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Fabiola Santiago

Florida, ponte la máscara de una vez por todas o vamos a tener coronavirus por rato

Metiste la pata, Florida.

Demasiados de ustedes no usaron la máscara, y ahora todos lo estamos pagando.

Demasiados se apresuraron a aceptar una apertura que se produjo sin la aplicación de medidas de seguridad.

Demasiados de ustedes atendieron las desdeñosas y falsas diatribas del presidente y los mensajes mixtos del gobernador y los alcaldes que anteponen la economía a la salud.

Bajaron la guardia al escuchar la palabra “reapertura”, y nuevamente el estado ha estado registrando los más altos números de casos de coronavirus en un solo día desde que comenzó esta pandemia de pesadilla: 5,266 el lunes y seguimos contando.

El condado Miami-Dade, centro de la pandemia en el estado, ya superó las 35,000 infecciones.

Al momento de escribir este artículo, la Florida tenía 146,341 casos confirmados de COVID-19, uno de los 21 estados del país que alcanzó nuevos e inquietantes registros después de las reaperturas que muchos habían advertido eran prematuras y excesivamente optimistas.

Nuevamente es el déjà vu de marzo.

LARGAS COLAS PARA PRUEBAS DE COVID-19

El espectáculo demasiado familiar de caravanas de automóviles haciendo cola durante horas en los sitios de prueba se ha convertido de nuevo en algo recurrente en los puntos álgidos como Miami-Dade, donde la espera empeora con el calor del verano.

Las tiendas de comestibles Publix y Aldi acaban de confirmar al Miami Herald la presencia de 13 contactos más donde los empleados tuvieron resultados positivos por el coronavirus en el sur de Florida. Esto, encima de los 40 y pico que ya se habían reportado.

Pero como no va a ser así si durante la primera semana de reapertura en uno de los Publix que visité, los empleados comenzaron a comportarse como si eso significara la relajación de precauciones de seguridad.

Un empleado sacó una olla de sopa sin guantes. El distribuidor de mariscos no pudo molestarse en ponerse dos guantes para manejar mi pedido de pescado. El empleado de inventarios, que antes hacía cumplir la regla de desplazamiento en un solo sentido, dejó de recordarles a las personas que iban en el sentido equivocado.

Las personas que no toman medidas para evitar la contaminación tampoco son conscientes de ello en su vida privada.

Y entonces, aquí estamos.

El nuevo estado precario de infecciones por coronavirus en la Florida, un “crecimiento exponencial”, como los funcionarios de salud pública llaman al incremento, era tan predecible.

Cuando el alcalde de Miami-Dade, Carlos Giménez, estaba promoviendo la reapertura del condado a principios de mayo, alardeó en un programa de noticias del domingo por la mañana: “Estoy realmente orgulloso de la manera como las personas en el condado de Miami-Dade han cumplido con las reglas”.

No pude evitar responderle a mi televisor: ¿Usted no anda mucho por la ciudad, verdad alcalde?

Solo tiene que salir por la puerta para ver por qué tenemos una nueva oleada de infecciones del coronavirus, tanto en el sur de Florida como en el norte del estado, donde para empezar, tanta gente jamás creyó en el uso de la máscara.

Incluso con las órdenes vigentes de quedarse en casa, vi a grupos de individuos reunidos por las mañanas, sin máscaras, hablando uno al lado del otro, en las famosas ventanitas donde se juntan para tomar sus dosis de café cubano, o fuera de la tienda de bagels, o en el estacionamiento de lugares de trabajo.

Las fiestas familiares, y otras fiestas también, como la celebración del Cinco de Mayo en mi área, nunca se interrumpieron realmente.

En una visita reciente a Jacksonville, me sorprendió ser la única que llevaba una máscara en el concurrido Arboretum & Gardens, a pesar de las pautas que aconsejan: “Se recomienda encarecidamente usar máscaras y cubrirse la cara a todas las personas mayores de dos años”.

En una visita a Orlando, no me sorprendió la división del uso de máscaras que fraccionaba el público según líneas partidistas: la mitad de las personas las usaban en las tiendas; la otra mitad se negaba a hacerlo, como una declaración política; y nadie más que yo la llevaba durante mis caminatas por el barrio.

Algunas partes de Miami también son así.

En las plazas del Turnpike donde me detuve, vi a la gente bombeando gasolina sin guantes y alejándose sin siquiera hacer un esfuerzo para usar el desinfectante de manos junto a la puerta.

No, no aprendimos las lecciones la primera vez, así que aquí está el coronavirus afirmando su presencia en nuestras vidas, mientras los superintendentes y los presidentes de universidades nos dicen que los chicos volverán a la escuela en dos meses.

Es escalofriante pensarlo.

Y ya sabes lo que dicen sobre lo que no aprendiste; que volverá para morderte, ya sabes dónde.

No usaste la maldita máscara y los expertos en inmunología y enfermedades infecciosas dicen que el aumento de nuevos casos significa que la Florida está entrando en una nueva fase de la pandemia —y es como la primera fase.

ESTIMADOS DEL COVID-19

Entonces pregunto, ¿cuál será el número inaceptable en cuyo momento hagamos obligatorio el uso de máscaras en la Florida?

Ya llevamos dos semanas viendo escalofriantes cifras de casos diarios. Luego, hay que tener en cuenta lo que Robert Redfield, director de los Centros para el Control de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés), dijo el jueves sobre el verdadero número total de infecciones: “Nuestra mejor estimación en este momento es que por cada caso que se informa, en realidad hay otras 10 infecciones”.

Eso serían hoy 1,463,410 en la Florida y más de 25 millones en Estados Unidos.

Las personas mayores que murieron no te conmovieron.

Una familia entera aniquilada en Miami-Dade por el coronavirus no te conmovió.

Algunos de ustedes lo descartaron como solo una tragedia singular.

Floridiano, si la posibilidad de que más de un millón de personas en nuestro estado ya estén infectadas con una enfermedad mortal no te impacta lo suficiente para que uses una máscara cada vez que salgas por la puerta, nada lo hará.

Sé responsable, si no por ti mismo, por el bien de los padres que enfrentan la posibilidad de tener que enviar a sus hijos a la escuela en medio de una pandemia que está lejos de estar controlada.

Imita el comportamiento de los expertos en salud, no el de los tontos políticos.

Usa la maldita máscara.

Twitter: @fabiolasantiago. Correo: fsantiago@miamiherald.com.

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Fabiola Santiago
Opinion Contributor,
Miami Herald
Award-winning columnist Fabiola Santiago has been writing about all things Miami since 1980, when the Mariel boatlift became her first front-page story. A Cuban refugee child of the Freedom Flights, she’s also the author of essays, short fiction, and the novel “Reclaiming Paris.” Apoye mi trabajo con una subscripción digital
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