Asesino de Hialeah se mostraba perturbado días antes de la masacre
En sus últimos días de vida, Pedro Alberto Vargas veía película tras película de tiroteos en su pequeño apartamento de Hialeah.
Buscaba inspirarse para su propio guión de cine.
Esta obsesión le preocupaba a su anciana madre, quien temía que algo le pasara a su único hijo.
“¿El tiene problemas, como mentales, como de trastornos [...] o de los nervios?”, le preguntó una operadora del 911 horas antes de que Vargas perdiera todo control el 26 de julio.
“No, no”, respondió la anciana, Esperanza Patterson. “Pero lo que sí tiene es que está escribiendo novelas”.
Y como en una escena de novela, así acabó la vida de Vargas, baleado por la policía tras matar a seis de sus vecinos en el complejo de apartamentos en el 1485 West 46 Street.
La manera exacta en que Vargas, de 42 años, se transformó de un talentoso diseñador gráfico al autor de una de las peores masacres en Hialeah quizás siempre será un misterio.
Pero lo que una serie de entrevistas con decenas de sus conocidos deja claro es que era un hombre solitario y acomplejado que, durante los últimos cinco años, acosaba de manera anónima a sus ex colegas de trabajo.
Vargas se vio obligado a admitir su comportamiento hostigante apenas tres días antes de la matanza. A pesar de que no enfrentaba ninguna consecuencia legal, al parecer Vargas no podía dejar de estar preocupado.
Pura suerte
Vargas nació en La Habana el 3 de octubre de 1970, el único hijo de una pareja de maestros. Creció en la Calle 16 en el barrio del Vedado.
Tras la muerte de su padre cuando era adolescente, Pedro y su madre fueron a vivir en casa de una abuela hasta que ésta también murió y se quedaron solos. Su apartamento estaba ubicado en la primera planta de un enorme edificio colonial.
Estudió educación técnica, con una especialización en la construcción, en la Universidad de Ciencias Pedagógicas y se graduó en 1994. Sacaba sus mejores notas en cursos de inglés y educación física.
Un año después de su graduación, su madre se mudó a Miami, donde vivía una hermana, tras ganarse la lotería de visas. Vargas se quedó solo en La Habana hasta 1997 cuando, contra todas las probabilidades, él también se ganó una visa. Tenía 26 años.
“Fue pura suerte”, dijo Vargas, durante una declaración jurada días antes de la masacre. “Queríamos, como todo mundo, salir de Cuba y venir aquí, buscando la libertad y oportunidades y trabajo”.
En la capital cubana Vargas dejó a una mujer con quien había vivido por dos años, de acuerdo con la declaración que le ofreció al abogado Angel Castillo Jr. Nunca se casaron.
La familia que se mudó al apartamento en el Vedado se quejó con los vecinos de las condiciones poco higiénicas de la vivienda, de acuerdo con un vecino en La Habana.
“Nos preguntaron si ellos criaban puercos en la bañadera”, dijo el vecino, quien pidió no ser identificado.
Vida en Miami
No está claro a qué se dedicó Vargas inmediatamente después de llegar a Miami aunque parece que siempre vivió con su madre. En 1999, se mudaron al complejo de apartamentos en Hialeah, en donde 14 años después ocurriría la masacre.
Fue también en 1999 que Vargas empezó a tomar cursos en Miami Dade College, donde obtuvo un título en diseño gráfico en el 2004 y permaneció hasta el 2008 como empleado en el campus norte.
Durante el interrogatorio bajo juramento, Vargas dijo que compartía los gastos con su madre para el apartamento de una habitación. Solía dormir en un sillón en la sala aunque admitió que algunas noches se acostaba al lado de ella para dormir en la única cama en la vivienda.
“Ellos vivían en su mundo, separados”, dijo un familiar de Vargas a El Nuevo Herald. “Tenía adoración por su hijo. Para ella él era tan buen muchacho”.
Una serie de 12 notas halladas en el apartamento días después de la masacre parecen ser parte del guión de cine que escribía. La historia trata de un hombre solitario y espartano que vivía con su madre, hacía mucho ejercicio y salía con prostitutas.
