Miami y Florida son símbolos internacionales de la desastrosa gestión del COVID-19
Los líderes en la Florida y el epicentro del coronavirus de Miami-Dade han fallado tan estruendosamente en el manejo de la respuesta a la infecciosa enfermedad que nos hemos convertido en el símbolo de COVID-19 en el extranjero.
“Miami tiene más casos de COVID-19 que toda Australia, y miles más se diagnostican todos los días”, informa la Corporación Australiana de Radiodifusión (ABC) en un segmento especial sobre la Florida.
Es cierto.
Aunque Australia — con una población de 25 millones, algo comparable a los 23 millones de la Florida — también está viendo un resurgimiento de nuevos casos, el número total de personas infectadas con el coronavirus acaba de superar los 18,300.
El número de muertes el lunes eran de 221.
En comparación, el condado de Miami-Dade ese mismo día reportó 123,644 casos confirmados de COVID-19 y 1,694 muertes.
Los australianos están alarmados y toman estrictas medidas.
Melbourne, el equivalente de Miami-Dade como el punto álgido, se encuentra en aislamiento, un encierro más severo que el que hemos experimentado aquí. Los funcionarios establecieron un “límite rígido” alrededor de la ciudad y cerraron sus fronteras con Nueva Gales del Sur.
Sin mandato de máscara
Por el contrario, la Florida con sus fronteras abiertas, sin orden estatal de uso de máscara, alcanzó un nuevo récord devastador de muertes la semana pasada, aumentando el lunes el número de residentes que fallecieron en el estado a causa del nuevo coronavirus a 7,157.
Y la cifra de casos de infecciones confirmadas en la Florida la semana pasada superaron al total del año entero en Australia en cuestión de un par de días.
El total de casos de residentes infectados de la Florida el lunes: 491,884.
Vamos a alcanzar el indicador de medio millón en cualquier momento.
Los hospitales y las funerarias están abrumados.
En el Sistema de Salud de Jackson, el sindicato que representa a 5,000 enfermeras y médicos ha pedido que se emita una orden de uso de máscara para todo el estado.
En Hialeah, los vecinos temerosos de la propagación del coronavirus, se quejaron de la fetidez que emana de un contenedor de congelación que contiene cadáveres para una funeraria cerca de sus hogares. Un hecho macabro y sin precedentes.
Los vecinos del norte también están haciendo sonar la alarma a medida que las tasas de infección se disparan en ciudades como Jacksonville, Tampa y Orlando.
Sin embargo, el gobernador Ron DeSantis se niega a ordenar el uso obligatorio de máscaras para todo el estado y está presionando para que las escuelas vuelvan a abrir la educación presencial en el salón de clases y habla sobre abrir los bares. Esto, aunque el número de muertos incluye niños, y los funcionarios de salud pública advierten sobre el daño permanente que la enfermedad puede causar a los jóvenes que se recuperan.
Si bien los distritos escolares públicos fuertemente afectados por el COVID-19 ofrecen a los padres al menos la opción de aprendizaje en línea, las escuelas privadas y chárter, incluso en Miami-Dade, obligan a los maestros a elegir entre su salud y su sustento.
No, no hemos aprendido nada desde que comenzó la pesadilla del COVID-19.
Es por eso que algunos hispanos le han puesto un apodo al gobernador: “Ron Desastre”.
Cómo llegó la Florida y Miami-Dade a este punto
La Florida ha sido un caso ejemplar de mala gestión desde el principio.
¿Cómo llegamos al nivel de catástrofe en este estado y en este país?
Negando la gravedad de la enfermedad.
Minimizando el sombrío giro de los acontecimientos durante el primer y segundo aumento de las infecciones.
Reteniendo información vital al público que les ayudaría a las personas a comprender la transmisión y frenar la propagación del virus.
Abriendo demasiado pronto, y al hacerlo, enviando el mensaje equivocado de que salir y participar en comportamientos riesgosos estaba bien. Los casos de COVID-19 comenzaron a dispararse tras la reapertura prematura de Miami-Dade.
Todo el comportamiento anterior —exhibido por el presidente, por el gobernador de la Florida y el alcalde de Miami-Dade Carlos Giménez en puntos clave— no ha tenido que ver con acatar la ciencia, sino ha sido impulsado por la política de un año electoral y la necesidad de entregar el estado al presidente Donald Trump.
No solo el sur de la Florida
No fue sino hasta el 16 de julio cuando Giménez, que se postula para el Congreso con el respaldo de Trump, finalmente anunció que la policía emitiría multas de $100 a las personas que no usaran la máscara en los espacios públicos.
La ejecución de la medida es una broma.
Mientras que la policía dice que está repartiendo multas en algunas partes de Miami-Dade, en otras, la gente está bombeando gasolina y comiendo en mesas al aire libre, sin el distanciamiento de seis pies y sin máscaras.
El resto de la Florida, donde los casos también aumentan, debería fijarse en Miami-Dade y tomar medidas firmes y preventivas. Pero piensan que el coronavirus es solo un problema del sur de la Florida.
DeSantis, más preocupado por no enojar a quienes piensan que su derecho constitucional es infectarnos a todos los demás, no ha ayudado a argumentar que el norte y el centro de la Florida también deberían preocuparse.
He aquí una idea, gobernador DeSantis: use el teléfono y llame a Australia.
Twitter: @fabiolasantiago. Correo: fsantiago@miamiherald.com.