Daniel Shoer Roth

Lo que no dicen las encuestas

Reginald Brooks, izquierda, y Nay Akins, encienden velas en honor a King Carter, de 6 años,  durante una manifestación el jueves, 25 de febrero de 2016.
Reginald Brooks, izquierda, y Nay Akins, encienden velas en honor a King Carter, de 6 años, durante una manifestación el jueves, 25 de febrero de 2016. mhalper@miamiherald.com

Miami se transforma en una urbe dual, fragmentada por hirientes contrastes: enclaves ricos y barrios depauperados; lujos exorbitantes ostentados por unos y míseras penurias padecidas por otros; refinada cultura global y alto índice de deserción escolar; ambiente cosmopolita y violencia callejera; centros comerciales ultramodernos y deficiente infraestructura pública. Belleza y fealdad. Tranquilidad y peligro. Progreso y atraso. Memoria y olvido.

Y todo lo que separa un fenómeno del otro es una ventana de automóvil cerrada.

 


Tráfico de pesadilla y violencia juvenil preocupan a residentes de Miami

Lo comprueba una nueva encuesta sobre los problemas que aquejan a los habitantes de Miami. Esta vez, las discordancias son de índole racial, reflejo de un doloroso acontecer. Mientras que para la comunidad afroamericana, la violencia armada juvenil es el primer desafío, ya que por doquier los tiroteos en sus vecindades dejan un saldo mortuorio, a los blancos no hispanos ese mal casi no les concierne. Para este colectivo más próspero, el tránsito vehicular es la principal preocupación.

La indiferencia y el silencio sobre la escalada de violencia letal entre los miamenses que no residen en zonas marginales es en sí parte del problema.

Dennis Moss, el comisionado afroamericano con más antigüedad en el gobierno del condado Miami-Dade, ofrece al reportero Douglas Hanks una explicación independiente: “Las personas que pueden subirse a las autopistas y pasar por fuera de las comunidades y áreas en problemas, no entienden lo que está pasando en esos barrios. No tienen que lidiar con tiroteos desde automóviles. No tienen que lidiar con gente asesinada cada dos o tres días. Eso es algo que pasa a otros”.


Aunque la minoría negra representa un 17 por ciento de la población del condado, un 70 por ciento de los menores de edad fallecidos por armas de fuego en el curso de esta década pertenecen a dicho colectivo.

El matiz racial de las armas de fuego, empero, no es la enfermedad, sino un síntoma de esta coyuntura que omiten los sondeos de opinión.

Son las condiciones de exclusión social, el desempleo y la pobreza, así como la distribución desigual de recursos del erario –educación, acceso a los servicios de salud y saneamiento para mejorar las condiciones higiénicas de las zonas marginales– las que obstruyen el camino hacia la seguridad ciudadana. Porque los crímenes sobrevienen predominantemente en áreas precarias de la ciudad con escasa protección policial.

Los prejuicios hacia el hombre de raza negra, acentuados por los noticieros y la industria del cine, como peligro para la sociedad civil se remontan a siglos atrás. La brutal esclavitud mercantil y posterior segregación dejaron hondas heridas aún sin sanar. Hoy, proliferan las detenciones basadas en perfiles raciales y los actos de abuso perpetrados por agentes para el cumplimiento de la ley.


Miami no solo voltea la mirada ante la violencia armada cotidiana. También la esconde cuando se trata de las carencias de las personas sin techo y de los niños bajo custodia del sistema estatal de bienestar infantil –las poblaciones más vulnerables e ignoradas.

No comprendemos que los individuos sin hogar, a quienes las autoridades municipales pretenden hacer desaparecer por arte de magia, frecuentemente sufren enfermedades mentales u otras contrariedades de salud, como la drogadicción y traumas. Flagelo este a recrudecerse en las próximas semanas, cuando cientos de indigentes pierdan sus lechos en refugios transitorios por la amputación de fondos federales.

Los multimillonarios, las corporaciones, las fundaciones y los gobernantes locales prefieren distribuir donaciones o dinero de los contribuyentes para erigir museos, auditorios, centros de convenciones y estadios deportivos. ¿Y los desamparados? ¡A la calle de nuevo!


Cada uno de nosotros abriga ciertos prejuicios. Es irremediable. Nos son infundidos a temprana edad y esta sociedad los fomenta. Miami no es diferente. Pero la historia nos enseña que esta ciudad sabe estrechar una mano amiga y comprensiva. Y de su gente emanan regularmente gestos de bondad y hermandad. Solo hace falta bajar la ventana para respirar aire fresco.

Los invito a visitar el pabellón de el Nuevo Herald en Cuba Nostalgia, donde estaré presente el próximo domingo para compartir con mis estimados lectores.

Escritor venezolano, periodista, biógrafo y cronista de Miami.

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