Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: Cuba: bailarines y mega yates

Surcando la corriente caliente del Estrecho de Florida, en vistosas embarcaciones con pesadas cañas y señuelos metálicos, más de sesenta pescadores de diez países prodigan a esta hora la suerte de la emboscada con el anhelo de capturar el trofeo Ernest Hemingway en el torneo internacional de pesca de agujas en Cuba.

Después de fotografiarse con un dorado de espectacular mandíbula o un llamativamente bello marlín azul, los navegantes, comodoros y turistas aficionados brindan por el puntaje obtenido por los vencedores del día como el propio Hemingway –con un delicioso mojito que lleva un añejo ron cubano cuya marca un día fue hurtada a sus dueños–. Disfrutan el placer en mesas servidas con trufas, caviar, comidas exóticas y delicadezas cubanas. Pernoctan en lujosas cabañas frente a sus yates. En el lecho, una joven virgen, como una flor, o un adolescente mulato, como un chocolate, aguardan por las apetencias del comprador.

Lugar de grandeza donde se celebra la “hermandad marinera”, el Club Náutico Hemingway es un mudo testigo del lujo y la diversión que derraman sobre las aguas los yates de gran eslora, catamaranes y atractivos veleros. En la entrada, dos metralletas sobre fornidos hombros custodian las instalaciones para evitar la entrada de ciudadanos nacidos en esas tierras.

En la otra orilla del Estrecho, unos bailarines del Ballet Nacional de Cuba que hasta hace unos días solo podían compartir un plato insuficiente y racionado, sin siquiera salsa de libertad o aderezo de oportunidades, ahora danzan al compás de la incertidumbre y el dolor de la separación y el desarraigo. Sin documentación legal ni escenario propio donde hacer un deslizamiento hacia adelante, se han atrevido a dar un Grand pas desertando, con la espalda recta y sin arquear el corazón.

Algunos ni siquiera cuentan aquí con un techo seguro, ni familiares, ni amigos, ni un trabajo permanente. Pero de nada vale integrar el elenco del afamado ballet titular de Cuba, porque el prestigio no sacia la hambruna. Estos jóvenes no pueden aspirar a bailar en la Academia de Ballet Bolshoi o en el Ballet Mariinsky. Por eso se han fugado de la jaula del Mar Caribe, como el vuelo de un cisne que busca de una tierra espléndida.

Los escapados lamentan su precaria y frustrante situación dentro de la Isla. Sacan a la luz alegaciones de nepotismo, abusos de poder, explotación y discriminación en el seno de la compañía de baile. La huida no cesa. Los bailarines saltan, como gacelas, hasta llegar a su objetivo: libertad y un mejor futuro artístico. No toleran la rigidez de las ideas políticas imperantes. Viven en terror, en pánico, asfixiados en el feudo personal de Alicia Alonso y compañía. El amor propio los obliga a dar una rotación completa.

El vívido contraste entre estos dos acontecimientos simultáneos ilustra la realidad del cubano emigrado en tiempos recientes. El mar que seduce a los mega yates acalla la pasión por la emancipación. Los concursantes del campeonato reciben una bienvenida de reyes, con vítores y alabanzas, en el litoral habanero. Los bailarines que, carentes de facilidades, renuncian a su terruño y entorno, son denigrados como muchachos a quienes “les falta mucho para alcanzar un alto nivel técnico”, en palabras de Alonso. Sin compasión, la directora del Ballet les augura el fracaso: “La mayoría de los que abandonan la compañía se frustran y quedan en el camino”.

¿Cuál camino? ¿El de la autodeterminación? ¿O el de los sueños ambiciosos y alcanzables con esfuerzo y talento? Acaso, ¿será el camino del sacrificio por un bien mayor? ¿O el de la fe en la capacidad personal? ¿O el rumbo del capitán que se desenvuelve sin limitaciones de espacio para colocar el barco en el lugar preciso y hacer morder a la presa?

El jactancioso Torneo de la Aguja no corresponde con la Cuba que impone a los nacionales un sistema regimentado, fallido y cruel. La imposibilidad de acceso a un nivel de vida de oportunidades que gozan los participantes de la regata es una causante de la deserción en masa de los bailarines. No están solos. Una multitud de artistas, deportistas y profesionales cubanos en Miami también sufrieron la privación de la superación humana, derecho inalienable del hombre.

En el decante, triste y sucio barrio habanero a los bailarines no les permiten tener iniciativa propia. En cambio, en el exilio fortuito, divisan el faro de la independencia profesional. Es sumamente doloroso el creciente número de familias disgregadas y cubanos que pierden la cultura y la historia de su patria.

Paz para todos; vida con derechos plenos para todos; amor para todos –es lo que se ansía con afán–. Cuando la industria recreativa náutica pueda regocijar a cualquier cubano que aspire a aventurarse flotando en las aguas dentro de un yate –o a trabajar para comprarse una embarcación– recobrará valor uno de los más antiguos torneos de pesca, fundado libremente por amantes del deporte con el apoyo del célebre escritor norteamericano. Hasta entonces, los cisnes y las agujas no practicarán la primacía clásica del pas de deux.

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