Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: Estamos allí y no lo estamos

Una multitud aclama y fotografía a los actores cuando llegan al estreno de la película Black Mass en el teatro Coolidge Corner en Brookline, Massachusetts, el 15 de septiembre.
Una multitud aclama y fotografía a los actores cuando llegan al estreno de la película Black Mass en el teatro Coolidge Corner en Brookline, Massachusetts, el 15 de septiembre. Getty Images

Con la evolución de las tecnologías de comunicación instantánea y la proliferación de innovadores artefactos móviles, devienen transformadores cambios en las relaciones sociales y en el comportamiento público.

El don de la ubicuidad de la internet y, por consiguiente, del teléfono inteligente, nos permite “estar” en varios sitios de manera simultánea y vivir en perpetuo movimiento. Dicha facultad, empero, atenta contra la capacidad de disfrutar de los momentos trascendentes, menoscabando, en última instancia, el regalo del sagrado presente.

Una inestimable fotografía que no cesa de circular por las redes sociales explica por sí misma esos excesos del progreso tecnológico. La imagen fue tomada el mes pasado en el exterior de un teatro en Boston, cuando una fanatizada muchedumbre se congregó para ver desfilar por la alfombra roja a varias estrellas hollywoodenses de la película Black Mass su día de estreno.

A primera vista, observamos a un grupo de espectadores eufóricos captando, con las cámaras de sus teléfonos, los sucesos mientras acontecen. Es una escena habitual en conciertos, bodas, cumpleaños, graduaciones escolares, competencias deportivas, paseos recreativos e incluso en velorios. Un repaso más sosegado de la imagen reproducida con esta columna, en cambio, nos conduce hacia una tierna anciana, la única del conglomerado que refleja la dicha de absorber el momento exacto, tal y como lo perciben sus ojos –sin dispositivo de intermediario.

La satisfacción implícita en su semblante ha despertado un cúmulo de emociones en el corazón de miles de cibernautas alrededor del globo. Y a todos nos ha dado una lección de cómo gozar –y no desaprovechar– la vida. Cómodamente apoyada en la valla, la señora de gran tono está en plácida armonía, ajena a la agitación bulliciosa de sus vecinos, con una conciencia segura en el presente. Su figura contrasta con la actitud de los demás, quienes, en lugar de estar, cabalmente, en el evento, lo recordarán después mediante sus grabaciones.

Otra fotografía viral en la internet ilustrativa de esta tendencia actual, y blanco de severas críticas, retrata a unos adolescentes en el Rijksmuseum de Ámsterdam enganchados –o quizás hipnotizados– en las pantallas de sus móviles, de espaldas a La ronda de noche de Rembrandt, ignorando la obra pictórica sin un ápice de sensibilidad artística. A estos yonquis de la información digitalizada no se les puede achacar esa conducta. Tienen buenos modelos a quiénes seguir. ¿Cuántas fotos no vemos de la sala de La Mona Lisa, en Louvre, colmada de adultos que, alzándose de puntillas y extendiendo los brazos hacia lo alto, intentan fotografiarla sin primero aventurarse a descubrir los misterios que la envuelven?

Inmortalizar todo aquello relevante que nos sucede tomando una foto, un selfie y un video –o compartiendo las imágenes compulsivamente a través de las redes sociales y la mensajería electrónica–, disminuye la intensidad de la experiencia de ese mismo hecho. No dejamos durar el presente.

Nada es blanco y negro. La capacidad de estar a la vez en una y otra parte es un salvavidas para muchos. Y una voz de denuncia contra las injusticias.

Ciudadanos en países gobernados por infames tiranos o en zonas en guerra, dan constancia al mundo, desde sus teléfonos, de las barbaridades que a la humanidad afligen, en vivo, quebrando las cadenas de la censura. Ante catástrofes naturales, los supervivientes muestran las desastrosas imágenes que a potenciales donantes conmueven. Un robo, un asesinato, un abominable acto de abuso infantil, pueden ser grabados por transeúntes, facilitando la aprehensión de los malhechores.

A fin de cuentas, depende de uno mismo el sentido que demos al don de la ubicuidad. Podemos llegar a un lugar, respirar plácidamente, permearnos de su atmósfera, conversar con los allí presentes, en lugar de enviar textos a otros ausentes; disfrutar, minuto a minuto, de las cosas simples que mucho valen. Y por qué no, un rato después, hacer fotos y video para un día revivir aquello que hemos vivido con cada uno de nuestros sentidos.

dshoer@elnuevoherald.com

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