Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: La Resistencia: la ‘joie de vivre’

Un letretro de 'Not Afraid' (no tememos) frente a la embajada de Francia en Berlín.
Un letretro de 'Not Afraid' (no tememos) frente a la embajada de Francia en Berlín. EFE

En medio de los sacudimientos que profunda pesadumbre infligían, cuando aún resonaban metálicos gritos de angustia, alaridos, sollozos y lamentos que proyectaban la agonía colectiva con espantoso pavor, los jóvenes parisienses apelaron al gozo como remedio y antídoto contra las ponzoñosas mordidas de las víboras.

Recién se habían barrido del pavimento teñido de sangre los cristales de las vidrieras de los cafés, bares y salón de fiestas asaltados brutalmente por los terroristas en vecindarios frecuentados por gente dinámica y plural que emana de sus entrañas olor a vanguardia, a vocación cosmopolita, a ilusiones y a ambiciones de éxito. Eran aquellos valores de una sociedad abierta y tolerante precisamente los mismos que pretendían extinguir las tenebrosas fuerzas del radicalismo islamista.

La embestida no iba a detener el instinto del orden ni la sed de justicia. Como el enemigo a combatir era una macabra ideología, había que reedificar de inmediato, sobre bases estables bien esbozadas, lo destruido, no obstante el dolor. Entonces, las desoladas calles recobraron su energía, mientras las terrazas, bistrós y establecimientos nocturnos fueron poblados, como brioso gesto de resistencia, por individuos cuyos espíritus se exaltan ante la hermosura imponderable de la ciudad, fuente mágica de ideas, proyectos y modas.

Para los salvajes del llamado califato, esta era la “capital de las abominaciones”; para los occidentales, cuna de la Ilustración. Para ellos, ciudad de “idólatras”; para nosotros, hogar de maestros notables en el devenir de los siglos. Una visión totalitaria del mundo colisionaba con la fe en la democracia. El fanatismo religioso, la esclavitud y la ignorancia, retaban a los principios del republicanismo –la libertad, la igualdad y la fraternidad.

Pero la “Generación Bataclan” –bautizada así esta juventud bohemia, multiétnica, estudiantil y profesional en alusión a la sala de conciertos atacada– se disponía a plantarle cara al terror. Con las jarras desbordantes de espumosa cerveza, a la sazón de incesantes risas y estruendoso entusiasmo, ensalzaban la joie de vivre, esa pródiga alegría locuaz de carácter francés, en el fondo envidiada por los yihadistas.

En el disfrute de los placeres simples hallaban ahora su mejor armadura.

Sobre las mesitas de estos cafés inundados de historia y reminiscencias literarias, la sociabilidad y el diálogo servían como escenarios de la cultura desarrollada. Una leal perseverancia se prestaba a la reflexión personal sobre estos tiempos convulsos y a un análisis franco de los lacerados sentimientos. Las relaciones y la comunicación se fortalecían, produciendo una suerte de familiaridad incluso entre desconocidos, aunados por un duelo común. Los allí sentados contemplaban a su derredor el espectáculo, no de la muerte, sino de la reluciente vida misma. Era un llamado a la convivencia armónica.

París no claudicaba y sus jóvenes hacían del miedo añicos. No darían gusto a los homicidas. Todo lo contrario. En aquellas tertulias se descorchaban las botellas de vino y coñac, y en la tenue luz flotaban anillos de humo de cigarrillos y puros. Besos románticos, sensuales y candorosos desvelaban un amor sin restricciones ni amonestaciones. Puntos de vista antagónicos eran debatidos con respeto mutuo. Inevitables frustraciones y desasosiegos desembocaban en procesos de catarsis.

Nadie escuchaba el discurso incendiario de los integristas musulmanes con más amenazas, pues las bandas musicales, algunas improvisadas, expresaban su arte por doquier, amenizando los encuentros de amistad. La sentida solidaridad con las víctimas y sus familiares estimulaba la vibración del alma de Francia y, por consiguiente, del alma de nuestra civilización. Erradicar la calamidad del terrorismo es ardua tarea que requiere una estrategia global. A sus filas, se suman cada día jóvenes delincuentes, radicalizados, impregnados ignominiosamente de implacable crueldad. Son una minoría. La mayoritaria Generación Bataclan, sin inmolarse, los desangra, irradiando la victoriosa y exuberante alegría de vivir.

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