Daniel Shoer Roth

La espantosa amenaza del terror y la colisión de civilizaciones

Con el lago Eola en el fondo, el sol se pone en Orlando, Florida, detrás de un monumento en honor a las víctimas de un tiroteo masivo que dejó 49 víctimas.
Con el lago Eola en el fondo, el sol se pone en Orlando, Florida, detrás de un monumento en honor a las víctimas de un tiroteo masivo que dejó 49 víctimas. The Washington Post

El miedo se ha convertido en un sentimiento cotidiano y globalizado.

A una amiga le dio miedo acompañarme a ver los fuegos artificiales desde la arena de Miami Beach el 4 de julio por miedo al terrorismo. Un vecino que está por salir a Europa no quiere ir al viaje por miedo a un atentado. Mi hermana en los suburbios de Orlando ha visto las secuelas del horror en su entorno y teme por sus bebés.

A todos –y en cualquier momento– nos afecta: es más la amenaza del terror que el terror mismo, una sensación de estar viviendo una suerte de epílogo de los tiempos.


Nos sentimos muy vulnerables y frágiles, al percibir cómo, con astucia, los terroristas se anticipan a las grandes estrategias de seguridad pública sin material bélico. Sucedió en el famoso bulevar Promenade des Anglais de Niza el jueves, cuando un insospechable camión irrumpió la noche que para muchos parecía perfecta, dejando a su infernal paso un reguero de muerte, escenas de pánico y de huida colectiva. Un nuevo episodio de tragedia terrorista.

Los extremistas saben de dimensiones simbólicas. Escogieron los festejos del 14 de julio, Día de la Bastilla, fecha en la cual, en 1789, el famélico pueblo francés se alzó contra el absolutismo de una monarquía opresora, detonando así la Revolución Francesa, el movimiento que definió los cimientos de los derechos ciudadanos y la democracia representativa y participativa en la que vivimos. Progreso político, económico y social a los que la doctrina del fundamentalismo islámico se opone.

Niza y sus alrededores en la cosmopolita Côte d’Azur llevan en sí una imponente majestad y un grandioso espectáculo de la naturaleza se suma a la vista. ¿Quién no sueña visitar algún día la turística ciudad balneario? ¿Y quién no anhela contagiarse de aquella alegría y algarabía que convocaron a los franceses a la celebración para disfrutar los tradicionales fuegos artificiales?

La barbarie ha emergido con una pujanza inusitada y se ha hecho una aspiración consciente para las ramas más violentas y radicales dentro del islam. Lo han dicho, su blanco son “los infieles del mundo”.


El Estado Islámico ha llamado a sus fieles a atentar indiscriminadamente con cualquier arma, desde rocas y cuchillos, hasta vehículos y veneno. A diferencia de otras fuerzas malévolas de la historia, el freno a la muerte propia ya no existe, lo cual dificulta prevenir acciones suicidas de combatientes yihadistas o de lobos solitarios inspirados por esa ideología enraizada en el Corán.

Un terrorismo de fibra religiosa que intenta justificarse por la política exterior de otras naciones. Un “choque de civilizaciones”, como elaboró un erudito de Harvard. La tabla de valores y derechos humanos de Occidente no es universal ni se acomoda a culturas capaces de suprimir toda contención moral al uso de violencia.

Francia es exponente de esa fe en la democracia, la tolerancia y el respeto al ser humano, principios reflejados en la identidad de las víctimas: niños judíos camino a la escuela en Toulouse; caricaturistas portadores de libre expresión en Charlie Hebdo; jóvenes exteriorizando la joie de vivre en un concierto de rock en la sala Bataclan; ciudadanos honrando su herencia ancestral en la más emblemática fecha patria.


Ya no hay lugar seguro en el mundo, ni siquiera en Estados Unidos. El terror está a un latido de distancia, en un maratón, un aeropuerto, una discoteca, un paseo marítimo. Y la ansiedad es global.

Pero, coartar nuestros movimientos frente al desafío terrorista, dejando de ir a ver los fuegos artificiales, cuestionando un encantador viaje por el Viejo Continente, pensando dos veces si llevar o no a los niños a parques temáticos, es dejar a los fanáticos imponer su pavor. En el disfrute de los placeres simples hallamos nuestra mejor armadura para combatir esa plaga criminal. Una meta nada fácil cuando uno valora su propia vida y la de sus seres queridos.

La libertad, la igualdad y la fraternidad atacadas en Niza jamás serán derrotadas.

Escritor venezolano, periodista, biógrafo y cronista del acontecer de Miami.

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