Artes y Letras

De García Márquez a Gabo: Cómo el Nobel colombiano es amigo de todos aún en la muerte

Busto del nobel colombiano.
Busto del nobel colombiano.

Más grande que el Nobel de literatura es el deseo de un escritor por crear la siguiente obra que cambie el rumbo de las letras universales. Basta con recordar apellidos como Kafka, Woolf o Joyce para revivir la imagen que se ha creado del “escritor exitoso” en las últimas décadas: figuras imponentes, capaces de usar la pluma para crear realidades a su antojo y desafiar las ideas convencionales de la época.

Esta interpretación del escritor, aunque quizá bien atinada para el estereotipo, cuenta con un problema fatal. En lugar de incluir la experiencia del lector, se ha enfocado exclusivamente en el triunfo del artista sobre el tiempo. Existe un premio más sutil que las obras coyunturales o la fama de la escritura. Se trata no de cambiar la historia de la literatura, sino la vida de los lectores que se encuentran con un libro; crear novelas que cambien vidas sin importar si cambian la historia.

De entre los grandes autores que se llevan este segundo galardón, pocos son tan queridos como Gabriel García Márquez, nacido en Colombia, pero adoptado por el mundo entero. Este cariño se manifiesta inclusive en entrevistas con académicos expertos sobre la vida del Nobel, en las cuales surge un aire de compañerismo respetuoso por su obra y el impacto que ha tenido en sus vidas.

Hablando con el Nuevo Herald, el profesor Gene Bell-Villada de la Universidad Williams recordó las emociones que le vinieron al descubrir una de las obras más icónicas de García Márquez: Cien Años de Soledad.

“Era estudiante en Harvard de doctorado y leí la novela en parte para mis estudios y me agarró” dijo el profesor Bell-Villada. “Me quedé totalmente hipnotizado por la novela y al final lloré. Rompí en llanto por cinco minutos, no pude parar”.

Mientras tanto en la Ciudad de México, un joven Ilan Stavans, ahora profesor de la Universidad Amherst, se enfrentaba a una noche lluviosa sin otro entretenimiento más que la lectura. En esta ocasión el libro que lo acompañaba fue el mismo que al profesor Bell-Villada: el icónico Cien Años de Soledad.

Tras leer la mítica primera oración de la novela, el profesor recordó la impresión que tuvo de la prosa de García Márquez: “Prácticamente quedé flechado; quedé hipnotizado, como muchos lectores, y me fui dejando llevar. No creo, francamente, haber dormido, en las dos noches siguientes. Leí los 20 capítulos con una voracidad infinita. Y descubrí en ese momento lo que es la alegría de saber que un libro puede ser un gran amigo”.

Al otro lado del océano, se encontraba el profesor Ignacio López-Calvo de la Universidad de California en Merced. Su primer encuentro con Cien Años de Soledad ocurrió en las colinas de su natal Segovia, donde cuidaba los bosques en caso de incendios como trabajo de verano. En las largas horas de espera lo acompañaba la literatura para combatir el aburrimiento y un día optó por llevar la obra cúspide de García Márquez a sus vigías. Es inevitable pensar en su reacción al llegar a la famosa conclusión del libro.

“Después de acabar esa novela, cuándo al final te das cuenta de que es una especie de apocalipsis y que la propia novela aparece en los cuadernos de Melquíades y que se acaba el mundo, yo miraba alrededor a ver si se iba a acabar mundo también en el que estaba yo” recordó el profesor López-Calvo.

Como estas, hay millares de historias que dan testimonio al amor que tienen los lectores por la obra de García Márquez. No es por nada que, a diferencia de otros autores, es común escuchar que se le diga Gabo o Gabito en lugar de usar sus tan conocidos apellidos.

Más que un autor o intelectual, Gabo es la contradicción del escritor. Por un lado, se encuentra el titán que mantiene su fama y poder sobre el habla hispana a casi cien años de haber llegado al mundo. Pero con Gabo, por otro lado, existe también un cariño que lo asemeja a un amigo de la infancia y se rehúsa al trato formal.

El Nobel colombiano es, al mismo tiempo, el académico más importante y el compañero en días de lectura; el maestro de muchos y el amigo de todos y su vida, como suele ser el caso de los grandes autores, es testimonio de la imagen que refleja a siete años de haber dejado el mundo entre flores amarillas que caen del cielo y aguas diáfanas.

