En EEUU están aprendiendo a vivir como se vive en Cuba y Venezuela sin el coronavirus
En una charla cibernética, una de mis hijas maestras que ahora trabaja desde su casa en el norte de la Florida, envía este texto: “Esto me da mucha tristeza. Hoy hablé con una mamá que me dijo que había pasado la mañana corriendo por la ciudad buscando carne y papel higiénico”.
Lo único que se me ocurre responderle sale directo del corazón.
Los estadounidenses, en medio de la escasez de alimentos y suministros y las limitaciones a las libertades personales, están experimentando lo que sucede en Cuba y Venezuela, sin coronavirus.
¿Ha oído hablar de sobrevivir solo con comida comprada con una libreta de racionamiento? ¿O pararse horas en cola, y cuando llega su turno, la bodega se ha quedado sin lo que vino a conseguir?
Esta es la realidad cotidiana para el pueblo cubano, que después de un breve período de abundancia y esperanza durante la apertura del presidente Barack Obama a algunos negocios y relaciones, se vio obligado a volver a las sanciones, a un endurecimiento del embargo de Estados Unidos, a la escasez, la represión y la mala gestión económica de su nuevo liderazgo comunista.
Es la misma historia en la Venezuela socialista de Nicolás Maduro, un país con las mayores reservas comprobadas de petróleo del mundo, donde los niños literalmente mueren de desnutrición, como informó el New York Times mucho antes del ataque del coronavirus. Un país en el que ahora Maduro y otros altos funcionarios, en medio de la pandemia, quedan acusados por el Departamento de Justicia de los Estados Unidos de convertir a Venezuela en un narcoestado que colabora con un grupo guerrillero de izquierda colombiano que exportó cocaína a Estados Unidos.
Las gentes desesperadas en los barrios más pobres de Caracas usan toallas como máscaras y desafían la cuarentena en búsqueda de aquello que no pasa por sus viejas tuberías y sin lo cual no pueden vivir: agua.
“¿Cómo puedo lavarme las manos si no hay agua?” pregunta un hombre en un video de la agencia de noticias EFE que muestra a la gente congregándose para llenar jarras de plástico.
Una cubana que llegó recientemente a Miami con visa de turista me cuenta: “Dejé una Cuba muy triste.”
Huyó como lo han echo otros que pueden de la reacción tardía de Cuba a la amenaza del coronavirus y al escandaloso cortejo de turistas extranjeros en Europa cuando todos los demás estaban cerrando las fronteras para limitar la transmisión.
“Todo está a la deriva; la gente carece de información”, dijo la mujer. “Las colas de comida son increíbles. Lo que sea que esté sucediendo aquí es mucho mejor de lo que sucede allá”.
Pero, para los cubanoamericanos, lo que está sucediendo en Estados Unidos, y particularmente en el sur de la Florida, nos recuerda otra historia vivida.
Escasez de alimentos
Antes de que el nuevo coronavirus nos arrastrara a todos en un frenesí a llenar nuestros refrigeradores y despensas, yo ya sufría de una forma única de Trastorno por Estrés Postraumático (TEPT) en Miami: Haber crecido en Cuba.
Ya eran suficientemente chocante los elogios persistentes del candidato demócrata Bernie Sanders a Fidel Castro y al sistema educativo de la Cuba comunista, los cuales me regresaron a mis ansiedades infantiles del Estado policial. Y ahora aquí estamos, en Estados Unidos, en medio de una escasez de alimentos y suministros.
¿Có-o-o-mo? ¿No hay malanga en mi Winn-Dixie cubanizado?
¡Ya no hay pollo en Publix!
¡La abundante barra de ensaladas y comida caliente de Whole Foods está vacía!
Sin leche fresca, sin huevos, mi mente vuelve al auto de mi padre en un viaje prohibido al campo para traer a la ciudad los suministros de alimentos en la Cuba de racionamientos en los 1960s, post embargo de Estados Unidos.
Al regreso, milicianos vestidos con uniformes militares verdes nos interceptan. Mi madre comienza a meter la carne y las verduras bajo su ropa, como si estuviera embarazada, mientras mi padre dice que mantengamos la calma y sale del auto. No sé lo que hizo, pero el adulto en mi sospecha que los sobornó.
Caminan alrededor del auto en una búsqueda simulada y nos dejan pasar el punto de control.
La escasez era épica antes de que saliéramos de Cuba hacia Estados Unidos en 1969. Solo se permitía comprar, por ejemplo, la cuarta parte de una barra de pan por persona. La situación solo siguió empeorando.
Imagínese lo que fue para las personas que se quedaron y vivieron el “período especial” de Cuba a principios de la década de 1990 después de que la isla perdiera los subsidios soviéticos. Tuvieron que hacer empanadas de cáscaras de naranja y los niños bebían agua azucarada para el desayuno. Recuerdo que mi madre envió tabletas de vitamina C a una primar para tratar el escorbuto, una enfermedad de fines del siglo XVIII.
¿Es de extrañar que el éxodo al sur de la Florida de personas en balsas y botes caseros siguiera al hambre extrema en 1994?
¿O por qué, décadas después, ahora sufrimos en la era del coronavirus una especie de trastorno colectivo de estrés postraumático cubano-estadounidense, venezolano-estadounidense por escasez y cierres?
Las experiencias en nuestras patrias quizás también expliquen por qué las personas en Miami-Dade son acaparadores, ya sea cuando se avecina un huracán en el Caribe, o ahora, cuando nos estamos preparando para un apocalipsis pandémico que nos mantendrá encerrados en casa, quién sabe por cuánto tiempo.
Papel higiénico y carne
Anímense, estadounidenses.
Los cubanos habitualmente no tienen papel higiénico.
Usan el periódico oficial del estado, Granma.
La carne se considera un manjar, demasiado cara cuando está disponible para personas cuyo salario promedio es de $44 por mes.
El coronavirus nos está enseñando humildad.
Esto sí puede suceder en lo que nos gusta presumir es la nación más grandiosa de la Tierra.
Twitter: @fabiolasantiago. Correo: fsantiago@miamiherald.com.
Esta historia fue publicada originalmente el 30 de marzo de 2020, 0:33 p. m..