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Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: Un viaje sin rumbo, la improvisada exploración de Europa


En Split, Croacia, descubrí una nueva frontera con fascinación y curiosidad. En una caminata nocturna, me refrescó el radiante colorido de los quioscos de dulces.
En Split, Croacia, descubrí una nueva frontera con fascinación y curiosidad. En una caminata nocturna, me refrescó el radiante colorido de los quioscos de dulces. Daniel Shoer Roth

Los viajes, los descubrimientos geográficos y antropológicos nos abren nuevos horizontes a la humanidad y al devenir de la civilización. De orilla a orilla, traspasamos fronteras, encaminados hacia lo trascendente, para observar las distancias desde atalayas cercanos. A tenor de estos gratificantes recorridos, nuestro genio emprendedor e introspectivo explora lo inédito, con la promesa de volver a renacer.

Pero, cuanto más aventurado sea el viaje, más complejo será el trabajo de organización, si aspiramos a sacar el mejor provecho. Primero, se precisa imaginar su esencia intangible; intuir su disfrute. Luego, ensamblar una serie de cosas inconexas: permiso para tomar vacaciones, ruta, conexiones, visados, boletos aéreos, alojamiento, tours, alquiler de autos, comidas, más y más reservaciones, etcétera. Si bien excitante, este proceso a menudo también resulta tedioso y frustrante.

En septiembre pasado salté todos los convencionalismos. Animado por esa apasionante electrificación humana, me lancé a un osado periplo carente de itinerario que iba a depararme un sinfín de perdurables sorpresas y un genuino repertorio de vivencias en distintas latitudes del Viejo Continente. Aunque tenía definido por dónde comenzaría a abordar esta novedosa ocurrencia, el resto sería obra del azar y de la suerte que, al final, no obstante los quebrantos propios del que trajina en el extranjero con un presupuesto austero, me favorecieron.

La improvisación sobre la marcha vendría a definir el sabor del viaje en su esencia misma. Dejarse llevar por lo que va saliendo al paso, agudiza nuestra percepción del mundo. Nos facilita vivir el presente; conocer espontáneamente otras culturas y formas de vida; impregnarse de la energía que surte perderse, sin mapa, en un laberinto de calles angostas de luz tenue; descifrar los misterios de una magia muy poderosa que rige nuestra fortuita trayectoria. Repasamos asignaturas quizás olvidadas o en ellas nos bautizamos. Sin duda, el riesgo existe. Suprimir la investigación y planificación debidas, nos sitúa en guardia: corremos el peligro de desperdiciar el tiempo y el dinero, e incluso de sucumbir ante las emergencias de una expedición de último minuto.

Me era menester, empero, huir de una melancolía, de un decaimiento, provocados por la separación de la obra biográfica sobre Monseñor Agustín Román, a la cual había entregado, en absoluto, mente, corazón y alma durante más de tres años. Publicado el libro, me sentí como una madre que experimenta ansiedad posparto, o como un padre cuando despide a su hijo a la universidad en otro estado. Me regocijaba, sí, percibir aquel caudal de goce en el rostro de los lectores que llevaban a casa la presencia de su queridísimo padre espiritual. Dicha ventura, sin embargo, no me eximía de la punzante sensación de vacío. Conociéndome, vaticiné esta secuela. Y a su advenimiento me antepuse.

Meses antes, para mi cumpleaños, un generoso amigo cubano residente en Basilea, me obsequió un boleto aéreo a esa encrucijada de tres naciones. Salir de Miami en el curso de la escritura y edición del libro era imposible. Si acaso, una quimera. Solo cuando, mucho después, respiré ese ansiado olor de olores, el olor a tinta –dulce fragancia que a todo autor en el paraíso envuelve–, supe que era hora de redimir el preciado regalo. Poner fechas de ida y vuelta era cuestión de un par de llamadas. No alcanzaba a concebir más que eso. La ajetreada preparación para la presentación de la obra ocuparía la totalidad de mi existencia, dinamizada por múltiples tensiones. El viaje de un mes a solas, pautado para la semana posterior al lanzamiento, se perfilaba en el horizonte como un buen complemento –y un remedio infalible.

El día del vuelo aún sorteaba las ciudades que me gustaría visitar –todas, para decir verdad–, sin noción de cómo desplazarme de una a otra, dónde hospedarme, qué hacer, qué ver, qué ropa vestir… Debía armar, gradualmente, este rompecabezas, mas de sus piezas estaba falto. Como la imagen final ni siquiera era revelada, recordé una conversación de Alicia en el país de las maravillas.

–Minino de Cheshire –indagó Alicia al Gato– ¿podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir?

–Esto depende en gran parte del sitio al que quieras llegar.

–No me importa mucho el sitio.

–Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes.

Así sucedió. El camino que tomó este viaje, se hizo, en palabras de Antonio Machado, camino al andar. “Golpe a golpe, verso a verso”, el itinerario derivó de un vistazo efímero al mapa. O de un enlace que condujo de una página de internet a otra. O del precio increíblemente rebajado de un boleto que hallé al azar. O de una discusión telefónica con la representante de una aerolínea. O del horario de un vuelo. O de “volver la vista atrás” y ver “la senda que nunca se ha de volver a pisar”.

Ciertamente, la trascendencia no yace en el lugar que pisas en sí, sino en las agradabilísimas sorpresas que te llevas si llegas sin expectativas. Contemplas quién ríe, quién llora, quién guarda silencio, quién implora, quién se inquieta, quién canta... Cuando escenas extraordinarias, súbitas e inesperadas, despuntan, conmueven profundamente y muy deleitables resultan.

