Daniel Shoer Roth

Crisis de valores bajo el filo del bisturí

Heather Meadows, de 29 años, vecina de West Virginia y madre de dos niños, que falleció la semana pasada tras una cirugía cosmética en una clínica de Hialeah.
Heather Meadows, de 29 años, vecina de West Virginia y madre de dos niños, que falleció la semana pasada tras una cirugía cosmética en una clínica de Hialeah.

Al debate sobre las cirugías estéticas en las clínicas privadas de Miami le falta sustancia. O mejor aún, un rejuvenecimiento de rostro.

Tras el trágico deceso de una joven madre proveniente de Virginia Occidental, que lastimosamente se suma a otros previos, la opinión pública y los medios de comunicación se concentran en criticar la parca vigilancia gubernamental de esta industria que se lucra de la baja autoestima. No se le puede achacar al Estado de Florida la responsabilidad de los numerosos casos de negligencia médica, ya que la raíz del problema reside, más que en la regulación, en los valores de una mayoría de la sociedad.


Para empezar, es un desacierto dar por hecho que las cirugías plásticas optimizan el atractivo de mujeres jóvenes que no presentan defectos congénitos o se hayan desfigurado en accidentes. Porque el verdadero encanto son la belleza y gracia naturales. En efecto, ninguna de las víctimas de los procedimientos cosméticos en Miami era “mal parecida” antes de someterse al peligroso bisturí con tal de verse distinta.

Hoy, Linda Pérez, de 21 años ha recuperado algunas facultades del trágico procedimiento de aumentos de senos del 2013. Ganó peso, puede decir algunas palabras y pararse sola por pocos segundos. Sin embargo, los médicos pronostican que no podrá rec

Asociar en la prensa los cambios quirúrgicos de la figura corporal por vanidad –no por razones de salud– con la mejora de la imagen física, valida una malsana creencia fomentada por los mercaderes de la moda, la medicina, la farmacología, la publicidad y la televisión: el alcance seguro de la felicidad interior por medios externos. Ya sea el culto al físico o la compra de un producto.

Un bombardeo de comerciales de procedimientos cosméticos desde lipoinyección glútea hasta “rejuvenecimiento vaginal”, promete la curvilínea figura de la Barbie. Y para los hombres, la del fornido y cabelludo Hércules.


Así florece en esta meca de la superficialidad el inescrupuloso mercado negro de las cirugías plásticas, propulsado por un batallón de falsos cirujanos y médicos sin licencia que seducen, con la oferta de procedimientos más baratos, a pacientes de menores recursos.

Es cierto, sí, que las autoridades de salubridad pudieran proteger más al consumidor y ejercer con mano dura mayor presión sobre los centros quirúrgicos que explotan la inseguridad personal, y a veces ni siquiera pertenecen a médicos. Es menester una normativa que resuelva el entuerto de estos tenebrosos comercios, hoy exentos incluso de la vigilancia de la Agencia de Administración de Servicios de Salud. Es inaudito que en la clínica de Hialeah donde acaeció la última tragedia al complicarse una transferencia de grasa autóloga, ya habían fallecido dos pacientes y otros terminaron en el hospital.

Linda Pérez se recupera lentamente luego de caer en coma tras una operación de aumento de senos (2013).

Sin embargo, una regulación rigurosa no solventará la crisis. Sucedió con las clínicas para el “alivio del dolor”, generosos dispensarios de opiáceos que desataron una epidemia de muertes por sobredosis. Tallahassee implementó severas restricciones en las recetas médicas y encarceló a narcotraficantes de bata blanca. ¿Cuál fue el resultado? Un repunte del consumo de heroína traficada desde México, fácil de conseguir y económica. El problema subyacente es la enfermedad de la adicción, por lo cual más efectivo que el Estado policial son el tratamiento para la dependencia de las drogas y la asistencia social para el fortalecimiento de las estructuras familiares.


Restringir las operaciones de los centros quirúrgicos privados o el cierre de clínicas, si bien imperioso, no es un remedio absoluto para evitar los decesos, hospitalizaciones y deformaciones estéticas, pues prevalecerá la obsesión por la imagen corporal en una sociedad que promueve un prefabricado ideal de belleza. Aquel que se siente vacío e inconforme consigo mismo, buscará algún extravagante método con la esperanza de clonar la fisionomía y personalidad de otros.

Cuidarse, hacer ejercicio y proyectar una imagen agradable es positivo para el cuerpo y el espíritu. Dormir bien, alimentarse sano, evitar la sobreexposición al sol, dedicar tiempo al ocio y consumir suplementos naturales contribuyen a una saludable y prolongada vida. Pero hacer del cuerpo el centro de nuestra existencia es adverso, porque las grietas del andar y el reloj biológico son invencibles. A fin de cuentas, la cirugía menos costosa y más confiable es la aceptación y el amor propio.

Escritor venezolano, periodista, biógrafo de Monseñor Agustín Román y cronista de Miami.

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