Oiga, hay que acostumbrarse a esto…
Tenía tiempo que no iba a un velorio, pero el fallecimiento de la madre de una gran amiga me hizo ir a uno sin pensarlo dos veces. La anciana murió en su casa por causas ajenas al coronavirus, de manera que en la funeraria, ya en una segunda fase de reapertura, no hubo problema para permitir el velatorio con más de 10 personas dentro.
Me preparé como ahora tenemos que hacerlo: mascara, protector facial, líquido para desinfectar manos y, sobre todo la fuerza de voluntad para el cambio.
Dar el pésame hoy cuesta más trabajo que antes, ¿la razón? Ya no debe haber abrazos al momento de acercarnos a los dolientes y eso hace más difícil, especialmente para los hispanos acostumbrados al afectuoso gesto, evitar y detener la acción –prohibida– por el sentido común de protegernos.
Me senté en un sitio alejado del salón y desde ahí pude observar lo que ocurría como si fuera el tiempo de la gran prueba, recordando siempre las recomendaciones del doctor Juan Rivera.
“El peligro viene cuando se baja la guardia. Si tenemos que ir a una reunión que es inevitable, entonces hay que pensar siempre con cautela que si hay 10 o más personas, estamos hablando de personas que viven en sistemas familiares que son diferentes al nuestro”.
¿Cómo hacerlo?
“Pensando sencillo: en nuestra casa nos hemos cuidado, guardamos las reglas de la distancia, usamos los desinfectantes, nos lavamos las manos constantemente, higienizamos superficies que tocamos... Las otras personas con las que convivimos en ese momento, ¿harán lo mismo?... para el contagio basta con romper cualquiera de esas reglas”.
Repetir esta frase es lo que me da cordura en todos lados. Entonces, ahí en el velorio, mientras llegaba el tiempo del servicio recordé la pregunta que debemos de hacernos en estos tiempos del COVID-19:
Si entramos en un supermercado o en un edificio de oficinas limpiándonos las manos con líquido desinfectante y con máscara, ¿por qué no tomar esos pasos siempre?
Con sorpresa vi que algunos asistentes comenzaron a quitarse los protectores de boca y nariz.
“Es que esto de las máscaras no hay quien lo aguante, ¡que va!”.
Observé que otros más se saludaban de apretón de manos y muchos de abrazo con apretón de cuerpo. Pocos entendían que eso aún no está permitido para protección de todos.
Decidí pensar como recomiendan los expertos para reforzar nuestra regla de seguridad en cualquier moderna reunión: y esto es pensar en el ambiente de cada una de las personas que se nos acerquen. ¿Cada cuánto tiempo se lava las manos esa persona? ¿Con cuántos se ha reunido rompiendo las reglas mínimas? Es decir, sin mantener distancia, sin usar máscara. ¿Esa persona practica las nuevas reglas de higiene, limpia las superficies que toca para protección suya y la de su entorno?
Preguntarnos eso es el único seguro que nos devuelve el sentido común de obedecer reglas, porque la realidad es que, si alguien después de la cuarentena sigue haciendo lo de antes, difícilmente sigue otras instrucciones.
De pronto me encontré alejada de los grupos que se formaron y desde el fondo del salón acompañaba en sentimiento a mi amiga, y cuando se me acercaba un conocido con la intención de un abrazo, de inmediato le di el nuevo saludo que en algo nos protege, el brazo doblado con el codo de frente, que hace que al instante la otra persona se dé cuenta y evite también el acercamiento.
Aceptar que esta es nuestra nueva vida envía el mensaje: el que no lo hace, deja ver claramente que se rehúsa aceptar las reglas de seguridad que han hecho los expertos y esa es una advertencia.
Lo que hay que tener presente es esto tan sencillo: mientras no haya vacuna o medicina estamos ante el peligro del contagio exactamente igual que lo estábamos en marzo pasado cuando brotó la pandemia, es decir, desprotegidos.
Entonces, ¿por qué olvidarlo y arriesgarnos en vez de poner en práctica lo que indefectiblemente ya es nuestra nueva realidad? En cada uno de nosotros queda la decisión.
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