LA NOVIA EN LA CATEDRAL

Desde lo alto de la regia Muralla de Dubrovnik, encandilado por la vista de los peñascos del Adriático, escuché melodías que sonaban como una serenata. Era música klapa, una forma de canto a capela de origen dálmata. Se celebraba un matrimonio en la gran catedral de esta ciudad, cuyas formas barrocas dan la impresión de estar dentro de un cuento de hadas. En las escalinatas exteriores, al ritmo de la tambura –el instrumento tradicional por antonomasia– el conjunto cantaba a toda voz, y los invitados prorrumpían en risas y habladurías, mientras era ondeada una gigantesca bandera croata. Los novios fueron vitoreados y aclamados por una multitud impecablemente vestida que partió en una caravana a pie detrás de los músicos, con copas en mano. Encantado, fui detrás del conglomerado hasta que di vuelta atrás. Justo entonces, apareció frente a mí el vehículo nupcial adornado con azahares y lazos blancos. “¡Congratulations, Congratulations!”, exclamé a los novios, al aguárseme los ojos. La novia percibió esa espontánea emoción y abrió la ventana. “¡Thank you, thank you!”, respondió, con una sonrisa que solo una mujer vestida de blanco sabe prodigar. 

FILIPPO EN LA PIAZZA

A la sombra del ábside renacentista de la iglesia milanesa y convento Santa María delle Grazie, un pequeño de cuatro años llamado Filippo sacó un trozo de pan para alimentar a las palomas de un modo juguetón. Unas tras otras, aterrizaron las voladoras hasta poblar la plaza de la iglesia, riñendo recelosas por las migajas arrojadas con suma ternura. Apareció de repente un raudo perro que las ahuyentó, refrenando el sencillo juego. Sin frustrarse, Filippo subió a su patineta y zigzagueó entre los visitantes que intentaban, infructuosamente, conseguir boletos para ver la joya artística del convento: La Última Cena de Leonardo da Vinci. Al marcharse el can, el niño corrió hacia su abuela, pidió otra rebanada y atrajo a una inmensa bandada. Minutos después, llegó otro chico de similar edad, cuya diversión era la opuesta: perseguir a los escurridizos pajaritos. Filippo recurrió de nuevo a su juguete y, radiante, a su derredor despertó anchas sonrisas. Pero se negó a darse por vencido. Cuando el travieso invasor abandonó su territorio, fue en búsqueda de más pan. Y las palomas revolotearon de aquí para allá alrededor suyo.

CASTILLOS HUMANOS EN EL GÓTICO

En pleno corazón del sugestivo Barrio Gótico de Barcelona, un gallardo ritual comunitario estaba por acontecer, seña de identidad del pueblo catalán. Me uní a una apretujada muchedumbre que, con albricias y alegrías, aupaba a los castellers, hombres, mujeres y niños integrantes de equipos rivales en los cuales priman la fuerza, el equilibrio y la coordinación a fin de levantar, sobre sudorosas y fornidas columnas de músculo y hueso, castillos denominados castells. Se celebraba la fiesta mayor de la ciudad, la Mercè, rebosante en tradiciones folclóricas. Sostenidos por docenas de manos en la base, los participantes escalaron unos sobre otros sin suscitar el cimbreo de la torre humana, valiéndose de fajines que hacen de peldaños y ayudan, asimismo, a sobrellevar el peso. Después de ocho niveles de extraordinaria altura, un niño coronó el castillo. Desde la cúspide, hizo una señal de dulce victoria, y de inmediato descendió con la agilidad de un mono. Ordenadamente, lo siguieron las capas que se desmontaron triunfantes. Me retiré de aquel fascinante espectáculo para encontrarme con dragones y otras imaginarias bestias de fuego que desfilaban por aledañas callejuelas.  

LA ‘GRAND FINALE’

El fin del periplo, que supuestamente serían días de imperturbable calma en Basilea, cambió a último momento, al emerger la oportunidad de abordar el “tren expreso más lento del mundo”: el Glacier Express, cuya ruta de ensueño serpentea las imperiales montañas de los Alpes, un auténtico paraíso de inenarrable preciosidad. Descendí en la última parada, el pintoresco pueblo de Zermatt, y mi teléfono móvil activó, sin pulsar yo botón alguno, una aplicación de almacenamiento de música que contiene algunos de mis temas favoritos. Del bolsillo emanó el sonido de una versión melódica de la plegaria hebraica She’ejeyanu, una alabanza al Creador con ocasión de efemérides de goce –un voto de gratitud por habernos traído hasta el momento presente–. ¡Sublime coincidencia!

Arropado en aquellas sagradas letras, me dirigí a un mirador a los pies del monte Cervino, el más grandioso de la cordillera por su aspecto de pirámide. Alcé la mirada al cielo en su infinita majestad, y observé el vuelo de las aves, seguramente orientado hacia un destino seguro de su conveniencia. Entonces, advertí que no solo este viaje había carecido de itinerario, sino que mi vida, también, da rumbo a la marcha sin saber adónde voy.

Esta historia fue publicada originalmente el 17 de octubre de 2015, 1:00 p. m. with the headline "DANIEL SHOER ROTH: Un viaje sin rumbo, la improvisada exploración de Europa."

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