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Fabiola Santiago

Quieren prohibir las peleas de gallo pero Donald Jr. si puede cazar lo que quiera

Veamos: Estados Unidos intenta obligar a Puerto Rico a renunciar a las peleas de gallos, pero Donald Trump Jr. consigue matar ovejas en peligro de extinción en Mongolia por diversión.

¡Ay, los americanos!

Somos conocidos por ser crueles con los animales propios y los de otros países, pero cuando se trata de las costumbres y tradiciones de otras culturas, no tenemos ni pizca de tolerancia o comprensión.

Ya sea que se trate de corridas de toros en España, en el sur de Francia y Portugal o peleas de gallos en el Caribe y Miami, atacamos las prácticas en nombre de oponernos la crueldad hacia los animales.

¡Neandertales!

¡Salvajes!

¡Bárbaros!

Mirémonos en el espejo, digo yo.

Si cree poder resistirlo, busque #hunting #huntingseason en Instagram y vea el placer con el que la mayoría de hombres y mujeres blancos matan animales hermosos y posan con orgullo para fotografías con su llamado trofeo.

Odio en igual medida toda la violencia, ya sea la cacería por deporte, las corridas de toros o las peleas de gallos. Pero a lo que me refiero aquí es a la capacidad de los estadounidenses de tener los ojos vendados cuando se trata de sus propios pecados y deficiencias, comenzando con Trump Jr.

En nombre del deporte, el hijo del presidente mata sin permiso un argali raro, una oveja en peligro de extinción que vive en Mongolia; y nosotros estamos legislando para prohibir una tradición de 400 años en Puerto Rico que data de la época colonial. También hay que tener en cuenta que es una industria que emplea a miles de personas y genera cientos de miles de ingresos para el estado libre asociado.

Lo entiendo. Los gallos se atacan entre sí y extraen sangre con sus espuelas. Uno de ellos generalmente termina muerto. La gente apuesta por cuál gana la pelea.

Es repugnante en varios niveles.

Pero también lo es la caza de trofeos a la que los hermanos de la primera familia estadounidense son tan aficionados, como lo son el resto de los 13.7 millones de cazadores del país. La gran mayoría de ellos usa rifles, escopetas o pistolas, según el Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos.

A mí me parece una masacre en masa.

Me indigna y me repugna la matanza de todos ciervos, osos y cualquier otro animal al que le hayas disparado con tus armas semiautomáticas — ¡cobardes! —solo por sentir esa emoción machista. Y además exhibes la evidencia en las paredes de mal gusto de las cabañas de montaña de costa a costa.

No hay nada más cruel que lo que sucedió con los osos negros de la Florida en 2015 cuando la Comisión de Conservación de Pesca y Vida Silvestre permitió una cacería de trofeos que resultó en más de 304 osos muertos en el corto lapso de dos días.

Fue una espantosa salvajada.

Los cazadores mataron a 40 madres lactantes y dejaron 100 cachorros muriéndose de hambre. Y, por supuesto, los más cobardes del grupo, además de sus armas, usaban cebos ilegales para atraer a los osos al campo de tiro.

Se escuchaba a los osos heridos aullar en una cinta de audio que se presentó ante la comisión, que tuvo que detener la caza.

Este año, ante una oposición abrumadora, la agencia decidió abordar de manera menos cruel (ciencia y conservación) el control de la creciente población de osos en el ambiente natural.

A salvo, pero solo por ahora.

No aprendieron nada: dejaron la puerta abierta para futuras cacerías.

No, Estados Unidos, no tiene la autoridad moral para atacar a los puertorriqueños.

No cuando el hijo mayor de la familia presidencial, Donald Jr., hace un viaje de cacería de verano a Mongolia con su pequeño hijo Donnie y le dispara a un hermoso argali, un tesoro nacional, de noche y con una mira láser, mientras el animal dormía, informa ProPublica.

También mató a un ciervo rojo protegido con permiso de cacería durante la expedición, comprando la licencia en una subasta de la NRA y bajo seguridad pagada por los contribuyentes estadounidenses.

Después de haber llevado a cabo el hecho ilegal de cazar sin permiso oficial, que rara vez se expide, Trump Jr. luego visitó al presidente mongol, recibió trato especial y se le expidió el permiso a posteriori, días después.

Gracias a los registros y testimonios de guías, reunidos por ProPublica, sabemos que Trump Jr. impidió que los lugareños desmembraran el animal muerto y les indicó que transportaran el cadáver sobre una lámina de aluminio para no maltratar los cuernos y el cuero.

Parece que alguien está montando un trofeo sobre una nueva alfombra argali en otra versión de “The Tacky Houses of the Rich and Famous, Special Edition: Rare Species”. (Las casas de mal gusto de los ricos y famosos, Edición Especial: Especies Raras).

Y, ¿nos indignamos cuando los gallos puertorriqueños hacen lo suyo en nombre de los isleños que se ganan la vida?

Con la esperanza de bloquear la prohibición del gobierno federal a las peleas de gallos, que supuestamente entraba en vigencia el pasado viernes, la gobernadora de Puerto Rico, Wanda Vázquez, ha firmado una ley para tratar de salvar la industria. Pero no está claro qué puede lograr con ello. Posiblemente solo conduzca a una batalla legal prolongada.

Y mientras tanto, sin duda, algunas peleas de gallos pasarán a la clandestinidad, como suele suceder en Miami y en otros lugares de Estados Unidos donde hay consumidores y fanáticos.

Es doloroso para los gallos, criados para ser agresivos y luchar hasta la muerte. Los defensores de los derechos de los animales, PETA y ASPCA, con razón, llaman a las peleas de gallos “un deporte sangriento”.

Pero, antes de que los estadounidenses del continente ataquen a Puerto Rico por querer mantener vivo su legado y la industria de las peleas de gallos, debemos mirar muy bien nuestro espejo de bienestar animal.

La única diferencia es que nuestros neandertales, salvajes y bárbaros son personas privilegiadas.

Es una vista sangrienta, también, en Estados Unidos.

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Fabiola Santiago
Opinion Contributor,
Miami Herald
Award-winning columnist Fabiola Santiago has been writing about all things Miami since 1980, when the Mariel boatlift became her first front-page story. A Cuban refugee child of the Freedom Flights, she’s also the author of essays, short fiction, and the novel “Reclaiming Paris.” Apoye mi trabajo con una subscripción digital
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