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Opinión

Infierno en el hogar

¡Qué inexorable es la marcha del calendario! Han transcurrido casi dieciocho años desde la publicación de mi primer artículo en este periódico. Mis oídos han permanecido abiertos a toda clase de lamentos, desde problemas con la compañía de cable hasta la muerte trágica de un hijo. Así se cultivó el indeleble lazo de hermandad con los lectores.

Este servicio público me permite repasar las frustraciones y sueños conquistados por una comunidad noble, diversa y en sostenido crecimiento. Si me diera a la tarea de listar las quejas se agotaría la tinta. No habría consuelo a las penas que abundan en nosotros. Pero si fuera a señalar las categorías que más testimonios de ira y alienación engendran, los condominios tomarían la delantera en la pista de la miseria.

Las pruebas infalibles de esta desgracia urbana son expuestas en la serie investigativa de el Nuevo Herald “Condos de Pesadilla”, un gran espejo del sinsabor agrio que sienten quienes se saben abusados, y a la vez carecen de recursos y del amparo legal para defender sus derechos en la selva de Miami, donde el fraude es rey, y quienes lo consuman, leones, lobos y serpientes.

En los servicios médicos, en los programas de asistencia social, en los talleres de remolques, en los concesionarios de automóviles, en las pólizas de seguro, en las llamadas de telemercadeo, en las papeletas de voto en ausencia… sórdidos son los tramposos que tan ingeniosamente escapan de la justicia.

Tras un concienzudo análisis de 81 casos bajo la lupa del Estado –¿cuántos más no habrá en cada vecindario?–, Enrique Flor y Brenda Medina desvelan, con el vigor de la palabra y la excelencia reporteril, los esquemas de estafa en la falsificación de votos en estos dominios colectivos para concentrar el poder en pocos individuos. En efecto, se conceden jugosos contratos para la reparación y el mantenimiento de las infraestructuras sin licitación, o se fingen ofertas de empresas fantasma. Los turbios manejos financieros, la clandestinidad informativa y el empleo de fondos sin autorización se repiten como clones.

Una pesadilla. Y también un infierno.

Los fraudes y el pago de sobornos imperantes en las juntas directivas de estas asociaciones y en sus compañías de administración, al igual que otras crisis de índole habitacional como ejecuciones hipotecarias, robos con fuerza en domicilios y destrucción de propiedad privada, a menudo afligen más a las víctimas que otras bribonerías porque representan la violación de algo sagrado: el hogar, la familia. Bajo el techo protector, el templo interior halla sustento y descanso. Dentro de los muros guardianes, transcurren y se solidifican las relaciones humanas.

Por eso las advertencias catastróficas sobre problemas estructurales en las propiedades suelen generar pánico entre residentes que de ingeniería nada saben. Sucedió en The Beach Club at Fontainebleau. Valiéndose de informes falsos, la asociación alertó sobre techos en peligro de derrumbe, obstáculo que impediría la certificación de 40 años –la inspección del Condado que a todos los dueños temor infunde– y hasta desalojo causaría. La secuela: una cuota especial para conceder, mediante una sospechosa licitación, un contrato de $5.2 millones.

¿Se esmeran las autoridades por proteger a los ciudadanos o los pelotean de un lugar a otro con grotescas expresiones de indiferencia? La Policía no investiga las acusaciones al carecer estas de carácter criminal. Los tribunales civiles otorgan excesivo poder a interventores designados para “ayudar” a recuperar la estabilidad de los condominios abatidos financieramente. Algunas de estas figuras –demuestran Medina y Flor– son semilleros de caos, conflictos de interés, prácticas injustas de cobro y, para colmo, pisotean al prójimo en el seno de su hogar.

Ya va siendo hora de que los gobiernos locales y las agencias estatales pertinentes dejen el silencio cómplice y hagan algo determinado, más que emitir reprimendas, para poner orden donde más se necesita y restaurar urgentemente las normas que rigen las asociaciones de condominios en aras de velar por la transparencia y la rectitud. Porque, desgraciadamente, hoy la contabilidad vale más que la humanidad del individuo.

Escritor venezolano, periodista, biógrafo y cronista de Miami.

Esta historia fue publicada originalmente el 19 de marzo de 2016, 1:24 a. m. with the headline "Infierno en el hogar."

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