Manuel Alarcón: protagonista de una gran historia en la pelota cubana que cumple 52 años
Las hazañas de las estrellas del béisbol cubano de las Series Nacionales forman parte de mi memoria infantil. Desde Pedro Chávez, Miguel Cuevas, Urbano González, Manuel Hurtado, Modesto Verdura y Félix Isasi, hasta Agustín Marquetti, Braudilio Vinent, José Antonio Huelga, Antonio Muñoz, Armando Capiró y Pedro José Rodríguez.
Hoy, queremos recordar a uno de los grandes lanzadores en la historia de dicha pelota, el “Dios” de la lomita de los Orientales, Manuel Alarcón. Días antes del partido decisivo por el título de la sexta Serie Nacional celebrado el domingo 12 de marzo de 1967 ante un lleno completo en el Estadio Latinoamericano de La Habana, el serpentinero Manuel Alarcón le envió un mensaje a los santiagueros anticipando una victoria sobre Industriales: “Cierren la Trocha y que salga el Cocuyé”.
Y así lo cumplió, cuando dejó sin carreras en nueve entradas a los discípulos de Manuel Carneado para darle la primera corona a los Orientales dirigidos por Roberto Ledo con la ayuda ofensiva del torpedero Agustín Arias y el jardinero Fermín Laffita.
Alarcón, por estadísticas, no ha sido el mejor lanzador de las Series Nacionales pues sólo actuó en siete temporadas, pero en calidad muchos expertos lo consideran el número uno. Nació el 19 de febrero de 1941, en la finca Aguacate del pueblo de Canabacoa en el municipio Bartolomé Masó, cercano a las montañas de la Sierra Maestra.
Se le conoció como “El Cobrero”, no porque había nacido en El Cobre, sino porque su abuelo era natural de ese reparto de Santiago de Cuba y su padre se llamaba Nené Cobrero. Desde niño fue atraído por el béisbol comenzando con el equipo de su barrio, El Palo, alternando este deporte con el trabajo de ordeñar vacas, chapear cañas y sembrar arroz para ayudar a su progenitor con el sostén del hogar.
De manera organizada se inició con el Central Sofia en el campeonato de la Liga Azucarera y luego con Veguitas, Manzanillo y Bayamo. Según la historia, siendo un niño de diez años tuvo un sueño donde se veía encima de un camión cargado de arena que se detuvo para descargar su mercancía sobre la loma, y él con su maletín donde guardaba su traje de pelotero como el principal lanzador del partido.
Una década después, su sueño se cumplió cuando en 1962 fue elegido para integrar el equipo Orientales para la primera Serie Nacional con su presentación inicial en el “Coloso del Cerro”.
Ese mismo año (1962) formó parte de la selección cubana en los Juegos Centroamericanos y del Caribe, en Kingston, Jamaica, superando a Venezuela y perdiendo con República Dominicana, en lo que resultó una pésima actuación antillana al finalizar con tres reveses y en cuarto lugar del torneo.
En 1963, Cuba recuperó el título de los Juegos Panamericanos que había perdido en 1959 en Chicago, cuando en Sao Paulo, Brasil, derrotaron a Estados Unidos. Alarcón ganó dos partidos sin reveses con efectividad de 1.50, Aquino Abreu logró dos victorias con 0.50 carreras limpias y Modesto Verdura dos éxitos con 1.00 de efectividad.
La ofensiva estuvo guiada por Pedro Chávez (líder impulsador 13), Miguel Cuevas (líder jonronero 3) y Urbano González (líder de bateo .485). Alarcón no actuó en la quinta Serie Nacional por indisciplina, pero regresó al siguiente año con nuevos movimientos perfeccionados donde mostraba su número al bateador con sus envíos variados por diferentes ángulos.
En 1967, guiados por el pitcheo de Alarcón y Roberto Valdés, con la ayuda de jugadores estelares como Miguel Cuevas, Agustín Arias, Fermín Laffita, Andrés Telemaco y Ramón Echevarría, los Orientales dirigidos por Roberto Ledo avanzaron a la final ante Industriales.
Los azules buscaban el quinto título consecutivo con estrellas como Pedro Chávez (líder de bateo), Urbano González, Antonio Jiménez, Eulogio Osorio, Agustín
Marquetti, Ricardo Lazo, Tony González, Manolito Hurtado, Alfredo Street, Raúl “La Guagua” López y Germán Aguila, bajo la pupila experta de Ramón Carneado (el mejor estratega).
Días antes del juego decisivo, ocurrió la anécdota de Alarcón anticipando el triunfo mandando a cerrar la Calle Trocha y salir la comparsa el “Cocuyé”.
Aquel 12 de marzo de 1967, el sensacional serpentinero dejó a la ofensiva capitalina sin carreras con 14 ponches propinados. En dicha temporada, Alarcón abrió con lechada ante Industriales y la cerró con otra en el juego decisivo. “A mi juicio, Alarcón fue el mejor lanzador cubano en su etapa de esplendor”, dijo para El Nuevo Herald, quien fuera su principal rival de la lomita, Manolito Hurtado. “Fue un genio del pitcheo”.
En 1967, también llegó un momento triste para Alarcón en los Juegos Panamericanos de Winnipeg, Canadá, cuando los cubanos perdieron ante Estados Unidos en una serie de tres juegos después de terminar igualados con 8 triunfos y tres reveses en la etapa de clasificación. Roberto Ledo, mánager de Cuba, envió a la lomita a su principal carta de triunfo luego de haberle ganado un partido a los estadounidenses.
Ese 3 de agosto, Alarcón se mantuvo intransitable en ocho episodios con un imparable. Ganando Cuba en el octavo, los americanos igualaron por un error de Ricardo Lazo.
En el noveno, Alarcón abrió con un pasaporte y el siguiente bateador se sacrificó pra llevar al corredor a segunda. Ledo le dio la base intencional al hombre en turno buscando una doblematanza y luego con un roletazo por el inicialista Felipe Sarduy ue no pudo forzar se llenaron las almohadillas.
En ese momento, Félix Isasi escondió la bola y tocó al corredor de segunda fuera de la base, pero el árbitro anotó quieto en jugada discutida.
En esta situación, llegó el roletazo entre primera y segunda que decidió el desafío 2-1 a favor de Estados Unidos. En la VII Serie Nacional en 1968 se decidió ampliar el calendario a 99 partidos y Aarcón, con el equipo Mineros, volvió a ser el lanzador más destacado al sumar 17 victorias con cinco derrotas y 200 ponches propinados, siendo el primero en lograrlo en Series Nacionales.
Con sólo 27 años de edad y estando en la cúspide de su carrera liderando en varios renglones del pitcheo, Alarcón sufrió una lesión de hernia discal en su espalda que lo alejó del béisbol.
Retirado del deporte de las bolas y los strikes, comenzó a dedicarse al canto en centros nocturnos de Oriente. El 29 de mayo de 1998, a los 57 años de edad, murió en la Habana quien fuera el “Dios de los Orientales” en la primera década de las Series Nacionales.
Esta historia fue publicada originalmente el 11 de marzo de 2019, 5:30 p. m..