Los buenos samaritanos sí existen
Salí a caminar por la tarde en mi rutina diaria de ejercicio de cinco millas. Con el verano calurosísimo prefiero hacerlo antes de que caiga el sol, pero hace unos días, olvidando el pronóstico del tiempo que amenazaba con lluvia salí acompañada de mi mejor entrenador y compañero: Oreo, mi perrito rescatado.
Íbamos felices cuando de pronto, intempestivamente los nubarrones que aparecieron a la distancia dieron la razón a los meteorólogos: se avecinaba una tormenta.
Voltee al cielo y haciendo gala de que nací en Veracruz, una tierra de lluvias torrenciales y sol que después quema, y donde cualquiera hace pronósticos acertados con solo oler el aire que viene con la dirección de cualquier aguacero, me dije entonces:
Creí tener una hora antes de que se soltara la lluvia para volver a casa y como yo creía saber más que la madre naturaleza tomé la ruta más larga pensando que podría librar la tormenta que venía encima…
Error garrafal.
En menos de cinco minutos no solo comenzó el aire fuerte que barría todo, sino también una tormenta de relámpagos y truenos que acompañaron rápidamente las primeras gotas gruesas que nos hicieron correr a guarecernos. El vecindario era uno de casas cercadas, hasta que a medio empaparnos ya, finalmente divisé un garaje con un pequeñísimo tejado donde apenas si cabíamos mi perrito y yo.
El agua no dejaba ver claramente. Oreo tembloroso trataba de esconderse entre mis piernas mientras la lluvia comenzó a empaparnos ahí parados como si estuviéramos en medio del chaparral. Mi perro lucía aterrado, y quizá estaba oliendo el miedo que me embargaba.
Así estuvimos una hora por lo menos hasta que en un intento de ánimo corrimos para avanzar, solo que una terrible descarga eléctrica me dio más miedo, sabiendo que en la Florida son comunes las muertes por rayos que caen a quienes en medio de una lluvia andan caminando.
Rápidamente busqué otro sitio para guarecerme en la entrada de una casa donde toqué el timbre para avisarle a los dueños que solo estaba resguardándome del aguacero en su propiedad.
Para mi sorpresa el dueño y su novia —él cubano, ella americana— me dieron lo que no imaginé:
“Venga que tengo mi camioneta pickup aquí afuera y los llevo a su casa”, me dijo Yaziel Domínguez, el joven al que no le importó que mi perrito estuviera mojado y que le ensuciara su vehículo.
Yo alcancé a ponerme por cortesía mi máscara sin que el joven aquel me lo pidiera.
Sabía que estábamos empapados y preocupados por los rayos y lo suyo fue llevarnos a casa rápidamente.
En ese momento, mojada y angustiada no supe cómo se llamaba, pero al día siguiente recorrí la misma calle hasta encontrar su casa para poder darles las gracias.
Me abrió la puerta Erin Compton, su novia, y a su lado estaban sus guardianes —dos perros, Rocco y Georgie, también como los míos, recogidos de la calle. Yaziel no estaba, pero Erin me contó que ellos también aman a los animales, que me vieron desesperada y que no dudaron en ayudarme y ni mucho menos cerrarme la puerta de su casa.
“No pensamos si traía máscara o no, era asunto de ayudar y nada más”.
Tienen animalitos que han rescatado, sus perritos, sus gatos, gallinas. Son jóvenes que reconfortan con la bondad y la generosidad al prójimo. Estoy segura que si hay que buscar en el diccionario la definición de “buen samaritano” seguramente que sus fotografías tendrán que estar en la primera página. Gracias mil por salvarnos. Oreo también les envía un “Ruf Ruf” de agradecimiento.
Twitter e Instagram: @CollinsOficial. Correo: mariaantonietacollins@yahoo.com.
Esta historia fue publicada originalmente el 10 de agosto de 2020, 3:27 p. m..