Entre la sangre y los sueños: el cubano que pelea por un título mundial y cura las heridas de otros
En el mundo de los deportes de combate abundan los boxeadores, los entrenadores, los promotores y los cutmen.
Lo que resulta casi imposible encontrar es a alguien que habite dos mundos al mismo tiempo. Alguien capaz de entrar al ring para recibir golpes y, una semana después, colocarse en una esquina para detener la sangre de otro hombre.
Ese es Gee Pérez.
Este jueves, en el Hard Rock Live de Fort Lauderdale, el cubano nacido en Sagua la Grande volverá a pelear bajo las luces de BKFC frente a Mike Hansen.
Lo hará como el contendiente número uno de su división, a las puertas de una oportunidad por el campeonato mundial. Pero su historia va mucho más allá de un ranking.
Porque mientras persigue un cinturón, también se ha convertido en uno de los cutmen -aquellos que tratan heridas y moretones en los peleadores- más respetados de las artes marciales y el boxeo a puño limpio.
“Él quiere quitarme el número uno para pelear por el campeonato, pero eso no va a pasar”, afirma Pérez de Hansen, con una convicción que nace de mucho más que la confianza deportiva.
“He pasado por demasiadas cosas. Mucho entrenamiento, mucho sacrificio. No puedo permitir que eso pase delante de mi gente”.
La determinación que muestra hoy nació de una derrota.
Hace algunos años cayó ante un rival mediático en una pelea que todavía recuerda. No habla tanto del resultado como de la sensación que le dejó.
“No me gusta perder. Nunca me ha gustado perder’’, afirma Pérez.
“Prefiero morir en la raya antes que perder. Sentí algo por dentro aquella noche que no quiero volver a sentir nunca más”.
Desde entonces encadenó una transformación silenciosa. Se convirtió en un peleador más completo, más disciplinado y más peligroso. El hombre que subirá al cuadrilátero en Fort Lauderdale parece muy distinto al que salió frustrado de aquella derrota.
Sin embargo, la otra mitad de su historia es todavía más singular.
Pérez comenzó boxeando cuando apenas tenía 10 años. El destino lo llevó años después a trabajar para BKFC realizando tareas logísticas, trasladando peleadores desde los aeropuertos hasta los eventos.
Un día, el presidente de la empresa, Dave Feldman, le preguntó si sabía trabajar cortadas. La respuesta cambió su vida.
“Me dijo que iba a hacer las esquinas para nosotros y ya llevamos siete años en esto”, recuerda.
Desde entonces ha visto heridas que harían apartar la mirada a cualquiera. Cortadas profundas, cejas abiertas, frentes partidas. Situaciones que deben resolverse en segundos mientras el reloj corre y el árbitro observa.
“Un peleador te está confiando algo muy importante. Te está confiando que le pares la sangre para que pueda seguir peleando”, explica.
Por eso admite que hay pocas cosas que le duelan más que ver una pelea detenida por una cortada.
“No me gusta que le paren una pelea a un peleador por una herida. Hay algunas que son imposibles de controlar, pero cuando se puede hacer algo, para eso estamos ahí”, recalcó.
Paradójicamente, él mismo sufrió en carne propia una de esas experiencias cuando una grave lesión en la oreja obligó a detener uno de sus combates.
“Después que vi la herida entendí que un golpe más y me hubiera dejado sin parte de la oreja”.
Quizá por eso comprende mejor que nadie el sufrimiento que existe a ambos lados de la esquina.
Pero si hay una batalla que marcó para siempre su vida, ocurrió mucho antes de que conociera un gimnasio.
Pérez nació en Sagua la Grande y salió de Cuba en 1994. Tenía apenas cinco años cuando sus padres decidieron lanzarse al mar en una balsa improvisada. Pasó una semana y cuatro días flotando en el estrecho de la Florida.
“Sin agua, sin gasolina. A la deriva”. Y cuando repite esas palabras es como si esa imagen volviera a posarse en sus pensamientos.
Todavía conserva imágenes de aquella travesía. Recuerdos que el tiempo no ha podido borrar. Después llegó a la Base Naval de Guantánamo, donde le detectaron una hernia que requería cirugía. Poco después abordó un avión rumbo a Estados Unidos. Así comenzó la segunda parte de su vida.
La adaptación no fue sencilla, aunque la infancia ayudó a suavizar el cambio. Aprendió el idioma, hizo amigos y encontró en el boxeo una forma de construir identidad en una tierra nueva.
Tres décadas después, aquel niño que sobrevivió al mar se encuentra a un paso de hacer historia.
Cuando se le pregunta qué preferiría: ser campeón mundial de BKFC o ser reconocido como el mejor cutman del mundo, la respuesta sorprende.
“No quiero que me recuerden por eso. Quiero que me recuerden por la persona que soy. Por ser un hombre honesto, un buen amigo, una buena persona”.
Luego hace una pausa. Y enseguida vuelve a aparecer el competidor. “Pero campeón mundial voy a ser. El primer campeón mundial cubano de las 125 libras en BKFC. Eso lo voy a hacer”.
La noche del 4 de junio en Fort Lauderdale, Pérez volverá a subir al ring persiguiendo ese sueño. Y cuando termine la pelea, gane o pierda, probablemente volverá a hacer lo que ha hecho durante años: caminar hacia una esquina, ponerse los guantes de látex y ayudar a sanar las heridas de otro.
Pocos hombres viven dos vidas dentro del mismo deporte. Pérez es uno de ellos.