. Lo hacían para anunciar el hotel y de paso promocionar las bellezas naturales del país. Pero los tiempos estaban cambiando en Cuba. En las pegatinas de René, al contrario de las otras, no habría playas ni rumberas; esos eran, como ya se les empezaba a llamar, vicios capitalistas. Las de él servirían para que el mundo supiese la verdad sobre Cuba. Eso era lo importante. Y qué mejor manera de hacerlo que utilizando las propias palabras de Fidel: “I have said very clearly that we are not communist...our revolution is a humanistic one”. Eran las mismas palabras que, en su macarrónico inglés y sin que le temblase la voz de vergüenza, había pronunciado ante la Sociedad Americana de Editores durante su visita a Estados Unidos en marzo de aquel mismo año. A todo el que quiso escucharlo le dijo: “No somos comunistas”.

Cuando al fin le llegaron las pegatinas, René corrió a enseñármelas. “¿Qué te parecen?”, me preguntó. No tuve que mentirle; la verdad es que las dichosas pegatinas tenían garra. Eran redondas con un borde dorado en el que podía leerse: “Our revolution is not communist, is humanistic”. En el centro, un dibujo de la isla de Cuba parecía flotar sobre un mar azul. Y justo a la mitad, a la altura de Santa Clara, una palma real remataba el conjunto.

Todo estaba listo para comenzar a pegarlas; solo faltaba la autorización de la administración del hotel. “No la necesitamos”, me dijo. “Estas pegatinas no son del Hilton, son de la revolución”. Para enseguida agregar: “La única autorización que necesito es la de Fidel”. Fue entonces que me pidió ayuda: “Todo lo que tienes que hacer es avisarme cuando Fidel vaya a bajar de su habitación”. La verdad es que, para mí, aquello no sería un problema. Desde enero, Fidel Castro y su escolta vivían en el piso 23 del Havana Hilton y todas las mañanas yo –o alguno de los otros ascensoristas– lo recogíamos en su piso y lo bajábamos hasta el garaje donde lo esperaban sus hombres con los autos listos para partir. Sería una cosa sencilla: cuando yo viera que se encendía la luz en el piso 23 le haría una señal a Rene y él bajaría enseguida por las escaleras hasta el garaje.

Y así lo hicimos. Todo salió a la perfección: se encendió la luz, avisé a Rene, recogí a Fidel en el piso 23 y bajé sin parar hasta el garaje. Cuando las puertas del ascensor se abrieron, ahí estaba René con sus pegatinas. Entonces, antes de que Fidel subiera al auto, René lo abordó. Yo había permanecido un poco apartado pero desde donde estaba podía verlo y escucharlo todo. Recuerdo la escena así: René le enseñaba las pegatinas a Fidel y le explicaba sus propósitos: que los americanos supieran que la revolución no era comunista. Pero cuando escuchó aquello, Fidel soltó las pegatinas y le dijo a René que ni se le ocurriese usarlas. “Ya a mí me importan tres c... lo que piensen los americanos”, gritó. Y antes de que el pobre René pudiera reaccionar, se montó en su Oldsmobile gris del año 1960 y, seguido por sus escoltas en otros dos autos, desapareció.

René me miró con desconsuelo; quizás fuese con vergüenza. Y sentí pena por él. Todavía sostenía en sus manos las pegatinas cuando me dijo: “Por favor, no le cuentes esto a nadie”. Y así lo hice: nunca lo comenté. Al menos, públicamente. Algún tiempo después, René marchó al exilio con su familia. Nos volvimos a ver aquí en Miami, pero ninguno de los dos mencionó lo de las pegatinas. Lo que hicimos fue hablar de nuestras familias y recordar tiempos pasados. Me hubiera gustado preguntarle qué había hecho con las pegatinas; pero preferí callar. ¿Dónde habrían ido a parar? Eran más de tres mil.

Escritor cubano residente en Miami.

Esta historia fue publicada originalmente el 2 de diciembre de 2015, 2:53 p. m. with the headline "MANUEL C. DÍAZ: Castro y las pegatinas para los ‘americanos’."

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