Un sillón reclinable para volar
“Mis piernas están postradas, pero mi mente vuela”, dice Martha Escalona, una manzanillera de 67 años que reside en Miami mientras se le agolpan las palabras en los labios. No puede caminar desde su infancia por las consecuencias de la poliomielitis, pero una sonrisa siempre acompaña el rostro de esta mujer que decidió emigrar a Estados Unidos hace ocho años y comenzar desde cero.
“Esta enfermedad me ha permitido conocer mejor a las personas. Tal vez porque estoy a la altura del corazón y eso es lo primero que veo de ellas. Hay mucha gente buena, a esa es a la que debemos arrimarnos, las malas vienen solas, pero hay que dejarlas pasar”, comenta.
Un largo rosario de enfermedades acompaña a Escalona: diabetes, presión alta, asma, osteoporosis, alergia, artritis, entre otras, pero ella prefiere hablar de otras cosas. “Nunca me ha gustado que las dolencias sean lo que marque mi vida, sino el deseo de compartir y la búsqueda por realizar mis sueños”, dice mientras prepara un café.
Nacida en 1949 en el oriente de Cuba tuvo que emigrar hacia La Habana a causa de la polio. Su infancia estuvo marcada por los hospitales y la enfermedad. Es una de las dos sobrevivientes de una epidemia que dejó 80 fallecidos en Manzanillo. Cuando supo que no podría caminar nuevamente, decidió que fuera como fuese su vida se convertiría “en una fuente de alegría e inspiración” para quienes la rodeaban.
“Me preguntaba qué sucedería cuando me enamorara de un muchacho, porque me preocupaba que no podía bailar con él”, recuerda.
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Con baile o sin él, Escalona se enamoró y vivió felizmente casada hasta que un accidente automovilístico le arrebató a su esposo, tras casi 25 años de matrimonio. Una vez que se vio sola en Cuba, con las limitaciones propias de su enfermedad y las de la isla caribeña, decidió que debía recomenzar su vida en otro lugar con más oportunidades.
“Me fui de Cuba porque me había quedado sola. Todos mis amigos se habían ido antes que yo. Aquellos con los que estudiaba y compartía desde hacía mucho tiempo vivían en Miami”, dice.
Con casi 60 años partió hacia EEUU con los miedos propios de todo aquel que deja su tierra y sus seguridades. Hoy asegura que es una de las mejores decisiones que ha tomado en su vida.
“Me siento muy feliz aquí. Tengo mi ritmo de vida, visito a mis amigos, veo mucha televisión y también leo, aunque la lectura he tenido que dejarla un poco porque los libros se me hacen muy caros”, comenta.
Escalona se acogió a uno de los programas de ayuda del gobierno de Estados Unidos. Está considerada discapacitada y como tal recibe una pensión y atención médica gratuita.
Su hogar, en Fontainebleau, está repleto de detalles que evocan el calado de su vida interior, desde unas flores de pascuas y un bienvenido en la puerta que contrasta con la parquedad que le circunda hasta el amarillo de las tazas de café, escogidas exprofeso para atraer la energía solar a la cocina.
“Me valgo por mí misma para casi todo. Necesito ayuda para bañarme, pero yo misma me preparo mi desayuno y amo tener la casa lo más bonita posible. Este es el espejo del alma”, dice.
Una opinión que corrobora Angelina P. Rodriguez, directora de Spinal Cord Living-Assistance Development, Inc. (SCLAD), una organización sin fines de lucro que busca ayudar a las personas incapacitadas a valerse por sí mismas.
Esta enfermedad me ha permitido conocer mejor a las personas. Tal vez porque estoy a la altura del corazón y eso es lo primero que veo de ellas
Martha Escalona
“Martha es una mujer relativamente joven que no puede caminar, pero está muy determinada a ser independiente. Incluso sigue usando una silla de ruedas manual para mantenerse activa”, asegura.
SCLAD tiene programas de acceso a viviendas dignas y busca posibilidades de estudio y trabajo para personas con necesidades especiales. Fundada en 1985 ha ayudado a más de 1,700 personas en el condado de Miami Dade.
Sin embargo, el sillón reclinable que necesita para sentarse está en pésimas condiciones. El uso cotidiano lo ha ido dañando al punto que ya es prácticamente imposible sentarse. “Ese sillón es mi descanso. No hay otro sitio donde me pueda sentar, me levanto de la silla de ruedas hacia él o me acuesto en la cama, por eso es tan importante para mí”, explica.
Como “buena cubana” le gustaría arreglarlo y no tener que deshacerse de él, pero al pedir un presupuesto se percató de que era más barato comprar uno nuevo que reparar el antiguo. “Este país no es como Cuba, aquí las cosas funcionan distinto”, argumenta.
El costo de un mueble de ese tipo supera los $500, una suma difícil de financiar para una persona cuyos ingresos corren a cuenta del gobierno.
“El sillón reclinable me permite estirar las piernas y trabajar el estrés que produce estar todo el día sentada en una silla de ruedas. Es parte de la terapia diaria que me doy para mantenerme en forma y tener energía ante la vida. Por eso es tan importante”, añade.
“Cuando me recuesto en él, normalmente paso horas con los ojos cerrados soñando con los lugares por los cuales me gustaría pasear: Nueva York o el centro de Miami que tanto me gusta con esos edificios altos y llenos de cristales por todos lados”, dice.
“Para eso necesito el sillón reclinable, para volar”.
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Esta historia fue publicada originalmente el 13 de diciembre de 2016, 3:33 p. m. with the headline "Un sillón reclinable para volar."