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Opinión Sobre Cuba

La muerte anunciada de Castro

La caravana que transportó las cenizas de Fidel Castro se dirige al cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba, el 4 de diciembre.
La caravana que transportó las cenizas de Fidel Castro se dirige al cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba, el 4 de diciembre. Bloomberg

No hice más que atravesar la puerta de mi hotel en Guadalajara y los periodistas comenzaron a preguntar. Las citas eran cada vez más numerosas y la jefa de prensa de Anagrama no sabía dónde ubicar mis nuevas entrevistas.

En los almuerzos y cenas los colegas me preguntaban sobre la suerte de Cuba, la posible transición y los cambios venideros.

A mi salida de La Habana un silencio profundo colmaba la ciudad. Las calles estaban vacías, los vecinos, los amigos y familiares evitaban el tema. ¿Se trata de miedo, desconcierto o sorpresa?

No, para nosotros Fidel había muerto hace mucho tiempo. El vacío de un largo e intenso poder, la ausencia de su voz acotando las noticias internacionales, la imposibilidad de decidir por nosotros cada uno de los acontecimientos del país era evidente. Decayó su presencia y se transparentó el liderazgo al que nos tuvo acostumbrados por 50 años. Fidel dejó de existir 10 años antes del anuncio de su muerte.

¿Cuándo fue, para nosotros, su verdadera desaparición?

Recuerdo que en el verano del 2006 salía de la ciudad con mi amigo Dagoberto Rodríguez, artista visual y parte del dueto creativo Los Carpinteros. Dago manejaba su flamante almendrón mientras arreglábamos el mundo, juntos avanzábamos por el túnel de la bahía de La Habana poniéndonos al día de nuestras vidas. Nos sentamos a comer en La Terraza de Cojímar y cuando apenas empezábamos la sopa de pescado, el mesero vino hasta nosotros un poco asustado para comunicarnos:

—Necesitamos cerrar. Fidel ha dejado el cargo, está enfermo.

No sabíamos si el mesero había enloquecido, si aquello era una broma o si más allá del Morro, en La Habana, se estaba acabando el mundo.

En ese momento sí que pensábamos que Fidel era eterno. Pagamos la bebida pero no la sopa e hicimos un extraño viaje de regreso repasando nuestras vidas, en las que Fidel, mucho más que nuestros padres, tuvo siempre el papel protagónico.

Recuerdo que esa noche las personas sentadas en el malecón no miraban el horizonte. Sus cuerpos vigilaban la ciudad.

A partir de entonces Fidel pasó a ser un comunicado, una cita, o aquellos textos irreflexivos que pasaban de un tema a otro sin coherencia. Creo que se improvisó con su figura retirada, que en realidad no tuvo un buen equipo trabajando con él para sostener esa penetrante, enfática presencia a la que nos acostumbramos y que, sorprendentemente, se difundieron fotos, textos o situaciones que no ayudaron a conservar aquella imagen omnipotente que conocimos los nacidos después de 1970. ¿Es casualidad o será que todo esto se hizo a propósito?

Durante 10 años el pueblo dejó de esperar lo que él nos diría y se supo que el país continuaría sin él, pero bajo su figura.

Siempre he pensado que la obediencia en Cuba está conectada al fidelismo, no al socialismo ni al comunismo, y por ello la desaparición física de esta figura abre una interrogante: ¿Esta vida de sacrificio, privaciones y acato continuará sin la figura de El Comandante?

El castigo que ha recibido un pueblo como el cubano al momento de su muerte, el ortopédico gesto de no poder beber ni escuchar música, ni saludar cívicamente por televisión durante nueve días, ese rígido recogimiento instrumentado como luto de manera inconsulta, ha terminado. Fidel organizó miles de actos, conciertos, despedidas y recibimientos. Creo que un buen modo de despedirlo hubiese sido con un concierto o dejando que el pueblo beba o se exprese como quiera. ¿Acaso no ha sido Fidel el único de nosotros que puede decir que ha visto realizado su proyecto personal, ese programa colectivo en el que todos, también el exilio, se ha visto afectado, suceso irreversible que cambió la historia contemporánea –y de paso– nos cambió el curso de la vida a todos desde 1959? ¿Será acaso esto lo que no admitía celebración?

Después del luto y el recogimiento, de la ley seca y la interminable novena donde la ciudad parecía un eterno Domingo de Revolución nos preguntamos lo mismo que en Guadalajara me preguntaban los periodistas: ¿Y ahora qué?

Esta historia fue publicada originalmente el 10 de diciembre de 2016, 3:00 p. m. with the headline "La muerte anunciada de Castro."

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