Sobreviviremos a Trump
Donald Trump no ganó el sur de la Florida, una luz a la que debemos aferrarnos en medio de la oscuridad después de los comicios.
Tampoco ganó el voto popular. Más de la mitad de la nación no votó por él. La mayoría rechazó su estímulo al miedo y su uso del supuesto partido de los valores familiares, el Partido Republicano, para apoyar flagrantemente la intolerancia, la xenofobia y la misoginia.
Pero hubo una cantidad suficiente de hombres y mujeres blancos –y minorías también, increíblemente– que respondieron a Trump de la misma forma que la coalición de minorías, demócratas y republicanos moderados se unieron dos veces para elegir al presidente Barack Obama.
Sin embargo, la gran diferencia entre las dos históricas elecciones, es el timbre emocional: entonces fue la esperanza, ahora es el temor de que nos dirija un bravucón que no soporta los medios de comunicación y que consiguió el apoyo de otros bravucones para conseguir la victoria. Es aterrador.
Trump se levantó sobre una ola bien documentada de odio al Otro, algo que no se veía en el país desde las batallas por los derechos humanos de los años 1960. Obama se afianzó sobre la promesa de que todos tienen un lugar en la mesa y que todos podemos trabajar juntos por el bien común. En sus campañas y después en el cargo, se dedicó a unir, no a dividir, como los seguidores de Trump alegan. Pero la falta de respeto al primer presidente afroamericano fue evidente desde el primer momento, que se hizo patente en un Congreso de mayoría republicana que lo único que hizo fue obstruir, y que allanó el camino para el modus operandi y la victoria de Trump.
El racismo y el sexismo son una combinación maquiavélica. La ex secretaria de Estado Hillary Clinton tuvo que luchar una batalla más difícil de lo que se le reconoce en el sur de la Florida, donde los seguidores del Tea Party en Broward y los cubanoamericanos de línea dura parecen más facciones minoritarias que grupos capaces de mostrar poder político. Pero no fue tal. Tres encuestas a boca de urnas muestran que Trump se llevó entre el 52 y el 54 por ciento del voto cubanoamericano, más que el 47 por ciento de Mitt Romney.
Clinton, también, se dedicó a unir. Pero la coalición que colocó a Obama en la Casa Blanca no fue lo suficientemente numerosa esta vez en las regiones norte, central y del suroeste de la Florida. La elección de Hillary Clinton dependía de cómo se votara en la Florida. Los habitantes blancos de los suburbios floridanos, esos que prestan atención a los comentaristas conservadores Sean Hannity y Ann Coulter –esas personas que culpan de los problemas a los inmigrantes, los que temen al nuevo vecino, los que rechazan la urbanización de las zonas rurales y la igualan con los fracasos de la política de inmigración en vez del inevitable crecimiento– salieron a votar en mayor número. Algo parecido ocurrió en otros estados claves, donde la asistencia a las urnas fue la mayor, y en estados marcadamente republicanos que votaron en masa por Trump sin importarles el odio que despedía su candidato.
Peor aún, demasiadas personas no votaron o desperdiciaron su voto en candidatos independientes, lo que en esencia le entregó la victoria a Trump. No tuvieron vergüenza en elegir a un hombre que se burló de un discapacitado y de los veteranos de guerra, quien alardeó de agredir sexualmente a mujeres y de pagar a políticos corruptos.
Yo pensé que Estados Unidos era mejor que eso. Me equivoqué.
Vivir en nuestra burbuja multicultural en el sur de la Florida quizás nos impidió ver la realidad, nos protegió del poder electoral de un Estados Unidos dividido que nunca estuvo con Hillary Clinton. Pero esta casa nuestra es ahora nuestra fuerza y nuestro escudo.
“El hombre y la mujer olvidados nunca volverán a ser olvidados”, tuiteó Trump el miércoles por la mañana temprano, tranquilizando a sus seguidores con el mismo lenguaje supremacista cifrado de la campaña.
Entonces hizo lo que dijo que iba a hacer, y aceptó gentilmente los resultados de la elección –porque ganó.
Debutó en su nuevo cargo de presidente electo el miércoles con una conducta lo suficientemente presidencial como para influir al alza sobre los mercados de acciones, que se habían desplomado inmediatamente después de la elección. Eso es lo único positivo.
Aunque ganaron, los rabiosos que votaron por Trump siguen en sus trece, ebrios de odio, propinando epítetos a sus opositores –“idiotas débiles”, “estás despedido”, etc.– y propalando más mentiras en los medios sociales y en envíos masivos de correos electrónicos.
Este sería el momento para tener clase, pero lanzar vitriolo es lo único que saben, pero ellos y su comportamiento son ahora asunto de Trump.
Y con Trump nunca se sabe qué va a pasar.
Puede volver a congelar las relaciones con Cuba, o jugar golf con Vladimir Putin y los herederos militares de los Castro en La Habana.
Si nos va bien o mal como nación depende de la habilidad del presidente electo para gobernar, y los estadounidenses escogieron al candidato de la caja de Pandora. Antes de ponerse el traje de villano, en otra época, fue demócrata y amigo de los Clinton. Como republicano, desarrolló su campaña sobre una plataforma contraria al establishment del Partido Republicano. El partido lo abrazó el martes y lo acompaña en la celebración del triunfo. Pero se equivocan al exagerar su victoria. Nosotros nos acomodamos demasiado con los resultados de las encuestas y tuvimos demasiada confianza en la popularidad del presidente Obama. Les reconozco eso.
Pero la elección de Trump no vino acompañada de un gran mandato.
Y ningún presidente puede borrar lo que está arraigado en el tejido de un país que construyeron los inmigrantes. No se puede hacer que Estados Unidos sea blanco otra vez, porque nunca lo fue.
Este país es multiétnico, multirracial y pluralista, no importa si le gusta o no a los que eligieron a Donald Trump. Muy pronto se darán cuenta que la profunda ira que llevan en su corazón no tiene cura, y que el resto del país, y quizás el propio Trump, los ha dejado atrás.
Crecí –mujer e hispana– en ese Estados Unidos odiosamente dividido que eligió a Donald Trump.
Por cada intolerante que me encontré había un ejército de estadounidenses que me apoyaron.
Entonces y ahora también.
Le aseguro que vamos a sobrevivir al presidente electo Donald Trump.
Fabiola Santiago: fsantiago@miamiherald.com, @fabiolasantiago
Esta historia fue publicada originalmente el 14 de noviembre de 2016, 4:48 p. m. with the headline "Sobreviviremos a Trump."