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Opinión

Alzheimer, el ladrón más cruel

Flora “Chile” Hidalgo
Flora “Chile” Hidalgo Cortesía

La enfermedad de Alzheimer (EA), también denominada demencia senil de tipo Alzheimer (DSTA) o simplemente alzhéimer, es una enfermedad neurodegenerativa que se manifiesta como deterioro cognitivo y trastornos conductuales. Se caracteriza en su forma típica por una pérdida de la memoria inmediata y de otras capacidades mentales (tales como las capacidades cognitivas superiores), a medida que mueren las células nerviosas (neuronas) y se atrofian diferentes zonas del cerebro. La enfermedad suele tener una duración media aproximada después del diagnóstico de 10 años, aunque esto puede variar en proporción directa con la severidad de la enfermedad al momento del diagnóstico.

La enfermedad de Alzheimer es la forma más común de demencia, es incurable y terminal, y aparece con mayor frecuencia en personas mayores de 65 años de edad. Aunque también en raros casos puede ser desarrollada desde los 40 años. Los síntomas de la enfermedad como una entidad nosológica definida fueron identificados por Emil Kraepelin, mientras que la neuropatología característica fue observada por primera vez por Alois Alzheimer en 1906. Así pues, el descubrimiento de la enfermedad fue obra de ambos psiquiatras, que trabajaban en el mismo laboratorio. Sin embargo, dada la gran importancia que Kraepelin daba a encontrar la base neuropatológica de los desórdenes psiquiátricos, decidió nombrar a la enfermedad Alzhéimer en honor a su compañero.

Bien, ahora que sabemos de qué trata el tema de mi columna, permítanme que les cuente cómo nos afecta a todos en mi familia. Mi tía Flora es la que sufre de Alzheimer. Ella es la hermana menor de mi padre y madre de mi prima Mercy. Hace varios años que sufre la enfermedad por la que ha pasado por casi todas las etapas que según los médicos suelen manifestarse. Ya no recuerda a su hija o sus nietos, ni a sus amistades, ni a su esposo, y vive en una residencia para personas como ella en Nueva York.

Ella vive tranquila, todas sus necesidades son cumplidas, mi prima la atiende y la visita con regularidad pues trabaja cerca de la residencia. Los años no han podido suavizar la dura pesadilla que es vivir con una persona que poco a poco va cambiando y nos ve como extraños. Para mí tal vez es más suave pues vivo lejos y no veo el día a día de su vida.

Mi tía salió de Cuba en 1959. Yo apenas tenía un año pero la huella que dejó en mi vida sería imborrable. Según me contó mi madre cuando nací, mi tía Flora, que era muy batistiana, quería nombrarme “Marta” como la esposa de Batista, y mi tía materna Alida quería nombrarme “Alicia”. En la revuelta que se formó, mi madre terminó nombrándome Lydia como ella. En aquel entonces vivíamos en Candelaria, un pueblo de la provincia de Pinar del Río, donde mi padre, Mario, trabajaba como conductor de una motoniveladora construyendo carreteras y caminos en la provincia.

Cuando la revolución paró las construcciones, mi padre quedó sin trabajo y nos fuimos a vivir a Santa Clara, junto a la casa de mi abuela Florinda y mi tía Flora, la cual respondía al apodo de Chile por su gran parecido de niña a la actriz norteamericana Shirley Temple, pues era rubia y tenía grandes bucles en su pelo. Mi tía, que entonces me tenía como si fuera de ella, me llamaba Martica y todos poco a poco me decían igual, a tal grado que mis propios padres toda la vida me llamaron Marta o Martica. Tía se fue de Cuba y yo crecí pensando que ese era mi nombre hasta que un día mi madre me llevó con ella para inscribirme en la escuela y fue entonces que descubrí que mi nombre era Lydia. ¡Vaya sorpresa!

La revolución castrista me robó de pasar la niñez junto a mi tía Chile, a la cual no volví a ver hasta llegar a Nueva York en 1969. Mi tía siempre fue cariñosa, bondadosa, una persona alegre, bailadora y trabajadora, la cual siempre compartió cuanto tenía con todos. Su cumpleaños, que cae la semana de Thanksgiving, siempre lo celebrábamos juntos en su casa con una gran fiesta. Las Navidades se celebraban en mi casa, donde igual todos acudían. El 31 casi siempre lo pasaba con ella en un nightclub o en la casa de alguna amistad pero ella siempre me decía: Martica, a tal hora paso por ti.

Son muchas las memorias que tengo de mi tía Chile. Ella fue el orgullo de mi padre, y una hermana para mi madre. A mi hermano y a mí nos trató siempre como una madre, y por eso cuando la veo y hablo con ella pero ella no me reconoce siento un gran dolor en el alma, como una pesadilla de la cual no puedes despertar.

Pienso que el Alzheimer nos robó lo que quedaba de nuestras vidas y la tristeza me lleva a lugares donde solo yo puedo ir ahora. Las memorias nuestras son ahora solo mías, por eso cuando pienso en ella trato de pensar en la tía que me quería con amor de madre.

El viernes, camino a la casa al salir del trabajo, pensaba que su cumpleaños se acerca y recordé una foto que siempre ha sido mi favorita, una foto que nos tomaron el día que salió de Santa Clara para abandonar el país, y cuando llegué a casa me senté en mi mesa y me puse a pintar, y pinté hasta la madrugada, hasta verla frente a mis ojos como yo la recuerdo, bella y risueña, pues es y será siempre mi tía Chile.

Con todo cariño, Martica.

Artista y escritora residente en Miami.

Siga a Lydia Hidalgo en Twitter: @lydiahidalgo1

Esta historia fue publicada originalmente el 18 de octubre de 2016, 2:46 p. m. with the headline "Alzheimer, el ladrón más cruel."

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