Artes y Letras

Una biografía a la altura de Monseñor Román

Daniel Shoer Roth en entrevista con Monseñor Agustín Román (izq.) durante la procesión marítima de la Virgen de la Caridad por la Bahía de Biscayne en 2011.
Daniel Shoer Roth en entrevista con Monseñor Agustín Román (izq.) durante la procesión marítima de la Virgen de la Caridad por la Bahía de Biscayne en 2011. Daniel Shoer Roth

Grande fue el reto que asumió el periodista y escritor venezolano Daniel Shoer Roth. No escribiría de una celebridad ni de un político, sino de un hombre santo. Su libro no podría nutrirse de los escándalos, de la controversia, ni siquiera de la nostalgia de los amores fracasados. La política había sido determinante en la vida de su biografiado, pero no para encumbrarlo sino para expulsarlo de su tierra.

Shoer Roth escribió la biografía de monseñor Agustín Román, cuya vida estuvo entregada al sacerdocio católico, a compartir su fe y a servir a su comunidad. Tres años y medio le tomó investigar sobre la vida del religioso cubano que creció en una finca en las afueras de San Antonio de los Baños, un pueblo cercano a La Habana, y que en Estados Unidos se convirtió en un pilar de unión para los exiliados.

Contaba Shoer con varias cintas de grabación, unos iluminadores encuentros con el religioso en la Ermita de la Caridad, la casa de la Virgen isleña en Miami que Monseñor convirtió en sitio de peregrinación para quienes llegaban a la ciudad. No cuesta imaginar las conversaciones entre el joven escritor de fe judía y el pastor católico junto a ese malecón de la Ermita al que tantos cubanos se han acercado mirando hacia su isla. Hay una foto de Shoer junto a Monseñor en un pequeño barco en la Bahía de Biscayne; ambos sonríen, y esa alegría tranquilizadora, que en Monseñor era una manifestación de paz y espiritualidad, parece recorrer todo el libro de Shoer.

Agustín Román, pastor, profeta, patriarca no solo capta la vida del religioso sino del hombre que estudió para maestro, que entró tarde en el seminario, y que predicó hasta el final de su vida sin dejar lugar al desaliento. Es un libro inspirador sobre la estatura de Román, quien seguro servirá de aliento a los cubanos que ahora regresan a la fe y a los que la cuidaron a contrapelo de las ideologías que niegan a Cristo.

El libro, publicado por la Ermita de la Caridad, con el patrocinio de la Fundación Familia Bacardí y la familia de Benjamín León, de León Medical Center, se presenta este sábado 14 en el Koubek Center del Miami Dade College, como un evento que sirve de antesala a la trigésimo segunda edición de la Feria del Libro de Miami, que comienza el domingo.

¿Cuáles son los detonantes que despiertan primero la devoción y luego la vocación de un niño campesino cubano?

Familias campesinas de la época como la suya guardaban una catolicidad popular. No eran católicos practicantes; celebraban las grandes fiestas del calendario litúrgico y de los patronos de sus parroquias, en su caso la Parroquia San Antonio Abad, de San Antonio de los Baños. En su hogar reinaba el amor a la Virgen María bajo la advocación de Nuestra Señora de la Caridad, una devoción común en el pueblo cubano. De hecho, en el bohío de su familia había una imagen de la Caridad y la madre solía decirle “tira un beso a la Virgen”.

Hubo también señales de una devoción inexplicable. En el libro relato un episodio de la vida de Monseñor que es uno de mis favoritos: con apenas seis años, pese a que carecía de formación religiosa, el niño llevaba a su prima a construir un altar para la Virgen con palitos de madera, flores, hojas y rocas; entonces le decía: “Ahora arrodíllate y vamos a rezar”.

Pero no fue hasta su incorporación en la comunidad litúrgica, en la adolescencia, que aprendió a amar y a admirar la Iglesia, fruto de su activismo en la Federación de la Juventud de Acción Católica. Entonces se involucró en el estudio y aplicación de su fe al vivir diario y a sus relaciones que formaban parte de su entorno. Comenzó a asistir a misa dominical, oraba, catequizaba en las comarcas vecinas y participaba en retiros espirituales.

