El moderno asunto de ser ‘comprensiva’ | Opinión
Si algo tienen algunas de mis cercanas amigas, es que parecen polvorín cuando una situación le es adversa. ¿No les parece algo que les pasa? ¡De inmediato se levantan montadas en cólera!
Y lo digo en pasado, cuando “acababan” con aquel o aquello que sentían que amenazaba cualquier aspecto de su vida. Pero de un tiempo a otro, esas belicosas reaccionan de forma diferente e inexplicable.
Resulta que solteras y sin compromiso comenzaron a tener “dates” en los sitios online. En ese lugar el rechazo es algo cotidiano porque si no se gustan las parejas, pues ni decir hola o adiós. Con no volver a mandarse mensajes basta… y sigue el próximo.
Pero sucede que una de ellas fue a una cita donde al pretendiente a galán le sorprendió que mi amiga tuviera un auto modesto, y con cara de sorpresa le preguntó: ¿Ese carrito es el tuyo?
Al oírla me monté en cólera y le pregunté qué le había respondido.
“Nada, no le dije nada. Él está en su derecho de que no le guste mi auto, es más, de sentir que no quiere andar con nadie que sea tan modesta como yo. Eso yo lo entiendo”.
Me quedé anonadada viéndola. La que no entendía nada soy yo. ¿Por qué una persona —le pregunte— puede menospreciar a otra porque económicamente no es lo que pensó? Si quiere una rica, que pague un sitio de citas para quienes tienen dinero, pero donde te encontró es de gente que no es pudiente.
“Yo si entiendo su rechazo”, me dijo mi comprensiva amistad, mientras yo entendía cada vez menos.
Días después, otra amistad me mostró su “nueva y comprensiva manera de ser”.
“Salí con un hombre que me estuvo cortejando por la internet. Nos quedamos de ver para cenar y después, de acuerdo a los planes que él dijo haber hecho para nuestra cita, iríamos de tragos y a bailar. Lo que sucedió es que en el mismo momento de encontrarnos frente a frente, la cara de decepción del hombre fue tal, que no se necesitaba ser maga para comprender que yo no era lo que él esperaba. No fue grosero, pero cenamos y estuvo distante”.
Mi amiga dice haber notado no solo el cambio de actitud y, por supuesto, que él no volviera a mencionar que iban a ninguna de las partes que le había prometido.
“Yo lo entiendo. Cenamos, él se comportó como una persona muy correcta, pero no volvió a hablar nada que no fuera el tiempo, la ciudad, el tráfico, hasta que terminamos de comer y pidió la cuenta y rápidamente nos marchamos. Repito: no fue grosero pero me di cuenta que esperaba que yo fuera otra… y yo lo entiendo”.
Y ¡dale con las comprensivas! Le dije a ella que lo que él hizo se llama actitud de rechazo.
“Pues yo lo entiendo y le doy la razón”.
Ahí sí que me quedé peor de confundida con estas nuevas acepciones gramaticales, pero me faltaba escuchar más hasta que supe de otra amistad en las mismas circunstancias de “comprensión”.
“Fui a comer con un galán, un hombre guapo, alto, un modelo. Obviamente me dejó ver que yo no era su tipo y la cena terminó pronto. Le pedí su número de celular y me dijo que nos seguiríamos escribiendo por la aplicación, o sea que no me lo quiso dar… y yo lo entiendo”
¡Otra de las comprensivas! Al día siguiente mi amiga recibió un mensaje del hombre. “Te quiero decir que eres una buena mujer pero que no provocaste en mi mariposas en el estómago que espero sentir con la que sea la mujer de mi vida. Te deseo lo mejor”.
“Eso fue todo lo que me dijo… y yo lo entiendo”, dijo mi amiga.
Yo era la que estaba furiosa con esta nueva forma de ver las cosas y que justifica conductas antes impensables.
¿Quién le pidió al señor en cuestión el desagradable mensaje? ¿No era mejor no volver a escribirle ni saber de ella? ¿Para qué ofender con esos mensajes?
A mis amigas ni les pregunto porque parecen disco rayado repitiendo: “Está bien… y yo lo entiendo”, o “Eso yo lo entiendo”.
La que está que no entiende nada y que necesita saber que todo ha cambiado soy yo.
¿Y usted?
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