“Louie está en casa”, escribió en una de las notas. “Muy espartano. Louie se co** a la pu** ... Louie le pide que se quede, ella rehúsa a menos que él paga por el resto de la noche. Louie la insulta”.
El familiar, que también pidió no ser identificado, dijo que Vargas le había dicho a su madre que no quería mudarse para no dejarla sola, sobre todo después de que ella tuviera una operación de las rodillas. Sin embargo, desde hace años Patterson había solicitado la ayuda del subsidio federal Plan Ocho para vivir sola porque, de acuerdo con sus familiares, debía dejar a su hijo hacer su propia vida.
Como tantos inmigrantes, Vargas fantaseaba en comprar su propia casa. En julio del 2012, tenía cerca de $100,000 en su cuenta de ahorros, según registros bancarios revisados por El Nuevo Herald.
Vargas vivía como pobre a pesar de sus ahorros. Los muebles en el apartamento eran viejos y Vargas se vestía con la misma ropa sucia por varios días seguidos para ir al gimnasio para levantar pesas por horas.
Un compañero del gimnasio, Jorge Bagos, ha dicho que Vargas se quejaba de haber perdido su pelo por utilizar esteroides. Los resultados de un examen de toxicología realizado durante la autopsia tardarán semanas en darse a conocer.
Durante la declaración jurada, Vargas negó tener problemas con mujeres, a pesar de que el familiar y el compañero del gimnasio dijeron lo contrario. Vargas también aseguró que no tomaba medicamentos, padecía de enfermedades mentales o había sido tratado por un psicólogo.
Tenía un permiso para portar un arma y, tras un meticuloso estudio de sus opciones en el 2010, Vargas compró una pistola semiautomática Glock. Durante su declaración jurada, Vargas explicó que la portaba cuando salía por la noche en su Toyota Corolla. No mencionó a dónde solía ir. Solamente dijo que no iba a los bares.
Problemas de trabajo
El archivo de Recursos Humanos de MDC incluye varias notas de sus antiguos supervisores, referencias y clientes que pintan a Vargas como buen trabajador y talentoso diseñador gráfico. Sus evaluaciones eran positivas hasta su último año en el cargo, cuando un nuevo supervisor indicó que carecía de “habilidades de comunicación”.
El supervisor, Elmo Lugo, dijo a El Nuevo Herald que intentaba modernizar ete departamento que provee servicios audiovisuales, gráficos y de otros medios para el campus norte. Sin embargo, Lugo dijo que Vargas se resistía a los cambios y era imposible comunicarse en cualquier idioma con él.
“Intentamos en español, en inglés. En una mezcla de los dos idiomas”, afirmó Lugo. “Pero él no podía entender”.
Vargas creía que su cargo había sido injustamente expandido para incluir trabajos de supervisión, de acuerdo con una carta que escribió en respuesta a la pobre evaluación. Poco después, sus supervisores descubrieron una serie de archivos inapropiados en su computadora de trabajo, desde un libro anarquista con instrucciones para hacer bombas, hasta guías para la seducción y el hipnosis.
Cuando fue confrontado con estas evidencias, Vargas fue obligado a renunciar. Poco después, Lugo y otro supervisor de MDC empezaron a recibir crueles y vulgares mensajes anónimos a través de correos electrónicos, mensajes de texto y Facebook.
Lugo reportó los mensajes a las autoridades, que concluyeron que provenían de una computadora en una biblioteca pública de Hialeah. El autor nunca fue identificado aunque Lugo y su colega siempre creyeron que era Vargas.
Más mensajes crueles
Tras su salida de MDC, Vargas consiguió trabajo como diseñador gráfico en otra empresa de Miami pero fue despedido después de tres meses. De acuerdo con fuentes con conocimiento del caso, empleados de esta empresa también recibieron mensajes gráficos y ofensivos a sus correos electrónicos.
Supervisores de esta empresa sospecharon que el autor era un empleado despedido, quizás Vargas, pero las autoridades nunca lograron identificarlo.
Luego, en mayo del 2012, Vargas empezó a trabajar de manera temporal en la oficina en Miami de Bullet Line, una empresa nacional de productos promocionales. Fue despedido en octubre cuando Bullet Line le avisó a la agencia de contrataciones que se había acabado el trabajo y ya no necesitaba de sus servicios como diseñador gráfico.
