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La violencia política se combate con educación | Opinión

Una patrulla de la policía de Miami fue incendiada por manifestantes en la sede de la Policía de Miami, en el centro de la ciudad, durante una protesta por la muerte de George Floyd, el sábado 30 de mayo de 2020.
Una patrulla de la policía de Miami fue incendiada por manifestantes en la sede de la Policía de Miami, en el centro de la ciudad, durante una protesta por la muerte de George Floyd, el sábado 30 de mayo de 2020. pportal@miamiherald.com

Muchos adversarios políticos aparentan ser enemigos; eso estimula a la base de partidarios y los hace más combativos y participativos.

Sucede que en al acontecer diario en las calles se denota un fuerte activismo político, enmarcado en una batalla sin cuartel contra los opositores, por parte de apasionados entusiastas que no se percatan que están siendo utilizados.

Grupos de personas vociferan, atacan e insultan a miembros del partido contrario porque simplemente se creen poseedores de la verdad y aquellos que no la comparten se convierten en enemigos.

Nada más lejos de la verdad. Por el contrario, en la mayoría de las veces el contacto con adversarios nos enriquece porque nos ofrece un punto de vista que tal vez no percibimos. En otras palabras, aprendemos en el proceso y nos culturizamos.

Y en efecto, de eso se trata, de cultura política. Muchas figuras públicas con el transcurrir del tiempo adquieren la necesaria experiencia y el temple requerido para tratar con “Raimundo y todo el mundo”, como dice la expresión.

En cambio, en el ambiente político abunda el activismo puro, sin mucha experiencia. Por eso es común toparse con ese tipo de personas en la calle quienes sin muchos reparos te lanzan un improperio si no compartes su tolda política.

Y los ánimos se exacerban a tal magnitud, que amigos de años se han distanciado, familias han dejado de tratarse y matrimonios se han disuelto debido a este fenómeno, el cual tiene una explicación. En la práctica ocurre que muchos no se percatan que el ejemplo propagado por los líderes es precisamente lo que impulsa el activismo político. Si todo fuera calmado, solamente con la batalla de ideas y las plataformas concretas, el activismo fuera menos apasionado y en consecuencia el interés en la política no fuera tan mayúsculo.

En realidad, tras bastidores, los políticos experimentados en su mayoría, comparten tiempo juntos, algunos son amigos y hasta familia. Un ejemplo que viene al caso es el de la Venezuelar, donde los dirigentes de los partidos Social Cristiano Copei y Acción Democrática se decían horrores durante el día, pero en la noche jugaban dominó, tomaban sus copas y hasta vacacionaban en conjunto.

Particularmente en Estados Unidos la política se ha convertido en una guerra encarnizada. El objetivo es ganar las elecciones a toda costa, sin importar los cadáveres que vayan quedando en el camino. Otros países se han dado cuenta de este proceder y han contratado los servicios de prominentes estrategas de campaña estadounidenses para hacer ganar a candidatos con escasa probabilidad de triunfo, tal como ocurrió en Bolivia en el año 2002 cuando una reconocida firma de consultores políticos norteamericanos se trasladó a ese país para manejar la campaña de Gonzalo Sánchez de Lozada, quién apenas tenía un 10% en las encuestas. Este proceso generó el film de Hollywood “Our Brand is Crisis” al cual tuvimos el honor de hacer el estreno en Miami.

Desde luego, toda la óptica política cambia con la aparición de ciertos grupos que pretenden destruir el mismo sistema que les concede la opción de participar en el juego democrático. En este caso la batalla si debe ser frontal porque es necesario detenerlos.

Resulta que el ejemplo de Chile ilustra a la perfección este caso. El año pasado unas 100 personas empezaron un movimiento de protesta en ese país reclamando mejoras salariales y otros beneficios sociales. De ser un grupúsculo que vociferaba consignas, pasó a ser un conglomerado de miles de personas que terminaron por creer y participar en las protestas. El panorama se complicó cuando dejó de ser una protesta pacífica para convertirse en actos de vandalismos contra la propiedad privada y pública apuntalados por sus dirigentes, que destruyeron, incluso, varias estaciones del metro de Santiago, que es el principal modo de transporte de la ciudad.

Evidentemente, este tipo de actitud busca resquebrajar y desestabilizar al Estado con el propósito de cambiar su configuración y destruir al sistema imperante. Allí se trató de crear una coyuntura que diera al traste con el gobierno si este respondía con mano dura, algo que hábilmente no hizo el presidente Sebastián Piñera.

Lo cierto del caso es que nos avecinamos a una elecciones en EE.UU donde los ánimos están caldeados y muchos activistas por su cuenta asumen posiciones de confrontación. Lógicamente, cada partido enarbola inteligentemente su mejor estrategia, unos acusando de comunistas a los otros y estos culpando al Presidente por las 215,000 muertes acontecidas hasta ahora por la pandemia.

Pero básicamente, tal vez no se han dado cuenta que la más eficaz arma para combatir las ideas perniciosas es la educación. Por eso sin tardanza, deben ser implantados cursos de “American Values” en los colleges y universidades.

Eso serviría para contrarrestar el avance de ideologías extrañas a la vez que nos enseñaría cultura política.

Manos a la obra.

Economista y periodista. Twitter: @DeYURRE.

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