Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: Miami pone a Dios en oferta

Los Administradores de la iglesia "The Church by the sea" de 70 años en Bal Harbour en la calle 96, han acordado venderla a las tiendas de Bal Harbour de al lado.
Los Administradores de la iglesia "The Church by the sea" de 70 años en Bal Harbour en la calle 96, han acordado venderla a las tiendas de Bal Harbour de al lado.

Las hordas de compradores abarrotaron los centros comerciales este fin de semana de Thanksgiving, pregonando la baratura de las mercancías que esencialmente define el ecosistema del agitado Viernes Negro. Con suma afición, ahínco y desvelo, los miamenses se abalanzaron a la caza de los más jugosos descuentos, saliendo alborozados con bolsas desbordadas de regalos.

Entretanto, Bal Harbour Shops acogió a consumidores más acaudalados quienes, contrariamente al vociferante colectivo, jamán alardearían de un precio rebajado. Pero las ventas abarcan mucho más que joyas, relojes, zapatos y carteras de marca. En este pedacito de Beverly Hills, el dinero todo lo compra, incluso la fe.

El afamado mall tiene planes de remodelación a un costo de $300 millones. En el proceso de ampliación territorial, hace tres años devotos de la aledaña iglesia Church by the Sea claudicaron ante el resplandor del oro, de modo que las futuras tiendas de lujo podrán reducir al silencio el eco de las plegarias elevadas en esa casa de oración, la edificación más antigua de la rica villa balnearia.

Su desaparición es inminente, pues las desidiosas autoridades de Miami-Dade denegaron hace escasos días proteger el templo con la clasificación de patrimonio histórico. Supongo que no ha de asombrarnos. En el gobierno condal manda el cash con absoluta supremacía.

En el umbral de las fiestas decembrinas, este lamentable hecho explica la cultura local de índole consumista, dando como resultado el prevaleciente enaltecimiento de las sustancias materiales, por encima de las espirituales e ideales.

La iglesia cristiana de denominación congregacionalista ha despertado vehementes críticas por abandonar principios que muchos consideran fundamentales. ¡Y con razón! Una mayoría de los miembros aprobó la venta del inmueble y aupó a la Junta de Preservación de Miami-Dade por votar a favor de los intereses comerciales, en lugar de defender su valor histórico. Informa el Miami Herald que los creyentes desalojaron la iglesia intempestivamente a comienzos de este mes sin siquiera contemplar una sede permanente en el horizonte; de momento, los servicios litúrgicos se efectúan en un suntuoso hotel vecino. Arrancaron grandes paneles de vitrales inicialmente sin consentimiento municipal, e incluso demandaron a la autoridad competente a fin de obligarla a conceder el permiso de demolición.

Ciertamente, un recinto sagrado no es ladrillo y argamasa. Las congregaciones se mudan por comodidad o por escasez de fondos o por sucesos inusitados. Cambiar ubicación no minusvalora el carácter de morada divina, de lugar santo, de oasis espiritual. Más allá de su cuerpo físico, un santuario es su feligresía. No obstante, sacrificar un espacio emblemático de Bal Harbour, en el cual durante décadas se han vertido lágrimas y cuitas; se han inhalado esperanzas y empeños; para abrir paso a Barneys New York y a otras boutiques exclusivas, es una medida descorazonada, egoísta y decepcionante. Un derrumbe civilizatorio.

No solo en el aspecto religioso. La identidad cultural y arquitectónica de nuestros vecindarios, herencia colectiva, son mutiladas, sin compasión, por la gula del desarrollo urbanístico desmesurado. Miami Beach, Coconut Grove, La Pequeña Habana y Sunny Isles Beach –donde las sirenas, los camellos y las pirámides otrora ornamentaron las pintorescas fachadas de los extintos moteles– han sido despojadas de su fisionomía y expresión, asediadas por un ejército de rascacielos homogéneos y proyectos inmobiliarios comerciales. Ahora, el alma de Wynwood como distrito de artes –cuyos impactantes murales de grafiti crearon una suerte de lozana piel de Miami–, está siendo usurpada por alquileres costosísimos de las propiedades, tiendas de moda, restaurantes finos y establecimientos nocturnos. Un exceso de desorden y tumulto.

“El amor es tu hogar”, proclama Church by the Sea en una enorme cartelera que suele inspirarnos cuando transitamos por la avenida Collins y la calle 96. “Donde hay amor, hay vida y propósito”.

Vale recordar que donde hay vida, también hay continuidad.

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