Y llegaron los americanos a Cuba... sin disparos ni misiles
Llegaron los americanos, pero no llegaron armados con metralletas o granada. Son francotiradores, sí, pero disparan con sus cámaras de poderosos lentes, traspasan nuestras rejas franqueando la poca intimidad de los cristales; rebasan medio puntos, persianas entornadas, guardavecinos de hierro, barbacoas y columnas neoclásicas.
Llegaron con su curiosidad y sus preguntas 60 años después de traernos el Frigidaire y la Singer. Nos piden permiso para entrar a nuestras casas con puertas abiertas a la calle, y allí parados te preguntan: ¿Dónde compraste el equipo de música? ¿De dónde traen la Coca Cola? ¿Dónde está la casa en que nació el Che? ¿Dónde compran la ropa los cubanos? ¿Dónde compran los víveres? ¿Cómo es la libreta de abastecimiento? ¿Conocen la comida orgánica? ¿Existe algún restaurante vegetariano? ¿En qué parte de la ciudad se puede hacer yoga? ¿Quién inventó el Mojito?
Aquí están. Llegaron en grupo, traen siempre su familia consigo, pero caminan en fila india por las estrechas aceras y las enormes plazas, hablan poco y muy bajo, no gesticulan, apuntan en pequeños diarios las cosas que ocurren y solo escuchas sus voces en las sobremesas durante los breves almuerzos en restaurantes donde ya no hay más reservas.
Llegaron los americanos, pasean en los viejos Impala, los alegres Chevrolet descapotables reciclados, recién pintados de rosa o azul pastel. Se dejan llevar por el viento de cuaresma con ese gesto que pareciera decir: Por qué nos fuimos, es increíble ¿dónde estaríamos mejor?
Allí van encantados, de la casa de Hemingway a la plaza de la Revolución, con el mismo entusiasmo y la misma alegre mirada sobre ambos temas.
Aparecen sudados entre los portales sorteando el calor, vestidos de blanco y beige, usando ropas livianas para sobrevivir al safari sofocante e interminable que se vive día a día en la ciudad: sol, aguaceros, baches, ruinas, aguas albañales, humo y polvareda. Con su rara manera de combinar lo cómodo con lo casual son capaces de llevar los cuadros con estridentes floripondios, rojos, naranjas ¿tropicales?
Y es que … “Compañeros, llegaron los americanos y necesitamos que den un paso al frente y les alquilemos cuartos en las casas porque ya no hay capacidad hotelera en el municipio”.
Nos hablan del béisbol y preguntan asombrados por qué no aprendimos inglés.
Llegaron los americanos, hacen disciplinadamente su cola para intentar sacar dinero de los cajeros automáticos, pero, aquí aun no ha llegado ese momento. El aparato les devuelve la tarjeta, miran a la máquina y amablemente le susurran: Tenquiu.
Los americanos buscan en sus teléfonos como si de verdad pudiesen conectarlos a internet con la fuerza de sus mentes. Enmudecen ante la espontaneidad con la que los cuerpos femeninos atraviesan en tacones las avenidas; los emplazan, les salen al paso y hasta les hablan con frescura y picardía sin conocerlos.
Armados con mapas y enormes litros de agua preguntan dónde está lo que desconocemos: Queremos ver la casa de Fidel Castro ¿se puede fotografiar? Y esa cierta distancia cultural, esa otra manera de tratar los asuntos históricos, ese despiste político, las ganas de entender lo incomprensible les salva de todo.
Llegaron los americanos sin alarma aérea, sin disparos, sin misiles ni mercenarios.
Llegaron los americanos... ¿Y ahora qué hago con mi preparación militar, mi uniforme de campaña, mi bala en el directo por si un día se atrevían a entrar?
Han llegado, no hay vuelta atrás, la música está demasiado alta, uno de ellos me pregunta algo, no lo entiendo bien. Preparen, apunten… me digo caminando hacia ellos, atravesándolos para alcanzar el cuerpo de mi enemigo y … bailar con él.
Escritora. Reside en La Habana
Esta historia fue publicada originalmente el 1 de abril de 2016, 5:31 p. m. with the headline "Y llegaron los americanos a Cuba... sin disparos ni misiles."