De Aracataca a Bogotá

En esta fotografía de archivo del 6 de marzo de 2014, Gabriel García Márquez saluda a fanáticos y periodistas afuera de su casa en la Ciudad de México durante su cumpleaños. El premio Nobel de Literatura colombiano falleció el 17 de abril de 2014. Sus obras extravagantes y melancólicas superaron en ventas a todo lo publicado en español excepto la Biblia, y es considerado el escritor en español más popular desde Miguel de Cervantes en el siglo XVII. La épica novela de 1967 “Cien años de soledad” vendió más de 50 millones de copias en más de 25 idiomas. /
En esta fotografía de archivo del 6 de marzo de 2014, Gabriel García Márquez saluda a fanáticos y periodistas afuera de su casa en la Ciudad de México durante su cumpleaños. El premio Nobel de Literatura colombiano falleció el 17 de abril de 2014. Sus obras extravagantes y melancólicas superaron en ventas a todo lo publicado en español excepto la Biblia, y es considerado el escritor en español más popular desde Miguel de Cervantes en el siglo XVII. La épica novela de 1967 “Cien años de soledad” vendió más de 50 millones de copias en más de 25 idiomas. / Eduardo Verdugo AP

A diferencia de Fuentes y Borges que se criaron en el extranjero, Gabito nace en el pequeño pueblo de Aracataca al norte de Colombia en marzo de 1927. Criado por sus abuelos maternos Tranquilina Iguarán y el coronel Nicolás Márquez, creció rodeado de cuentos fantásticos por parte de la abuela y anécdotas de la Guerra de los Mil Días en que participó su abuelo.

Al mismo tiempo, la cultura caribeña, más cercana a lo que se ve en La Habana o San Juan que a la capital de su propio país, sería parte crucial de sus primeros años de vida. No es difícil imaginarse al joven Gabo como un bohemio que “le encantaba subirse al escenario y cantar vallenatos”, conociendo todas las letras de memoria como recuerda el profesor López-Calvo.

Pero pronto llegarían pequeñas odiseas que lo sacarían de su natal Aracataca para encontrar otros mundos en un mismo país. El más importante de estos peregrinajes se da cuando Gabo abandona su amado caribe para seguir con sus estudios superiores en Bogotá, donde cursaría la carrera universitaria en derecho por presión familiar.

Como los griegos emprendiendo su travesía a Troya sin saber que mundos habrían de encontrar, el viaje a la capital impactó a Gabo como pocos otros en su vida.

“La mudanza a Bogotá, que primero fue para secundaria, fue traumática” comentó el profesor Bell-Villada. “Descubrió que había frio, que el mundo no era el mundo caribeño, que había otros mundos”.

Muchos años después, frente a la maquina de escribir, serían esas tardes remotas de vallenatos que dejaba en rumbo a la capital, las que lo inspirarían en sus novelas legendarias. No hace falta más que comparar elementos de su vida en la provincia con algunas de las realidades que encontramos en el célebre Cien Años de Soledad. Los lectores perspicaces, por ejemplo, habrán notado que su abuela materna, llevaba el apellido “Iguarán” que eventualmente le daría el autor a la matriarca Úrsula en la novela.

Recordando su viaje a Aracataca en 1982, el profesor Bell-Villada destacó otra coincidencia en la novela épica. En su breve estancia visitó el cementerio del pueblo donde hizo “la caminata que hay entre la casa del cura y el cementerio, y vi una lapida para una mujer llamada “Ternera” como Pilar Ternera” (personaje icónico de Cien Años de Soledad).

Como es el caso de tantos, Gabo tuvo que salir de Aracataca para descubrir su afinidad por el Caribe y el cariño que tanto le tenía a esas tierras. En palabras del profesor Stavans, el Nobel “se identificaba con el caribe y el caribe se identificaba con él”.

Regreso al Caribe

Si bien es cierto que Gabo encontró poco cariño por la capital de su país como estudiante, pronto descubriría lo que llamaría “el mejor oficio del mundo”: el periodismo. Para 1948, El Universal de Cartagena le dio su primer trabajo como columnista, donde iniciaría una carrera de escritor que habría de llevarlo a las más grandes esferas literarias.

