Maradona y los ídolos con pies de barro | Opinión
Han pasado unos días desde el anuncio de la muerte de Diego Armando Maradona. Podría decirse que ya es la resaca del luto por la desaparición de una estrella del fútbol que para muchos fue el mejor jugador de todos los tiempos. Se apagan los llantos y las despedidas multitudinarias en Argentina y en Nápoles, donde lo dio todo en el estadio de San Paolo. Pero para los hinchas siempre será el Pelusa. El más grande.
Tan grande llegó a ser en la cancha que en las redes sociales y los obituarios se ha repetido hasta la saciedad, “Dios ha muerto”, arrebatándole a Nietzsche un pensamiento filosófico que no contemplaba la pérdida cósmica de Maradona. Pero en realidad su muerte, producto de un paro cardio-respiratorio a los 60 años, lo que ilustra es la desaparición de un hombre con bastantes más sombras en su haber que los prodigiosos destellos que provocaba con el balón. En todo caso, la accidentada existencia del astro del fútbol podría ser un indicativo de que Dios no existe, pero lo concebimos a nuestra imagen y semejanza.
Con motivo de su prematuro fallecimiento, es lógico destacar y rememorar sus logros deportivos. Lo que chirría es la desmedida exaltación de un polémico personaje que, de no haber contado con los privilegios que conceden la fama y la fortuna, podría haber arrastrado serias consecuencias penales como cualquier hijo de vecino.
Maradona, que ascendió de forma meteórica de la pobreza al estrellato, muy pronto cayó en las fauces de las drogas. Pero más allá de sus adicciones, que a fin de cuentas son una enfermedad de la que es difícil desprenderse, se jactó de sus excesos. Además de los vídeos de sus espectaculares jugadas, quedan inmortalizados los testimonios gráficos de sus andanzas más siniestras: orgías con jovencitas en un centro de rehabilitación de drogas en Cuba, donde la dictadura castrista lo atendía con estatus de VIP; o su comportamiento agresivo con una novia que lo llegó a acusar de violencia de género.
Son solo dos episodios en una biografía plagada de denuncias por supuestos maltratos, negligencia con los hijos que tuvo oficial y extraoficialmente, dopaje, amistades con la Camorra italiana, su abierta admiración por satrapías como la cubana y la venezolana. En suma, a pesar de todo el dinero que ganó y su estatura como deportista, eligió ser un mal ejemplo sin el menor sonrojo por los abusos que cometió.
Desde luego, Maradona no tenía ninguna obligación de ser mentor como otras figuras del deporte. Estaba en su derecho de dedicarse a juergas interminables que acabaron por pasarle factura hasta convertirlo en una caricatura del portento que fue. De ahí la desmesura de una noticia que por momentos se ha manejado como una infantil hagiografía. Está bien que los forofos del fútbol vivan su pérdida como quien dice adiós a una deidad (el deporte es una suerte de religión con millones de seguidores) pero, al menos en los medios, se ha echado en falta una dosis de sobriedad ante tanto éxtasis plañidero.
Ha muerto Diego Armando Maradona, un extraordinario futbolista cuyas geniales piruetas en el campo no lo eximieron de faltas graves. Hablamos de faltas por las que un ciudadano corriente puede acabar en el banquillo, perder su empleo y granjearse el repudio de la comunidad. Una vez más, ser un tipo famoso y venerado relega a un segundo plano particularidades que dicen mucho del ser humano que otros se empeñan en santificar.
Cuando escuchaba una y otra vez los lamentos por la defunción de Maradona, recordé a otro célebre personaje, V.S. Naipaul, ganador del Premio Nobel de Literatura en 2001 y reverenciado en los círculos intelectuales, que también a su manera es otra religión llena de dioses. El escritor de origen caribeño y naturalizado británico nunca ocultó su extrema crueldad contra su esposa, llegando a admitir en la biografía de Patrick French que su saña con ella bien pudo haber acelerado su muerte.
En dicha biografía Naipaul, quien falleció hace dos años, también reconoce que le propinaba palizas a su amante. El Nobel presumía de ser un repugnante misógino y se quedaba tan ancho. He de reconocer que después de estas revelaciones ya no me interesó Naipaul el autor, supuestamente preocupado por las vicisitudes humanas. No es del todo cierto que uno puede deslindar a la persona de la obra.
Estamos llenos de contradicciones y de grietas que nos hacen imperfectos y cuestionables en la hora final. Por eso sobra lo de “Dios ha muerto” cuando se trata de seres de carne y hueso. Meros ídolos con pies de barro.
Twitter: @ginamontaner. ©FIRMAS PRESS
Esta historia fue publicada originalmente el 29 de noviembre de 2020, 6:16 p. m..