El cubano Adolfo Luque, el primer pelotero estrella latino en Grandes Ligas
Adolfo Luque, esa leyenda del béisbol que se convirtió en un personaje místico de la historia de Cuba sólo comparable en los deportes con otras dos glorias como el genio del ajedrez José Raúl Capablanca y el boxeador Eligio Sardiñas “Kid Chocolate’’, adorna las páginas de este diario como un recuerdo de una época dorada de la pelota cubana.
A Luque le decían el “Habana Perfecto’’ y “Papá Montero’’. Fue el primer pelotero estrella de Latinoamérica en Grandes Ligas.
Nació en la Habana, el 4 de agosto de 1890. Su familia era acomodada, lo cual recibió una buena educación. Pero desde niño se inclinó por el béisbol, iniciando su carrera como antesalista del equipo Vedado Tennis de la Unión Atlética Amateur.
Fuera del terreno de juego gustaba vestir con guayabera, sombrero de pajilla, pantalón hacendado y un tabaco pinareño entre los dientes, frecuentando los lugares donde se peleaba con gallos. Le gustaba la música, amaba el danzón y hasta era bailador de rumba.
Tuvo grandes amigos, entre ellos el escritor norteamericano Ernest Hemingway. Fue primo del torero Manolete y en México el hermano de su última esposa Yvonne Recek, le hizo una composición que tituló: “Elegía a Papá Montero’’.
Dentro del campo de pelota tenía un temperamento fuerte, mucha inteligencia en la lomita, con un excelente lanzamiento de curva, con mucho coraje y era exigente con todos, incluyendo consigo mismo. Más que por la velocidad se distinguía por su atención en las virtudes y defectos de cada bateador. Según los historiadores, cuando un bateador le conectaba fácil a Luque con un tipo de lanzamiento, ese envío nunca más se lo repetía.
En lo personal, se caracterizaba por su gran defensa de la cubanía en épocas de discriminación en el béisbol de Grandes Ligas, algo que demostró en varias ocasiones a puño limpio, y en una de ellas con pistola en mano en La Habana.
Físicamente no era alto, medía cinco pies y siete pulgadas, blanco de piel y con voz gruesa, siendo respetado primero como jugador y después como mánager, tanto en Cuba, México y Estados Unidos.
En la Liga Profesional Cubana debutó en 1912 con el equipo Fe, jugando luego con el Habana, Almendares, Orientales y Cienfuegos, terminando con balance de 106 victorias y 71 derrotas en 126 partidos.
Fue mánager del Cienfuegos y del Almendares, ganando siete campeonatos de la Liga Cubana con los Alacranes y uno con los Elefantes. En México, dirigió a los Pericos de Puebla.
A pesar de ser blanco, Luque jugó en 1912 en las Ligas Negras de Estados Unidos con el Cuban Stars y en 1913 lo hizo con el Long Branch Cubans.
EN GRANDES LIGAS
Se inició con los Bravos de Boston en 1914 y luego fue cambiado a los Rojos de Cincinnati en 1918, equipo donde comienza su ascenso cualitativo en el béisbol estadounidense.
Actuó en dos Series Mundiales, en 1919 con Cincinnati derrotando a los Medias Blancas de Chicago, en el año cuando ocho peloteros de la Liga Americana se vendieron a los apostadores por dinero.
En el otro Clásico de Octubre donde participó fue en 1933 con los Gigantes de Nueva York, convirtiéndose en uno de los héroes de su equipo con un relevo magistral en el último juego de la serie frente a los Senadores de Washington.
En ese quinto juego, Luque fue llamado por el mánager Bill Terry para detener una amenaza en la quinta entrada. Además de apagar el fuego, también se mantuvo en la lomita hasta la novena entrada, pero sobre ese inning existe una anécdota donde se refleja el carácter y la seguridad de Luque.
En la parte baja de la novena entrada en la última oportunidad para Washington el cubano tuvo complicaciones llenando las bases viniendo a batear el inicialista Joe Kuhel. Fue entonces que Bill Terry salió a la lomita para pedirle la bola, pero al llegar a ella se encontró a Luque enojado negándose a entregarle la bola y pidiéndole la oportunidad para sacar el último out.
Terry decidió dejarlo en el montículo y Luque con sólo tres envíos ponchó a Kuhel, tirando el guante al aire para correr a encontrarse con sus compañeros para celebrar la victoria.
Otra de las famosas anécdotas de Luque ocurrió durante los entrenamientos de primavera de 1924 cuando los Cardenales de San Luis que tenían en sus filas al también cubano Miguel Angel González, permitieron que el joven Jack Smith entrenara con el equipo luego de tener números impresionantes en Ligas Menores.
Después de que el novato le pegara tres imparables al lanzador abridor de Cincinnati, entró a lanzar Luque en función de relevo. En ese momento, el cubano conversaba con su receptor Buble Hargrave mientras que a Smith le llamó la atención el acento del pitcher. Y entonces, comenzó un diálogo rápido entre ambos.
¿Qué idioma es el qué hablas?, le preguntó Smith a Luque. Y este le respondió: “español’’¿Cómo te llamas? Mi nombre es Adolfo Luque. ¿Adolfo qué, y de dónde eres?. De Cuba, dijo “Papá Montero’’. ¿Y dónde rayos queda eso? Al Sur de Brooklyn, le indicó molesto el habanero.
En ese instante, el árbitro detuvo la charla y sólo se escuchó una frase de Luque que decía: ¡Ahora vas a saber dónde queda Cuba!
Con tres lanzamientos retiró al bateador. El primero fue una recta pegada, luego llegó otro envío similar en la esquina de afuera y por último cuando Smith esperaba otro similar, el cubano le tiró una de sus endemoniadas curvas para poncharlo.
Fue entonces que el receptor le indicó a un triste joven que se marchaba rumbo a la cueva. “No te molestes, este señor que te ponchó ganó 27 juegos el pasado año.
La mejor temporada de Luque en Grandes Ligas fue en 1923 cuando ganó la corona de pitcheo al ganar 27 juegos con sólo ocho reveses y 1.93 de efectividad. El cubano tuvo 41 presentaciones en la lomita, 37 de ellas en rol de abridor, sumó 322 entradas con seis blanqueadas y en otras cuatro ocasiones permitió una carrera. Además de Boston, Cincinnati y Gigantes de Nueva York, Luque lanzó con los Dodgers de Brooklyn.
Terminó su carrera de Grandes Ligas con marca de 194 triunfos y 179 derrotas, con 3.24 de efectividad y 29 juegos salvados como relevista, propinando 26 lechadas y un WHIP de 1.288. Sus números en Series Mundiales fue de una victoria sin derrotas sin permitir carreras con sólo tres imparables en nueve entradas y un tercio de labor.
Luego de su retiro pasó a ser entrenador de pitcheo de los Gigantes de Nueva York, primero de 1936 a 1938, luego entre 1942 y 1945. Fue elegido al Salón de la Fama del Béisbol Cubano en 1958, al de México en 1985 y por último en 1967 al de los Rojos de Cincinnati. Murió el 3 de julio de 1957, en La Habana.
Esta historia fue publicada originalmente el 19 de marzo de 2020, 4:11 p. m..