Así como le pasó a Hemingway, Gabo creció en la sala editorial con una libertad creativa que pocos lugares pudieron otorgarle. Como describe el profesor Stavans, se enfrentó a un público que pronto olvidaría sus columnas. “Eso lo hace a él entender el valor de las palabras, la fluidez del idioma, la relación con el lector y entender esa relación entre el periodista que cuenta lo que está pasando ahora y el novelista que cuenta lo que pasó ayer” agregó el profesor.

En años posteriores, el ya famoso escritor colombiano insistiría que el periodismo era una de sus mayores influencias literarias, trabajando en grandes crónicas como Noticia de un Secuestro o La Aventura de Miguel Littín, Clandestino en Chile.

“Yo creo que uno podría decir que a Gabo nunca se le va el periodismo y que Cien Años de Soledad, El Amor en los Tiempos del Cólera, Del Amor y Otros Demonios, son novelas escritas desde el punto de vista periodístico” comentó el profesor Stavans. “La voz narrativa de Cien Años de Soledad es una voz que te va contando la crónica de lo que pasa en estos cien años, como si estuviera dejando un record, y yo creo que eso es fundamental”.

De Colombia a México

En años posteriores, Gabo alcanzaría la fama con sus columnas y reportajes, destacando al publicar una serie de artículos sobre Luis Alejandro Velasco, sobreviviente del naufragio de un buque de guerra bien reportado por la prensa. Los textos, originalmente publicados en 1955 por El Espectador de Bogotá, serían recolectados en el libro Relato de un Naufrago en 1970.

Pero iniciaban tiempos turbulentos en Colombia con el régimen militar de Rojas Pinilla, quien había gobernado el país desde 1953. Tras recibir una serie de amenazas contra su vida, Gabo fue nombrado corresponsal de El Espectador en Europa, llegando en un principio a Ginebra y luego trasladándose a París. El gran golpe llegaría en enero del 56, cuando Gabo quedaría desempleado después de que el gobierno ordenara el cierre de El Espectador.

Estos serían los años más difíciles para el futuro Nobel, quien iniciaría su carrera como escritor al publicar La Hojarasca previo al cierre de El Espectador y El Coronel no Tiene quien le Escriba dos años después. Pasaría por otros países europeos y una estadía en Venezuela antes de llegar en 1961 a México, que sería el hogar de su mayor obra.

Cuando se muda a la Ciudad de México, ya se había casado con su entrañable compañera Mercedes Barcha, quien lo acompañaría por el resto de su vida y en la creación del legendario Cien Años de Soledad.

Ya es muy conocida la historia sobre como García Márquez redactó la épica de Macondo. En un viaje a Acapulco con su familia en 1965, le llegaron las primeras frases de lo que sería Cien Años de Soledad. La historia le había surgido desde hace ya varios años, cuando inició el manuscrito de una novela titulada “La Casa” que abandonaría poco tiempo después como comentó el profesor Bell-Villada.

Fue tal su inspiración que canceló las vacaciones, regresó a la Ciudad de México y se encerró por 18 meses a escribir lo que sería la novela más importante en español del siglo pasado, dejando a su esposa a cargo de la economía familiar. Negociando con los dueños de la casa para obtener prorrogas en la renta y empeñando todo lo que pudieron, Gabo terminó el libro y se preparó para enviarlo en espera de que fuera publicado.

Aquí es donde ocurre lo que el profesor Stavans llamó un hecho “más sorprendente que lo de meterse estos 18 meses” a escribir. El famoso escritor argentino Julio Cortázar había recomendado a Gabo con un prominente editor en Buenos Aires para publicar su novela. Pero había un gran problema: debían enviar el libro desde México hasta el cono sur.

Como menciona el profesor Stavans, lo verdaderamente impresionante de esta historia es que, a pesar de la infame reputación de los correos latinoamericanos, Gabo “pone el manuscrito en el correo y se lo manda [al editor] de la Ciudad de México a Buenos Aires que es, yo creo, uno de los albures más grandes que se pueden hacer en América Latina; echar algo en el correo. Es un hoyo negro; ¡se va a desaparecer!”.

En lo que es un verdadero milagro de las redes de comunicación de la región, el manuscrito llegó a su destino y fue publicado poco tiempo después. En cuestión de meses, Cien Años de Soledad se volvió en un éxito del mundo hispano y consagró a Gabo como uno de los mejores escritores desde que Cervantes creó a Don Quijote.

