El catauro de mi abuelo
En el armario de mi memoria guardo tantas imágenes de mi lejana infancia en Cuba que a veces salen a la luz cuando menos lo espero.
Mi padre Mario nació en la ciudad de Cruces pero de joven su familia se mudó a Santa Clara, ambas en la provincia de Las Villas. Mi madre, Lidia, nació en la ciudad de Candelaria, en la provincia de Pinar del Río, y fue allí que se conocieron y se casaron. Mi hermano y yo nacimos en Artemisa pero nos criamos en Santa Clara.
Recuerdo que de chicos mi madre nos llevaba en guagua de Santa Clara a Candelaria y hacíamos escala en La Habana o en Artemisa (mi parte favorita del viaje era pasar por el túnel de La Habana) y cuando llegábamos a Candelaria ya sabía que la aventura comenzaba. La parada quedaba en la carretera Central que era la Avenida 31, solo teníamos que cruzar la calle y atravesar el parque con su hermosa glorieta, donde tocaban música por las tardes los fines de semana, caminar una cuadra hasta la bodega de Pablito, doblar la esquina, pasar la casa de Quirina y mis abuelos Nieves y Enrique nos esperaban en la segunda casa con su portal con baranda y sus grandes ventanales.
Recuerdo también la iglesia Nuestra Señora de la Candelaria, a la derecha del parque, con sus campanas que siempre daban la hora y se oían en toda la ciudad. La estación del tren al final de la calle, cuánto me gustaba correr para llegar y ver el tren entrar a la estación pitando y anunciando su llegada.
Recuerdo que mi padre le mandaba a mi abuela una o dos raspaduras (dulce hecho de guarapo de caña) grandísimas envueltas en celofán de colores que vendían en el bar Hatuey, que estaba en la esquina de la calle Toscano y Marta Abreu en Santa Clara. Pero también recuerdo que algunas veces a alguna de las raspaduras les faltaba un pedazo, pero tengo que admitirlo, para mí la tentación era muy grande.
Frente a la tienda de Pablito quedaba la heladería de Lencho, que vendía helados de frutas de diferentes sabores, solo costaban 10 centavos pero te sabían a gloria.
Cuando visitaba Candelaria era como jugar un juego de Monopolio: si caminaba cinco cuadras a la izquierda vivían mis tíos Andrés y Berta y mis primos Carlos y Andresito; si doblabas una cuadra hacia el ferrocarril vivían otros primos hijos de mi tío Elio; si caminabas cinco cuadras más o menos a la derecha me encontraba en casa de mi bisabuela Caridad y mi tía Chela con mi prima Dalia y su familia, donde tenían la mata de ciruelas más ricas y jugosas que podías comer. Pero si caminabas por la avenida 31 llegabas a casa de mis tíos César y Zoraida y mi prima Zori, donde tomé los batidos más ricos de mi vida, especialidad de mi tío César.
El catauro es una cesta que mi abuelo Enrique fabricaba de la hoja de la palma y que solía traer lleno de mangos o limones por las tardes para hacer limonada y ambos nos sentábamos en el portal para disfrutarla y refrescarnos del sol de la tarde. Desgraciadamente un arte perdido en el pasado pues le he preguntado a todos mis primos si saben hacer el catauro y ninguno sabe. Me hubiera gustado tener un catauro, siempre pensé que si un día volvía a Cuba mi abuelo me haría uno, pero ya nunca será.
Una de mis memorias favoritas de mi abuela Nieves era esperar que se congelaran los deliciosos duro fríos de mantecado que ella hacía y que después de largos años esperando una receta de algunos de mis tías o primos también se perdió como el catauro.
Otra de mis grandes aventuras era visitar la finca de mis tíos Luis y Silvia y montar a caballo con mis primos y nadar en el arroyo con ellos. Recuerdo que mi tía nos hacía un dulce de leche con unas borugas que parecían pelotas de jugar béisbol y frente a la casa había una mata de chirimoya muy alta, tanto que no se alcanzaban las frutas pero cuando caían parecían bombas y ella nos decía corran, corran, traigan la chirimoya que les voy a hacer una champola y qué rica le quedaba.
Pero hay algo que no puedo olvidar porque siempre que hago un sofrito y corto un pimiento verde, el olor me recuerda la piscina de Soroa donde tantas veces fuimos con mi tía Alida, mi tío Gilberto y mis primos Gilito y Orestes, el cual vivía allí en aquella época.
Recuerdo en ese recorrido muchas veces de vuelta a Santa Clara pasábamos por casa de mi tía Lucia y mi padrino Jacinto en el Vedado. Ellos vivían en el tercer piso y desde el balcón podías ver el mar a lo lejos con unas vistas muy bonitas, con los edificios de balcones y toldos de rayas blancas y verdes y los árboles en las aceras recortados y redonditos.
En los cuarenta y siete años que llevo viviendo en EEUU he guardado muchas memorias, unas buenas y otras tristes pero como dice la canción de Susy nunca las cosas aquí son iguales y a mí el helado no me sabe tan rico como el helado de Lencho.
Artista y escritora residente en Miami.
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Esta historia fue publicada originalmente el 28 de marzo de 2016, 10:53 a. m. with the headline "El catauro de mi abuelo."