Daniel Shoer Roth

La muerte de Jada

Jada Page de 8 años.
Jada Page de 8 años.

Hablemos con franqueza, sin tapujos. La muerte prematura y violenta de la pobre angelita dejó un desconsuelo profundo, un dolor incesante aunado a otros pesares que nos afligen como comunidad; un llanto amargo de desesperación oprimido por la criminalidad.

La expresión de su celestial semblante y la ternura que la hacía palpitar quedaron grabadas en esa fotografía llena de vida que hoy acompaña su obituario a la edad de ocho años. Fue tomada hace dos semanas, el primer día del curso escolar. Henchida de ilusiones, Jada Page iniciaba cuarto grado en una escuela nueva para ella, donde conocería alegrías inéditas, forjaría amistades y aspiraría al gran baluarte del conocimiento.


La aventura del descubrimiento tiene varios senderos, y el domingo pasado, la pequeña se alistó risueña para ver una película en el cine con su papá cuando su cabecita fue tocada por un destino infeliz. La fatalidad fijó en ella su cruel mirada. Una balacera frente a su vivienda. Un disparo a un blanco equivocado. Una víctima inocente. Una niña herida. Un milagro implorado por su salvación que nunca se obrará. Una demoledora tragedia.

Desde el martes, el alma de Jada surca un cielo remoto, mas su nombre se inscribe en un infierno cercano: una extensa lista de menores que dan con la hora suprema en las peligrosas calles de las barriadas marginales de Miami, donde la violencia armada está en pie de guerra, dejando graves consecuencias sociales en nuestra ciudad.

Se repite la historia de vidas difuminadas y extinguidas sin ningún sentido; de niños caídos en medio de tiroteos por culpa de las pandillas locales, el trasiego de drogas, la proliferación de armas en manos de criminales, la marginalización de minorías étnicas y la implosión de las estructuras familiares.

Jada y su padre se encontraban en el jardín frontal de su casa, en horas vespertinas, a punto de salir, cuando fueron tiroteados desde un vehículo que nunca se detuvo. Una bala alcanzó el cráneo de la hija. Según la Policía, el padre, también herido, era el objetivo de los malhechores. “No comprendo cómo pueden dormir por la noche sabiendo que mataron a mi niña...”, proclamó la madre lacrimosa, desesperada, abatida por la angustia y hambrienta de consuelo. “Por favor, no se escondan más… que alguien nos diga algo”.


Nadie le responde. Nadie la mira. Nadie le dice una palabra. Miami oculta el rostro entre sus manos y se lleva a la boca el silencio cómplice. La gente, en su mayoría tan absorta en sus cosas, es bastante indiferente. Pero no se puede permanecer neutral, inactivo o impasible frente a las necesidades de seguridad de las comunidades minoritarias más afligidas, concentradas en áreas precarias de la urbe con parco acceso a oportunidades de empleo y educación.

Hace seis meses, acaeció una calamidad parecida. King Carter jugaba con sus amiguitos afuera de un conjunto residencial, mientras unos adolescentes de bandas rivales se enfrentaban a tiros en la vecindad. El niño de seis años, que soñaba con ser policía, cayó acribillado en medio del fuego cruzado. Se convocaron marchas para llamar la atención sobre la violencia callejera, se organizaron vigilias y abundaron los discursos políticos prometiendo reformas.


Cambios concretos no hubo porque padres de niños como King o Jada siguen temiendo que las calles de Miami se cobren la vida de sus retoños. Es menester implementar, a escala local, un modelo de intervención para el control y la prevención, basado en alianzas de confianza y colaboración, mediante acciones encaminadas al mejoramiento de una seguridad integral y el bien común. La seguridad ciudadana constituye la principal preocupación entre sectores de la población que en la violencia armada hallan un obstáculo para el desarrollo humano.

En nuestra urbe fragmentada por hirientes contrastes entre enclaves ricos y barrios depauperados, lujos exorbitantes y míseras penurias, refinada cultura y deserción escolar, lastimosamente muchos perciben los tiroteos como un problema distante y ajeno. Pero esta crisis social atañe a todos. Por el amor al prójimo y a Jada.

Escritor venezolano, periodista, biógrafo y cronista del acontecer de Miami.

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