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Opinión

​Santo Thomas Jefferson

Thomas Jefferson
Thomas Jefferson

Según una encuesta realizada en los primeros meses de la Administración del presidente Donald J. Trump, el “Bill of Rights” (la Carta de Derechos de la Constitución de Estados Unidos, un garante de libertades esenciales) le molesta muchísimo a un gran segmento de la población adulta de este país. Inclusive el sondeo nos informa que la mayoría de los estadounidenses detractores de la Carta de Derechos la repudian ferozmente sin conocerla. Semejante muestra de ignorancia irracional no debe extrañarnos en una sociedad tan inculta y tan polarizada.

Algunos de estos adversarios denigran el “Bill of Rights” calificándolo de “propaganda comunista”. Otros la denuncian porque la ven como la causa del “caos” y “libertinaje” que supuestamente arrastran a Estados Unidos hacia un abismo insondable, el “estado de naturaleza” que en el siglo XVII Thomas Hobbes desglosa en su “Leviatán”, un tratado que justifica el despotismo absoluto que debe nacer para acabar con el relajo cruel del estado de naturaleza en el cual la vida del ser humano, según Hobbes, es solitaria, pobre, malévola, bruta y corta.

Por suerte, tales supercherías no le aguaron la pólvora a los más influyentes patriotas yanquis de la guerra de independencia. Identificados más bien con los críticos de Hobbes, los líderes de los colonos independentistas hicieron su revolución con el fin de quitarse de encima el relajo cruel del despotismo británico.

Uno de esos brillantes yanquis contestatarios tiene la culpa de legarnos la Carta de Derechos que hoy ofende a tantos estadounidenses. Pero al singular Thomas Jefferson de Virginia le tendría sin cuidado la hostilidad que su obra maestra aún despierta entre beatos, autoritarios, imbéciles, xenófobos, y defensores de un “Leviatán” moderno.

En efecto, Jefferson previó los impulsos autoritarios que bullían en los 13 estados originales y que aún animan a millones en los Estados Unidos. Por eso luchó desde los inicios de la república por cambiar la Constitución, agregándole unas benditas enmiendas que todavía protegen los derechos de minorías políticas, religiosas, étnicas, raciales y sexuales. Nos protegen del autoritarismo de quienes prefieren la ilusoria estabilidad de un Leviatán despótico a la hermosa (y exigente) soberanía individual.

De ahí que tantos fundamentalistas políticos no quieran para nada a Jefferson. Los de izquierdas porque fue un dueño de esclavos que tuvo varios hijos con una concubina esclava; y porque fue un lúcido y elocuente defensor de la libertad individual, del Estado descentralizado y del control directo de los ciudadanos comunes y corrientes sobre el gasto público. Los fundamentalistas de derechas no quieren a Jefferson debido a su rechazo justificado de la idea de que debemos convertir al Cristianismo en la única autoridad tutelar de la sociedad estadounidense. La obra política de Jefferson y de incontables colaboradores es la refutación viva de esta aspiración teocrática estadounidense y de las afirmaciones de quienes alegan que Estados Unidos se fundó como una nación “cristiana”. Jefferson ni siquiera creía en el Dios bíblico. Al igual que otros patricios fundadores de la patria, era un adepto del “deísmo”, respetable doctrina que postula la existencia de un demiurgo que, tras crear el mundo, se aparta de la creación y jamás interviene en sus asuntos. Entre sus contemporáneos. Jefferson fue el impulsor más lúcido de la “alta pared” que con razón debe separar a todas las instituciones y tendencias confesionales del Estado.

Conjugó la defensa filosófica de la libertad con una política libertaria práctica y eficaz. Un ejemplo notable: poco después de la ratificación del “Bill of Rights” los autoritarios de la república inventaron una fórmula legislativa para eliminar la libertad de expresión en aras de salvaguardar la sempiterna seguridad nacional. En 1798 estos enemigos políticos de Jefferson promulgaron los “Alien and Sedition Acts” (Las Actas de Extranjeros y Sedición), cuatro leyes liberticidas que harían desfallecer de placer a los trumpistas autoritarios que las conocen y al propio presidente Trump pues legalizan varios abusos dictatoriales que de hecho criminalizaban la oposición al presidente y a la mayoría congresional. Prohibían las críticas al gobierno y cualquier expresión que “inspirase” oposición a políticas oficiales. Por eso, tras llegar a la presidencia, una de las primeras medidas ejecutivas de Jefferson fue perdonar a las víctimas de esas leyes monstruosas al tiempo que colaboraba con el Congreso para derogar tres de los cuatro “Alien and Sedition Acts”.

Así Jefferson demostró que, además de ser un genio polifacético y un defensor inigualable de la libertad individual, también era un talentoso político pragmático cuya verdadera grandeza pocos estadounidenses conocen. Tampoco, al parecer, conocen su obra maestra, la asediada Carta de Derechos de la Constitución que millones ignoran o repudian.

Periodista cubano, ejecutivo de una empresa internética.

Esta historia fue publicada originalmente el 8 de octubre de 2017, 6:00 p. m. with the headline "​Santo Thomas Jefferson."

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