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Opinión

El mundo entero es George Floyd

La historia se repitió en su trágica recurrencia: la muerte de un miembro de la comunidad afroamericana, a manos de un agente policial para el cual, el uniforme que lucía, significaba disponer de una licencia para el abuso y el asesinato. Luego, las reacciones, las protestas pacíficas en su enorme mayoría, sólo infiltradas por los infaltables e igualmente abusadores de un momento de congoja y reclamo por justicia social y racial. Le siguieron los desbordes, y esa espiral de violencia que parece incontenible, en el que se combinan, cual mezcla inflamable, años de frustración, marginación y ahora, la rabia.

Pareciera que los Estados Unidos no puede demoler, de una buena vez, esa maldita matriz ancestral, en la que ejercen sus nefastas influencias, la discriminación racial, las crecientes desigualdades en materia educativa y laboral, y la criminalidad que asola a aquellos que en su desesperación, ven en ese submundo, la oportunidad terminal de darle un sentido a una existencia ya condenada.

Dentro de esa trituradora, que parece estar blindada a toda política federal o estatal que intente para su desarme, un abordaje exitoso, definitivo y sin intenciones políticas, es donde se procesan y generan, las pésimas condiciones de vida, para grandes segmentos de la población del país. Esta situación, ya casi estructural, es una de las más singulares y dolorosas ironías de la principal potencia económica de Occidente: la de padecer, en el interior profundo de sus ciudades y de su territorio en general, de condiciones muy similares a las de cualquier país de América Latina. Las diferencias, entre uno y otro de estos paisajes, son apenas matices. Las raíces, sus causas y efectos son prácticamente idénticos.

Días después del deceso de George Floyd, cabría hacerse dos preguntas esenciales, y que tienen una carga de frustración e indignación pero también, un sesgo de esperanza: ¿Por qué otra vez?, es la primera, y la que le sigue es si acaso esta vez podría ser diferente: ¿existe la posibilidad de un antes y después?

La respuesta a la primera interrogante, es posible encontrarla en las duras realidades que enfrentan millones de ciudadanos latinoamericanos. Estos subsisten discriminados por la pobreza y la marginación social, en una realidad cuya perpetuidad se sostiene por la reiteración, en muchos casos, de gobiernos corruptos, miopes e incapaces de generar políticas de Estado, dirigidas a crear un marco de posibilidades, para que los jóvenes que viven expuestos a la violencia y sin horizontes de salida, accedan a un ambiente de contención y protección social, como inicio de un camino hacia al bienestar básico, que hoy parece inalcanzable.

Los patrones que alimentan este círculo vicioso latinoamericano, están igualmente presentes en muchas zonas de los Estados Unidos, en cuyo territorio se proyecta esta penosa realidad latinoamericana, en el constante flujo de inmigrantes del continente, en un éxodo de escape del pozo en el que sobreviven. Así, el cinturón de privaciones y carencias aprieta tanto a miles de latinos como a afroamericanos, sumidos en un espiral de limitaciones y enormes presiones en su subsistencia diaria. Ambos segmentos de la población sufren de discriminaciones, en la forma de grandes desigualdades en materia de ingresos, de oportunidades laborales y en la buena educación en sus tres niveles académicos. Estas se combinan con la discriminación racial y forman así un explosivo caldo de cultivo. Y la pandemia, como agente inflamable en sus efectos económicos, ha exacerbado el malestar social. La muerte de Floyd ha sido quizás, el fatal detonante.

Tal vez la respuesta a la segunda pregunta se procese en los tiempos que vienen, que ciertamente, no tienen precedentes a escala planetaria en los últimos cien años. Muchos observadores, periodistas e historiadores, se han precipitado en establecer un paralelismo que a primera vista surge inevitable, entre el asesinato de Floyd con otros antecedentes históricos, tal como la brutal golpiza a Rodney King en Los Angeles, en 1992, en las protestas de Watts, en la misma ciudad, en 1966, que resultaron en decenas de muertes y miles de heridos y arrestos, a raíz de la detención de Marquette Frye, sospechoso de conducir en estado de ebriedad y en un operativo envuelto en confusiones.

Sobre este incidente, el activista Bayard Rustin escribió en la revista Commentary en marzo de 1966, que el aspecto principal del estallido de Watts fue el hecho que marcó “la primera gran rebelión de los Negros en contra de su propio masoquismo” y tuvo el propósito expreso de reivindicar que ya no se someterían más a las privaciones de habitar en la pobreza de sus barrios. Lamentablemente, la historia preservaría estas adversidades extremas hasta ahora. Los paralelismos con el asesinato de Martin Luther King en 1968, y su contexto de un año “caliente” y convulso, en una agitada década de grandes y veloces transformaciones sociales y políticas, son tal vez ahora, los más relevantes, para intentar una respuesta.

Sin embargo, los antecedentes históricos no aportan motivos para la esperanza. Uno muy reciente y que juega un rol fundamental en los tiempos que viven los Estados Unidos y el mundo en general, es el aparente fracaso del gobierno de Barack Obama, en atender y abordar con la necesaria urgencia y profundidad, a los complejos factores que fomentan la violencia y el racismo. Resolver este último es un camino arduo y largo, que no admite impaciencias, pues sus raíces están aferradas a una cultura que traspasa generaciones.

Sin embargo, la pérdida de una oportunidad histórica como primer presidente negro de los Estados Unidos, se encuentra en la gran distancia entre sus promesas de campaña y su legado, en especial para con la comunidad afroamericana, en aquellos grupos más sufrientes y carenciados.

Es importante atender lo que la Dra. Keeanga-Yamahtta Taylor, una académica de la Universidad de Princeton y autora del libro “#BlackLivesMatter to Black Liberation”, destaca al respecto, en un artículo publicado el 5 de febrero en el New York Times de este año. Allí enumera varios aspectos que expresan la creciente desilusión de ciudadanos afroamericanos con los resultados del gobierno de Obama, algunos de los cuales se ven reflejados en la caída de votantes y de las percepciones positivas hacia su gestión.

Sin duda que explicar la elección de Donald Trump, exclusivamente por las frustraciones de grandes grupos de la población afroamericana hacia Obama es un error interpretativo. En materia de descontentos, estos existen también entre muchos ciudadanos blancos viviendo “de quincena a quincena”, y, en general, entre los millones de desempleados, producto de la pandemia.

Es en la pobreza, en la carencia de oportunidades y en la marginalidad a la que son empujados millones de personas, por un sistema amoral de injusticias y desequilibrios, desde donde surgen populistas como Trump. Pero también, es desde allí de donde nacen la ira y la impotencia, como fenómenos mundiales. Entre un ghetto de Filadelfia, un banlieue de París o una favela de Río de Janeiro, apenas existen diferencias en el agobio existencial.

La frase final de George Floyd, manifestando su ahogo, quizás sirva como el mensaje de los millones de personas que viven en la asfixia de su desesperanza. Aunque trágico, no debería ser menos poderoso, como un llamado definitivo a nuestras conciencias.

Escritor uruguayo y profesor de Geopolítica.

Esta historia fue publicada originalmente el 9 de junio de 2020, 7:38 a. m..

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