La solidaridad magnífica de los que quedaron sin nada
Casi toda la Florida sufre las consecuencias del paso del huracán Irma. Pero en esta ciudad rural y agrícola cerca de los Everglades, la tormenta ha arrasado con casi todo lo poco que muchos tenían.
Muchas viviendas –casas móviles que en su mayoría no se pueden asegurar– quedaron totalmente destrozadas o muy dañadas. Los campos donde antes trabajaban han quedado inundados o destrozados por los vientos. Pero estas personas tienen familias que mantener, viviendas que arreglar, saqueadores que vigilar y ninguna idea de cuándo podrán ganarse el pan otra vez.
Pero sin ayuda, parece imposible que la gente de Immokalee pueda recuperarse.
Para cuando Irma golpeó el domingo, 820 personas se habían refugiado en el enorme gimnasio de la Immokalee High School. Dos horas después de pasar la tormenta, 700 se marcharon llenos de alivio (el primero que cruzó la puerta pisó un pez gato que Irma había dejado allí. Pero resulta que el refugio no era solo para la tormenta, sino para lo que ha venido después.
Tras regresar a sus viviendas destrozadas, sin electricidad ni agua, en medio del fuerte calor y humedad de septiembre en la Florida, casi 500 personas vinieron de vuelta el martes por la noche. Las autoridades dijeron que la instalación se mantendrá abierta indefinidamente. Funcionarios del Condado Collier dijeron que en la ciudad quedaron destrozadas varias casas y que la evaluación de daños no ha concluido.
La escuela secundaria era el único lugar con electricidad en la ciudad el miércoles por la tarde, dijo Ross Hollander, director del albergue dirigido por la Cruz Roja. Los alimentos de emergencia se acabaron el martes y la Cruz Roja comenzó a servir comida de la cafetería de la escuela a medida que llegaba. Negocios locales como la cantina Noa Noa Sports Bar cocinó lo que le quedaba en los ahora inútiles congeladores y lo repartió gratuitamente.
Esa actitud de darlo todo no se limitó a los negocios. En el albergue los voluntarios quedaron asombrados de las familias que llegaban. La mayoría insistía en ayudar al personal de la Cruz Roja, cargando insumos o cooperando en la limpieza.
“Quieren hacer cosas. Quieren pagar con algo la ayuda que reciben, nos bendicen”, dijo Kelly Capolino, de 55 años y agente de bienes raíces de Naples que hace una década trabaja de voluntaria con la Cruz Roja y decidió pasar la tormenta en el albergue en vez de una fiesta.
“En la playa de Naples no hay una sola casa que tenga el valor de una de esas sonrisas, de esos rostros de agradecimiento”, dijo Capolino.
Uno de esos rostros era el de Juanita Castañeda, de 42 años, que estaba en el albergue con 19 familiares: dos hermanas, un hermano y sus 16 hijos. El clan llegó el martes por la noche, con mucho calor, hambrientos y desesperados después de tres días sin electricidad.
Para el miércoles por la tarde, Castañeda estaba muy contenta al anunciar que ya tenía electricidad en su casa.
“Sólo quiero agradecer que nos dejaran quedarnos aquí”, expresó Castañeda al personal del albergue, mientras los voluntarios aplaudían.
“Llegamos tarde, y somos 20, pero ellos no pudieron ser mejores con nosotros”, dijo Castañeda de la recepción. “El huracán fue horrible, pero estas personas fueron maravillosas”.
La ciudad produce una buena parte de los tomates que se consumen en Estados Unidos en invierno. Esos campos generan empleos de poca paga a miles de trabajadores agrícolas que llenan con familias enteras casas móviles tan inseguras que ni siquiera pueden comprar seguro. Y viven una existencia miserable en la que los hijos mayores se quedan en casa para cuidar a los más pequeños.
Roger Constant, de 37 años, es asistente de oficina y coordinador de seguridad de Gargiulo, uno de los productores de tomates. Constant creció en Immokalee y sobrevivió a Wilma y Charley, pero dijo que ninguna de esas dos tormentas tuvo la fuerza de Irma. Dijo que el huracán destruyo los 200 acres plantados hasta el momento esta temporada. Por lo general, la recogida y el empaque son a mediados de octubre.
“Eso va a demorar mucho a nuestros trabajadores”, dijo Constant. “Quizás tengan que esperar semanas o un mes para regresar al trabajo”.
Y esas son las personas que más necesitan el trabajo. En Eden Park, un vecindario de casas móviles, había una que parecía que Irma le había dado un puñetazo enorme en el techo. Los cielos rasos colgaban sobre el mostrador de la cocina, el refrigerador estaba inclinado y la puerta del frente colgaba del marco, abriéndose y cerrándose al compás del viento. Las planchas de madera contrachapada que habían clavado sobre las ventanas antes que llegara Irma ahora están en el suelo, arrancadas de cuajo junto con el resto de las paredes. Una de las pocas cosas que seguía en pie: una imagen de un pie de alto de la virgen María.
La familia Flores —la madre Eustolia y sus cuatro hijos— vivían en la casa móvil pero se habían ido a Jacksonville el viernes de la semana pasada. El miércoles ya estaban de regreso, viviendo por ahora en casa de un vecino cuya casa móvil al menos tenía cuatro paredes y un techo.
Irma arrancó un pedazo de la casa móvil de Anita Martínez, pero la mujer se considera afortunada. Ella y su esposo cubrieron el hueco con una tela azul impermeable e invitaron a los Flores a quedarse con ellos.
“Pueden quedarse aquí el tiempo que necesiten”, dice Martínez, de 52 años, quien trabaja en los campos. “No tenemos mucho, pero lo que tenemos lo compartimos. Como dice mi mamá, donde come uno comen muchos”.
Sin embargo, Martínez, quien como Flores y su hijo mayor, Nicanor, gana entre $30 y $40 diarios trabajando en los campos, está preocupada por le futuro. Irma inundó los campos en esta comunidad agrícola, de manera que encontrar trabajo pudiera ser difícil.
“Espero que podamos volver a los campos tan pronto como sea posible”, dijo.
La casa móvil de Martínez no tiene electricidad, pero pudo convencer a una cuadrilla que trabaja en las tuberías de agua de que le arreglaran el suministro de agua en su casa. No quieren ir al albergue por temor a que los saqueadores, que ya trataron de robarse el aire acondicionado, vuelvan a las suyas. El esposo de Martínez y Nicanor Flores durmieron el martes afuera para mantener a los saqueadores alejados.
“Si nos vamos para la escuela secundaria”, dijo Martínez, “algunos tratarán de robarnos lo poco que nos queda”.
Esta historia fue publicada originalmente el 16 de septiembre de 2017, 4:52 p. m. with the headline "La solidaridad magnífica de los que quedaron sin nada."