Hasta que no toque a nuestra puerta...
Cuando sucedió, difícilmente pude creerlo por quienes se trataba: era un grupo de jóvenes trabajadores de la salud que precisamente estaban en las unidades de COVID-19 y que por lo tanto sabían de primera mano lo terrible de quienes tienen la desgracia de enfermarse y pasar por el tormento del respirador artificial y sus consecuencias.
Resulta que estos jóvenes, luego de meses de estar trabajando sin descanso en la pandemia, al tener unos días libres decidieron hacer una minivacación rentando varias habitaciones de hotel en una zona playera del Golfo de México.
Cuando me enteré le dije al familiar de uno de ellos que desesperanzado me contaba aquella odisea:
¿Acaso nadie mejor que ellos que han sido testigos de lo que viven mientras trabajan luchando contra el COVID? ¿Por qué lo hacen?
“Por más que uno les dice”, me responde, “la realidad es que las novias y los novios de muchos de ellos, —incluso algunos padres también— son los que repiten a diestra y siniestra que la enfermedad no es tan mortal como se ha pintado y que no pasa nada… y ellos ya están en la misma línea”.
Me quedo boquiabierta, tanto como el familiar que me lo cuenta.
Dos semanas después de esas vacaciones estaban reiterativos y triunfalistas.
¿Vieron que no nos sucedió nada? ¿Vieron que no existe mayor problema que el que estamos creando nosotros?Yo no podía entenderlo, especialmente porque los muertos casi han sobrepasado en Estados Unidos la terrible cifra de los 200,000.
Olvidé aquel incidente y me preocupaba por otras cosas de la vida diaria, como por ejemplo, si tengo que ir a alguna tienda a comprar y veo una realidad que me preocupa: hay que estarle recordando a los que están en la misma fila, atrás de uno, que de las pocas armas que hay contra la pandemia, la distancia social sin lugar a dudas ayuda a parar el contagio, y muchos ignoran la regla hasta que uno, so pena, de que lo vean mal se los recuerda.
Es la gente que sin importar lo que se ha dicho hasta el cansancio se paran cerca de uno a solo pulgadas de distancia, en mi caso hasta que me doy cuenta y reacciono.
Constantemente tengo que decir en las filas, ¿por favor, podría guardar la distancia y alejarse un poco? Tenemos que guardar los seis pies de distancia. Cuando me ven feo de inmediato les respondo que nadie sabemos, ni ellos ni yo, quien puede estar contagiado y por tanto transmitirnos el virus.
Me miran entre enojo y burla, pero no me importa.
En esos menesteres estaba cuando supe nuevamente de los jóvenes trabajadores de la salud con los que comencé esta columna.
“Resulta que uno pescó el virus”, me dice una amistad allegada a ellos. “ Aunque ciertamente debe haber sido en la universidad a la que asiste, pero esa persona contagió a su pareja”.
¿Y entonces?, pregunto, ¿ahora si creen que esto es de verdad?
Quien me lo cuenta no está convencido de que los jóvenes con eso aprendan la lección porque no les ha dado en forma fuerte, sino como una gripa, no ha pasado a más, aunque no tienen olfato ni gusto, síntomas claros de la enfermedad.
Ni que decir nada. En verdad, porque la ecuación es sencilla: Mientras los muertos y enfermos no tengan un nombre y apellido que nos duela, por el que lloremos, que signifique una pérdida en nuestras vidas, difícilmente muchos darán “su brazo a torcer” y aceptarán las reglas del juego.
Pregunto entonces qué va a pasar ahora con los enfermos recién contagiados de la historia.
Bueno, pues ahora se cuidaran entre ellos, me dicen.
Han tenido la suerte de no estar mal y pasarán la cuarentena juntos. La lección que queda es ver alrededor y recordar que para que las cosas sean fatales solo se necesita la mala suerte de vivirla. Arriesgar la vida no vale la pena. ¿O si?
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