Martirio postcastro
Ya las cenizas del dictador descansan diminutas en la enorme piedra, que algunos dicen traída de la Sierra Maestra y otros que fue fundida in situ, durante un operativo secreto. En cualquier caso, parece la escenografía de una mala película bíblica. Todos los estrafalarios titulares de prensa anuncian su supervivencia o resucitación.
Ahora los cubanos han sido obligados a dejar de ser cubanos y “son Fidel” según la cantaleta del régimen que va a estirar sin piedad la permanencia doctrinal del personaje hasta que, irremediablemente, se vaya disipando.
Su propio discurso, abundante en promesas incumplidas, habituó al isleño a esperar poco del futuro. Quién no recuerda el “ahora sí vamos a construir el socialismo” y lo que vino después fue más de lo mismo.
Un país detenido en seco por nueve días vuelve a sus quehaceres sin mayores cambios ni consecuencias. Jabita en mano, salen mujeres y hombres a montear el esquivo condumio de cada día. Las colas agobiantes no han disminuido y el “pollo sigue viniendo por pescado” a las bodegas famélicas.
Las autorizadas celebraciones festivas religiosas y de fin de año tendrán un tinte luctuoso porque nadie se atreve a ser más fiestero que el vecino. Los reguetoneros, con fama y poder adquisitivo, prefieren animar las fiestas de Miami y salir de aquel pueblo embrujado donde habrá poca gozadera.
El caudillo nunca fue amigo de la música popular, ni del baile, ni del buen humor de sus congéneres. Hubo un tiempo que cerró la vida nocturna a cal y canto, así que diciembre será un mes de plomizo silencio en honor a su densidad y pesadez.
Habrá que hacer un aparte a los turistas extranjeros que no entienden de esos lutos y ya se quejaban de verse atrapados en las raras exequias extendidas.
Hoy comienza el Festival de Cine de La Habana, sin la película Santa y Andrés, de Carlos Lechuga, censurada por los organizadores, y ahora calificada por comisarios políticos como un ataque a principios sagrados de la revolución, donde se incluye la propia figura de Fidel Castro. La arbitraria decisión es para defender “a un pueblo y a una gran causa”.
La comunidad artística e intelectual cubana sabe que ahora viene una temporada de miedo. Los que hicieron declaraciones, canciones, ballets y otras obras creativas sobre los encantos del dictador, se sienten eventualmente seguros, porque nunca se sabe si debieron estar más comprometidos con sus designios mesiánicos, pero los que se mantuvieron distantes, ajenos a la firma del documento de reafirmación revolucionaria, en las distintas paradas de la caravana fúnebre, tienen razones para temer.
El castrismo no ha terminado pero su fijeza fidelista ya comienza a ser historia y no perdurará en una realidad tan dura de vivir donde cada vez hay menos tiempo para la bobería iconográfica y retórica, donde las personas buscan desesperadamente el resquicio de esperanza, sin la posibilidad de escapar.
La revista National Geographic acaba de celebrar un intenso campamento de fotografía en La Habana. Al final conversaron con 21 jóvenes participantes y esto fue lo que dijo Jonathan López Avila sobre el particular: “Como hombre joven, considero que los cambios serán positivos aunque muy lentos. Para mí es importante que mis expectativas y sueños no se traben mucho más en el tiempo. He visto a numerosos jóvenes adultos, talentosos y brillantes, que han buscado nuevas oportunidades en otros países, lo cual hace más difícil la prosperidad de nuestro propio futuro”.
Entre los arrebatos públicos provocados por la procesión de las cenizas ninguno tan preclaro como la señora que vociferó, anegada en llanto: “Un hombre tan grande en una caja tan chiquita”.
Crítico y periodista cultural.
Esta historia fue publicada originalmente el 7 de diciembre de 2016, 3:43 p. m. with the headline "Martirio postcastro."