María Antonieta Collins

El accidente del metro de México nos recuerda el valor de la familia | Opinión

Rescatistas se llevan a una persona lesionada en una camilla después de que un paso elevado de un metro colapsara parcialmente en la Ciudad de México el lunes 3 de mayo de 2021.
Rescatistas se llevan a una persona lesionada en una camilla después de que un paso elevado de un metro colapsara parcialmente en la Ciudad de México el lunes 3 de mayo de 2021. AFP/Getty Images

Dormía la madrugada del pasado 3 de mayo cuando la llamada de María Martínez-Guzmán me despertó con la orden inmediata de viajar en las próximas tres horas a la Ciudad de México para cubrir otra tragedia más que ocurre en el país que me vio nacer.

“Se cayeron dos vagones del Metro en la Línea 12”, me dijo, “hay muertos y heridos”.

Conforme pasaron las horas en la que posiblemente es la ciudad más poblada en el mundo, mi perspectiva de lo que es la vida y la muerte tuvo otra dimensión.

Y la tuve al conocer la historia de Perla, la madre de Alejandro Porcayo Jr., el primero en salir de los vagones descarrilados y colgando no solo por su propio pie, sino que, aunque golpeado por todo el cuerpo, de la misma forma, ¡totalmente ileso!

Alejandro me contaba el milagro horas después y mientras se recuperaba en su casa de Iztapalapa.

“Solo recuerdo haberme hecho bolita dentro del vagón que estaba colgando y lanzarme al vacío, mientras caía 15 metros y pensar en medio de la confusión: si se está cayendo el Metro… ya valí. No hay poder humano, no hay poder humano que me salve”.

Su historia saltó en medio de la tragedia cuando Justine Rivera la prima de Alejandro y quien acompañaba a Perla en la desesperada búsqueda del muchacho, finalmente, luego de toda una odisea por hospitales lo encontraron y madre e hijo se fundieron en un abrazo. Fue la imagen de la maravilla de volver a vivir una segunda oportunidad de la vida.

“Ya cuando yo lo veo, toda esa emoción por mi hijo fue tan grande que al abrazarlo, al ver que estaba bien, no me importaba como estuviera, pero que estuviera vivo era lo que para mí contaba”.

Perla dice que aquellos momentos jamás van a borrarse de su memoria.

“Yo no sé qué hubiera sido de mi vida si a mi hijo le hubiera pasado otra cosa, que hubiera perdido la vida… yo estoy segura que me hubiera muerto con él”.

Alejandro la miraba extasiado, en medio del shock y sabiendo que su teléfono se le había perdido en el impacto, logró que alguien lo comunicara con ella y quien le dijo que en ese instante salía a buscarlo.

“En el momento que la escucho, en el momento en que llega y nada más me abraza, no me dice nada, es el momento en que agradecí esta oportunidad. Realmente yo no necesitaba palabras, no necesitaba que me preguntaran como me siento, necesitaba cariño y que mejor que el de mi madre”.

La reflexión saltaba a la vista.

Viendo otras historias, todas tenían un factor en común: eran víctimas, fatales o con vida que no tuvieron tiempo de decir a los suyos: “perdóname” o “te amo” porque el destino había jugado en forma macabra contra ellos.

Otros —quizá los más arrepentidos— no prestaron valor al tiempo y la respuesta en medio del llanto parecía la misma: “hace días que no la veía”, “hace días que no hablaba con mi papá”, “hace días que no le marcaba a mi hijo”, “hace días que no sabía nada de mi abuela”. Eran sin lugar a dudas las excusas del olvido, que dejaron historias inconclusas que siguen doliéndole a cada quien de acuerdo a sus circunstancias.

Doña Martha, la abuela de Alejandro Porcayo Jr., fue la que me sacó de cualquier duda.

“Somos una familia afortunada en medio de todo esto no solo porque mi nieto sobrevivió, sino porque vamos a estar todos juntos cuando hay tantas familias que por otras razones no lo estarán. ¿Cuántas familias están separadas por pleitos que son una tontería? ¿Cuántos hijos y cuántos padres no tienen comunicación por algo que se hayan hecho o se hayan dicho? ¿En cuántas familias hay tanto que los tiene alejados sin que en nadie quepa el sentimiento de decidirse a romper silencios?

“Afortunadamente con mi nieto me doy cuenta que entre nosotros eso no existe, y que nos queremos y que si nos peleamos de inmediato uno trata de que el otro se arregle y no llegar a la ruptura”.

Si hay que aprender una lección, es esta: el tiempo no vuelve atrás, y un abrazo o un “Te quiero” se dicen, o el destino puede hacer que nunca más se pueda pronunciar a quien amamos.

Siga a María Antonieta Collins en Twitter e Instagram: @CollinsOficial. Correo: mariaantonietacollins@yahoo.com.

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