Los mensajes agraviantes y crueles contra los empleados de Bullet Line empezaron a llegar semanas después. Los empleados reportaron el abuso a la policía. En contraste con los otros casos, la empresa contrató al abogado Castillo para iniciar su propia investigación.
A través de una demanda que presentó contra Yahoo! para determinar el origen de los mensajes, Castillo obtuvo el permiso judicial para obligar a la Biblioteca John F. Kennedy de Hialeah a entregar información sobre sus usuarios. Al igual que el caso de Lugo, los mensajes provenían de computadoras en esta biblioteca.
“Para utilizar esas computadoras, el señor Vargas debía presentar su tarjeta plástica de usuario de la biblioteca”, explicó Castillo. “Logramos combinar el uso de las computadoras en la biblioteca con las fechas en que varios de los mensajes abusivos fueron recibidos”.
Tras confesión
Vargas admitió ser el autor de los mensajes durante una declaración jurada ofrecida el 23 de julio en la oficina de Castillo en Kendall. Esa misma noche escribió una carta a Bullet Line, pidiendo disculpas.
“Es hora de que yo muestre mi madurez y prometo no repetir este error otra vez”, escribió.
Castillo le aseguró que la empresa abandonaría el caso si dejaba de acosar a los empleados. Pero Vargas le dijo a su madre que estaba preocupado de que podría perder todo su dinero como resultado de su confesión.
La anciana no entendía lo que había pasado.
“¿Que sé yo? Que había mandado algunas cosas de internet”, le comentó Patterson a la operadora del 911. “No era nada de importancia [...] Fue una de esas cosas que hacen los muchachones”.
Tres días después de la declaración jurada, Vargas llamó al 911 para reportar que alguien lo perseguía y le hacía brujería. Su madre le dijo a la operadora que estaba nervioso, que escribía novelas y que necesitaba un psiquiatra.
Menos de dos horas después de esa llamada, Vargas regresó al despacho de Castillo en Kendall, pero el abogado no se encontraba ahí. Vargas no se mostraba agresivo, le dijo la asistente del abogado cuando le llamó para informarle sobre la visita. Sin embargo, Castillo inmediatamente pensó en la Glock que le había mencionado Vargas durante la declaración jurada.
Vargas volvió a su apartamento. Esa noche, en la presencia de su madre, incendió miles de dólares. Luego empezó la matanza.
Sus víctimas: Italo y Samira Pisciotti, de 79 y 69 años, respectivamente; Carlos Gavilanes, de 33; y Patricio Simono, de 64, su novia Merly Niebles, de 51, y la hija de ella, Priscilla Pérez, de 17. La adolescente había tomado refugio en la bañera del apartamento.
Sin reclamar
Vargas murió en el apartamento de un matrimonio que había tomado como sus rehenes en el quinto piso del edificio. A pesar de ser baleado, el hombre todavía intentaba cargar su pistola otra vez y seguir disparando.
Cayó muerto en una alfombra en la recámara de la pareja.
Esta semana, cinco de sus seis víctimas fueron enterradas. Los servicios para Simono están programados para el lunes.
Detectives del Departamento de Policía de Hialeah están entrevistando a los conocidos del asesino como parte de la investigación.
Mientras tanto, Patterson está recibiendo tratamiento por las quemaduras que recibió tras intentar apagar el incendio con sus pies, según sus familiares.
La madre del asesino está devastada. No ha dejado de llorar, de acuerdo con los familiares con quienes se ha quedado desde la tragedia.
“Ella tiene ahora el dolor de su hijo, pero también tiene el dolor de la gente que murió,” dijo un familiar. “Está llorando todo el tiempo”.
Y por ahora , una semana después de la matanza, el cuerpo del asesino permanece en la Morgue de Miami Dade. Nadie lo ha reclamado.
Los reporteros Enrique Flor, David Noriega y Julio Menache de El Nuevo Herald y Joey Flechas y David Ovalle del Miami Herald contribuyeron a esta información.
Esta historia fue publicada originalmente el 4 de agosto de 2013, 5:00 a. m. with the headline "Asesino de Hialeah se mostraba perturbado días antes de la masacre."