Es fundamental en la primera parte del libro la presencia del campo cubano y de su gente. ¿Cómo vas descubriendo la manera que influye la naturaleza, el trabajo y las carencias diarias en el establecimiento de la fe de quien entonces solo es Aleido Román?

Fue el propio biografiado quien me describió, durante una serie de entrevistas personales, su compenetración con la naturaleza de la campiña cubana, aspecto que profundicé a través del estudio de sus escritos, prédicas y programas radiales, así como del testimonio de sus familiares en Miami y en San Antonio de los Baños.

Monseñor Román relataba en sus prédicas que era “guajiro”. Había vivido una infancia y adolescencia pobres, sin que le faltara lo necesario, pero muy feliz. El telón de fondo de esa infancia es ideal para la narrativa de un libro por la belleza imponderable de los paisajes. Cómo no contar que jugaba con lagartijas en el día y con cocuyos en la noche. Además, quería enfatizar los orígenes para mostrar la excepcionalidad de su desarrollo. Sus padres no terminaron la educación primaria y él, sin embargo, salió adelante con una rara mezcla de determinación y coraje con mansedumbre y humildad. Titulé el primer capítulo “Hombre de su tierra”.

Llegado este punto, ya son palpables dos elementos fundamentales en tu aproximación a la vida de Monseñor Román: has estudiado la historia y temas cubanos, y has decidido enriquecer la biografía con elementos no precisamente de ficción, pero sí de contexto, aquellos que no estaban presentes de manera directa en tus conversaciones con Monseñor. Cuéntanos sobre el procedimiento de investigación.

Este libro tiene varias capas de lectura. La principal es la vida y obra de Agustín Román. Pero también me propuse relatar la historia, desde la perspectiva humana, de la comunidad cubana de Miami a través de su figura eclesiástica. Román llegó a esta ciudad en 1966 y se fue transformando en el guía moral de un exilio. ¿Por qué los exiliados precisaban un padre espiritual? Eso me obligó a investigar –y a dejar plasmados– los orígenes y necesidades de este colectivo. Era fundamental presentar el contexto. A grandes rasgos, las fuentes de investigación fueron entrevistas exclusivas con personas que vivieron esa época, testimonios escritos inéditos y una exhaustiva consulta de hemerotecas y bibliografía.

Apliqué ese método para estudiar la historia y temas cubanos. Debía averiguar cómo era la Iglesia cubana en la cual Román fue ordenado sacerdote en 1959. Un año después, se acentuaron las persecuciones del clero por parte del gobierno revolucionario, y él sufrió mucho por la fragmentación de la sociedad. Leí las cartas pastorales del episcopado cubano sentando objeciones a la influencia comunista, así como los discursos de Fidel Castro fustigando al clero. También conté con las notas autobiográficas de Eduardo Boza Masvidal, entonces obispo auxiliar de La Habana. Además de Monseñor Román, entrevisté a feligreses de sus parroquias en Cuba e incluso a dos sacerdotes expulsados junto a él en el navío Covadonga. Investigué en los archivos del diario ABC, pues uno de sus corresponsales estuvo presente el día en que el buque atracó en el muelle Méndez Núñez de La Coruña. Busqué documentos de la Compañía Transatlántica Española, hoy extinta, que operaba esa ruta. Así logré aportar los detalles del barco.

La biografía es el resultado de miles de horas de investigación a lo largo de tres años y medio. Los nombres de más de un centenar de fuentes primarias aparecen al final del libro.

A esta altura tienes una postura sobre cómo enfrentar una biografía y convertirla en una lectura deliciosa sin faltar a hechos históricos y de la vida del biografiado. ¿Te inspiraste en algún libro o libros para tomarlos como modelo?