De México a España y de España al Mundo

Un monumento al escritor colombiano y premio Nobel, Gabriel García Márquez (1927-2014) en el antiguo convento de la Merced, donde serán enterradas sus cenizas, en Cartagena, Colombia.
Un monumento al escritor colombiano y premio Nobel, Gabriel García Márquez (1927-2014) en el antiguo convento de la Merced, donde serán enterradas sus cenizas, en Cartagena, Colombia. LUIS ACOSTA AFP/Getty Images

Con la publicación de Cien Años de Soledad, Gabo pasó de ser un periodista reconocido a uno de los escritores más importantes del mundo entero, aunque su personalidad no estaba lista para el cambio.

Es cierto que el Nobel era un fanático de los vallenatos y un periodista atrevido, pero estas actitudes las desempeñaba en pequeños círculos sociales o detrás de la oficina de redacción del periódico. En público, era un hombre completamente distinto. Como menciona el profesor Bell-Villada, “era un señor muy tímido” que “no era un tipo de persona pública que le gustara ser el centro de la atención”.

Recordando haber conocido al Nobel colombiano, el profesor Stavans comentó que “era un hombre sencillo, al que no se le fueron a la cabeza las ínfulas de ser el premio Nobel y el gran narrador del siglo XX”, agregando que “era un hombre que, incluso ante los desconocidos era un amigo”.

Con la fama llegaron las multitudes en plazas públicas, decenas de cartas a su nombre y congregaciones que lo seguían a donde fuera que estuviera en América Latina. A pesar de ello, batalló por mantenerse en la gran contradicción que hoy lo recordamos.

Para enfocarse en su literatura, se muda a Barcelona en 1968, donde escribe El Otoño del Patriarca. El profesor López-Calvo recreó la escena, con el mundo entero atento al ansiado retorno del autor de Macondo, mientras que Gabo planeaba darles la obra más compleja que llegó a escribir.

“Está todo el mundo esperando que escriba una continuación de Cien Años de Soledad, una segunda parte de Cien Años de Soledad, y él se permite el lujo, ya como escritor consagrado, de darle en morros a todos los críticos y a todos los lectores y hacer algo completamente diferente” dijo el profesor López-Calvo.

Este sería un patrón que repetiría una y otra vez en sus siguientes novelas. Sin caer en la presión por escribir la ansiada secuela de Cien Años de Soledad, Gabo crearía grandes novelas como Crónica de una Muerte Anunciada y El Amor en los Tiempos del Cólera, consagrándose de por medio con el mayor de los galardones posibles: el Premio Nobel de Literatura en 1982.

En parte es por estos últimos años que se ha creado la leyenda del Gabito que todos conocemos. En lugar de encasillarse como el escritor de Macondo y explotar el pueblo mitológico hasta el cansancio, lo abandona para seguir nuevas metas artísticas. Al mismo tiempo, se rehúsa a dar un sinfín de discursos y pintarse como el padre de una nueva literatura latinoamericana.

Gabo era el mismo joven amante de los vallenatos que tantos años atrás disfrutaba el caribe colombiano. “Él era así, muy caribeño, muy hombre de la calle” recuerda el profesor Bell-Villada. “Cuando lo conocí me chocó lo normal que parece”.

Por ello es que se siente tan cercano. En lugar de cultivar la imagen de un académico inaccesible, evitó los trajes y corbatas; la prensa y entrevistas. La fama que tenía era la de la persona que fue: un amante de la literatura con deseos de contar historias de su natal caribe para el mundo entero.

Ahora, a siete años de su muerte, Gabo sigue haciendo de las suyas al romper las reglas fundamentales del español para crear otras nuevas. En lugar de referirnos a su persona con el formal usted y los apellidos que le fueron asignados al nacer, se siente impropio otro nombre que no sea Gabo o Gabito y un tono que no sea fraternal. Como Melquíades en su celebre novela, su persona sigue inspirándonos en el mundo de los vivos aún desde el reino de los muertos.

Esta historia fue publicada originalmente el 15 de agosto de 2021, 7:30 a. m..

Artículos relacionados el Nuevo Herald
Reciba acceso digital ilimitado
#TuNoticiaLocal

Pruebe 1 mes por $1

RECLAME SU OFERTA