Trump arremete contra la democracia
Ante la inminente derrota que le anuncian los sondeos, un Donald Trump desesperado se ha exiliado del planeta de la razón y en vez de dar marcha atrás a su retórica destructiva ha redoblado la apuesta. Ya las dosis diarias de odio no sólo las dirige contra personas o estamentos políticos, ahora apunta al corazón mismo de la Democracia –elecciones libres y limpias– y a su pilar fundamental, la Constitución.
En su consumado estilo de dictador bananero repite que todo-todo está manipulado contra él: las elecciones, las encuestas, los medios de comunicación; y que por ello no reconocerá los resultados de las urnas, salvo que él gane. Promete además venganza feroz hacia quienes no se han rendido a sus pies: opositores, jueces, periodistas, republicanos que huyen de él como la peste… Y por supuesto un castigo implacable a los “bad hombres” [hispanos] y las “nasty women” [mujeres asquerosas]; categoría esta última que abarca a cualquier dama con un ápice de dignidad e inteligencia, es decir el 80% de la población femenina, que no le va a votar.
Si a tan deplorables promesas se añaden su visión apocalíptica de América y su habitual vocabulario sexista y chabacano, la única conclusión posible es que lo de Trump no es una campaña. Es pornopolítica: provocar la máxima excitación del electorado violando las normas de decencia que han regido esta democracia durante 240 años. Sin reparar un instante en el daño inmenso que está haciendo a la civilidad nacional y a la imagen internacional de USA.
Muchos quieren creer que se trata simplemente de un montaje teatral para alimentar la ira de sus seguidores con teorías conspirativas, y de paso justificar el probable desplome catastrófico el 8 de noviembre desde el mayor escenario al que Trump se ha subido en su vida.
Pero sería un error imperdonable tomar a broma a alguien con ínfulas de dictador, capaz de desacreditar el sistema electoral de Estados Unidos con falsas acusaciones de fraude, sólo para satisfacer su insaciable ego. Sería peligroso descartar como mera palabrería su desprecio a la voluntad de los votantes y al traspaso pacífico de poder, normas sagradas de nuestra democracia. Y callar sería hacerse cómplice de sus atentados contra la Primera Enmienda de la Constitución (libertad de expresión, prensa y religión), que asegura va a ejecutar si llega a la Casa Blanca.
Porque si hay algo que reconocer a Trump es que no oculta sus tendencias despóticas. Hay numerosas muestras sobre sus intenciones antidemocráticas y sobre cómo podría socavar el orden constitucional, que es mucho más vulnerable a una ‘toma hostil’ de lo que tradicional –e ingenuamente– se ha creído.
“Sí, la democracia americana puede ser derribada”, señala Yascha Mounk, profesor de gobierno de la Universidad de Harvard, especializado en populistas que utilizan las elecciones democráticas para minar la democracia.
Por ejemplo, Trump afirma que va a recortar la libertad de prensa para castigar a los periodistas que le critiquen (igual que ocurre en Cuba y otros países opresores). También quiere cerrar las mezquitas (como hace Arabia Saudita al no permitir iglesias). Y su amenaza de encarcelar a Hillary Clinton indica que piensa usar los poderes presidenciales para aplastar cualquier legítima disidencia (típico de los autócratas).
En los tres casos, Trump estaría ordenando a funcionarios federales que actuaran en contra de la Constitución, provocando una crisis sin precedentes. Nadie le podría impedir purgar a quienes se negaran a ejecutar sus órdenes y sustituirlos por sus adeptos. Con una prensa amordazada la sociedad no podría reaccionar y, aun si trascendiera información, el movimiento trumpista le respaldaría incondicionalmente, como han demostrado hasta ahora.
Al no haber existido nunca en Estados Unidos un candidato que desprecie el orden constitucional, no hay un referente histórico de lo que podría ocurrir si Trump llega a la Casa Blanca. Los expertos coinciden en que entraríamos en territorio inexplorado y en que habría pocos recursos para frenar a un presidente que viole la Constitución.
La razón más preocupante, señala el profesor Mounk, es que “en una democracia el último freno para evitar que el poder se vuelva tiránico es la opinión pública. Y los sondeos indican que una parte del pueblo americano nunca ha estado tan escéptico de la democracia ni tan abierto a considerar alternativas autoritarias como un régimen militar [un 17%]. Si un presidente Trump decide derribar las protecciones de nuestro sistema una gran parte del pueblo le apoyaría”.
Esta semana una encuesta del Washington Post arrojaba un dato inquietante: un 40% de los encuestados a nivel nacional dicen “haber perdido la fe” en la democracia. Y otros sondeos señalados por la Universidad de Harvard también revelaban datos preocupantes sobre la aceptación de los resultados electorales: un 70% de los republicanos cree que si Clinton gana será por fraude, mientras que el 82% de los demócratas aceptaría como válida una victoria de Trump.
Lo que separa a la democracia de la tiranía no son las leyes escritas sino el compromiso del pueblo con la democracia. Ese compromiso empieza por ejercer el derecho a votar.
Periodista y analista internacional.
Esta historia fue publicada originalmente el 26 de octubre de 2016, 0:55 p. m. with the headline "Trump arremete contra la democracia."