Apropiaciones cubanas
En los años 1980, la excelente artista visual Consuelo Castañeda usó a la Venus de Milo como instrumento para hacernos entender a todos quién le ponía el cascabel al gato, desatando un poderoso ambiente deconstructivo.
Quién le pone los brazos a la Venus de Milo, de Castañeda, lanzaba al aire una inquietante pregunta registrando los patrones clásicos en nuestro universo contemporáneo, armado de una fuerte alusión ideológica, referida a la parálisis y la castración en que se encontraban muchas de las instituciones y hacedores cubanos del momento.
A este le siguieron varios trabajos basados en la apropiación, como aquella expo del año 1988 inaugurada en Galería Habana: El que imita fracasa. Sobre este memorable grupo comenta el artista Antonio Eligio “Tonel”: “Los apropiadores cubanos (identificables, en primera instancia, como Juan Ballester, Ileana Villazón, José Toirac y Tanya Angulo) pagaron temprano su cuota de internacionalismo, cuando reprodujeron, por ejemplo a Lichtenstein y a Sherrie Levine, o al leer y citar el infalible texto de Walter Benjamin. Pronto se percataron de que poseían una herramienta cultural envidiable, útil no solo para desdoblar hasta el infinito sus identidades, sino también para desmontar, pieza por pieza, los más complejos (y en apariencia misteriosos) mecanismos del arte que les rodeaba. Se lanzaron entonces al jolgorio deconstructivo, pasaron por las armas a las salas cubanas del Museo Nacional, a los establecidos de la anterior generación, a los por establecer de la propia y diseccionaron un par de mitos que dormían su eterno y bien ganado sueño”.
Al ser Cuba una isla blindada ideológicamente, al encontrarnos rodeados de mar y mutismo, los cubanos hemos sabido releer la historia universal para reinterpretar la propia.
Desde nuestras “aguas territoriales” se discuten disimiles fenómenos culturales disfrazados de ajenos, usando trajes y códigos foráneos intentamos poner sobre la mesa candentes tópicos imposibles de airear sin extrapolaciones.
Evacuamos nuestra tragedia nacional en la tragedia griega, convertimos un discurso actual en un monólogo de Shakespeare. Hablando del lejano Oriente recorremos la realidad del Oriente del país de la que pocos hablan.
La aguda obra Yo insulté a Clement Greenberg en La Habana de Flavio Garciandía o Sabor del té en los labios de Marcel Proust, maravilloso poema de Osvaldo Sánchez dialogan y se reconocen con humor y pericia, revisando sensaciones e inquietudes que intervienen nuestra cultura de lo universal a lo particular.
Viajando del drama nacional al neorrealismo italiano se hizo, por ejemplo, parte del mejor cine cubano de estos años, ejemplo de ello fue Tomás Gutiérrez Alea (Titón) quien, con sus referencias al cine de Buñuel o a la comedia cinematográfica clásica, logró moderar el diálogo sordo y mudo, burlar los sensores de turno y recrear lúcidamente la realidad cubana que le tocó contar.
En nuestro contexto, citar no culpa, camufla el discurso, lo modera en apariencia. La apropiación en Cuba se ha convertido en el amansaguapos de nuestras vidas.
La música no se ha quedado atrás. Pensemos en ciertos arreglos de Chucho Valdés durante la mejor etapa de Irakere cuando reinterpretaron, por ejemplo, una versión criolla de la ópera La Molinaria, escrita por Paisiello pero recreada por Beethoven. Dichas variaciones fueron debidamente pasadas por tambor y cocinadas en el mejor jazz cubano a fuego lento.
Los Sacrilegios de Ernán López- Nussa aluden a brillantes “juegos clásicos”, aquellos a los que se asoman los aprendices de música durante sus virtuosos, largos y hasta tediosos estudios durante tardes y noches de calor, insomnio y problemas cotidianos. López- Nussa juega entre las dificultades de las piezas y las citas a la música popular cubana. Los tres Golpes de Ignacio Cervantes. Danzones a lo J. S. Bach, la Sonata Patética de L. V. Beethoven y demás guiños relajan sabiamente la férrea postura escolástica.
El “congrí” es un plato típico cubano de frijoles colorados o negros con arroz; nos viene de la palabra francesa ‘Congrès’, que significa “reunión” o “encuentro”. El término lingüístico refleja la influencia francófona haitiana en la Cuba del siglo XIX. El proyecto Congrí Ensemble de Pavel Urkiza es una deliciosa reinterpretación de la cancionística cubana de finales del siglo XIX y comienzos del XX, específicamente entre 1851 y 1941. Una intervención privada dentro del momento histórico en el que se consolida la identidad cubana desde las múltiples influencias musicales y culturales que fueron definiendo el sonido y el color de esta música. En tiempos donde la música se nos va “despacito” hacia un mundo comercial y anodino, este proyecto revive con éxito, la alta poesía cubana nacida en el seno de la canción tradicional. He visto este verano a Urkiza intervenir el espacio Ronda de Madrid apropiándose de estos elementos, reviviendo todo ello con una sonoridad contemporánea, universal.
Si Wilfredo Prieto borra el color de las banderas en su monumental instalación Apolítico y Reynerio Tamayo, a ritmo de cómic, pinta a un Gulliver-Superman amarrado en el suelo de la Plaza de la Revolución, rodeado de cubanos portando carteles que rezan textos como: “Bienvenido compañero Gulliver” que “El Papa tiene la llave”. Podemos decir que seguimos aferrados con humor e infinitas formas de lenguaje a códigos distantes que puedan ayudar a traducirnos como nación.
Apropiarnos no es ni robar ni “conseguir” es, sin ninguna duda, el método endémico para entendernos claramente en tiempos donde muy pocos necesitan una explicación sobre Cuba, ese lugar del que todo, en apariencia, ya ha sido, cantado, contado, compuesto, escrito, descifrado o debidamente dictado.
Esta historia fue publicada originalmente el 18 de agosto de 2017, 7:21 p. m. with the headline "Apropiaciones cubanas."