Incursioné en un género de la literatura novedoso para mí y decidí, como diría Antonio Machado, hacer camino al andar, sin seguir un modelo establecido. Pagué las consecuencias de esto, porque me faltó estructura al principio. Si bien desconocía cómo alcanzaría el destino final de la obra, sí tenía clara mi aspiración a redactar esta biografía con sensibilidad literaria y la pasión de una novela de aventuras. Me esmeré en el preciosismo verbal. Reescribí mis propios textos incontables veces, compulsiva y obsesivamente.

Imaginamos que hubo momentos difíciles en los que quizás sentiste que no podías reflejar a Monseñor con justicia. ¿Quieres compartirlos?

Frecuentemente, me sentí ahogado en un océano informativo. Eran muchas las facetas de su personalidad y sus obras pastorales. La investigación de una sacaba a relucir otra imposible de excluir. Me tocó ser meticulosamente selectivo y depurar todo el material para no saturar a los lectores. Logré abarcar todos los aspectos, pero en algunos no pude profundizar porque hubiera resultado en una biografía de dos tomos. Los testimonios que recogí eran muy ricos en anécdotas. Solo las más impactantes fueron incorporadas.

Pero la mayor dificultad acontecería al final. El manuscrito tenía 400 páginas en Word, alrededor de 450 en el formato de este libro. Me tomó casi cinco meses editar todo, pues los capítulos los había trabajado cada uno individualmente debido a su complejidad. En algunos lugares, me percaté de que el contexto histórico era demasiado largo y podía distraer al lector de la trama principal, hilvanada con suspenso. También acorté las anécdotas, sin que se vieran afectados los mensajes que de estas emanan. Al final, los textos que suprimí sumaban 70 páginas. Demoré muchas horas, podría decir días, en eliminar por completo algunos párrafos. Cada vez que pulsaba la tecla Delete sentía una punzada en el corazón.

Tu visión como extranjero y tu fe judía representan un reto para escribir sobre un religioso cubano. ¿Cómo lograste compaginar estos hechos? Y a la vez, habrás descubierto que esas mismas diferencias te proporcionaron una posición privilegiada. ¿Qué aportas a ese tema de la religión, la fe, la historia de la Iglesia en Cuba?

A partir de este libro, dejé de ser extranjero para los cubanos, porque Monseñor Román me hizo cubano al darme el privilegio de ser su biógrafo. Además, a muchos cubanos les gusta definirse a sí mismos como los “judíos del Caribe”.

Este trabajo bien valía la pena hacerlo, y hacerlo bien, con rigor y vocación, no obstante el origen de quien lo realizara. Ante todo soy un escritor. Concebí el libro por puro instinto periodístico, quizá por Providencia, con un conocimiento casi nulo de la materia, lo que representó un enorme reto, y no faltaron los que cuestionaron mi capacidad. Pero tenía a mi favor amplia motivación y logré acomodar mi intelecto para conocer la doctrina católica y sus manifestaciones, así como la cultura e historia cubanas. Me sobraba espíritu aventurero para adentrarme al alma del exilio y correr riesgos económicos, incertidumbres, temores y hasta fracaso. Aporto a este tema la obra misma, un trabajo con frutos de perdurabilidad del legado de un servidor que irradió paz, armonía y esperanzas. Ciertamente, barreras como la distancia y el desconocimiento me colocaron en una posición aventajada, en una atalaya que me permitió ver el bosque, no solo el árbol. Esto garantiza más objetividad.

Vale recordar que en la primera biografía del papa Francisco, publicada cuando aún era cardenal de Buenos Aires, el prefacio fue escrito por un rabino, quien señala: “Esta debe ser la primera vez que un rabino prologa un texto que compila los pensamientos de un sacerdote católico, en dos mil años de historia”. Pues bien, en mi caso, tal vez pudiésemos afirmar que por primera vez un periodista judío escribe la biografía de un obispo católico.

‘Agustín Román, pastor, profeta, patriarca’ se presenta el sábado 14, 3:30 p.m., en el Koubek Center, MDC, 2705 SW 3 St., gratis y abierto al público.

Esta historia fue publicada originalmente el 11 de noviembre de 2015, 2:04 p. m. with the headline "Una biografía a la altura de Monseñor Román."

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